Barras bravas no: barras sociales

Barras bravas no: barras sociales

La problemática que se genera entre hinchas de distintos equipos, tal como se ha visto recientemente en ciudades como Medellín y Cali, parece un asunto olvidado en Popayán. Tras el estallido social del 2021, los jóvenes han optado por transformar las miradas estigmatizadoras que se tienen hacia estas barras.

Por: Laura Sofía Cerón Jiménez – Manuel Eduardo Sandoval Zemanate

Barra social “Frente Radical” del Deportivo Cali

Imagen de archivo compartida por Felipe Muñoz.

Barras bravas y estigmatización

Las mal llamadas barras bravas, son grupos organizados de hinchas (GOH), que, acompañados de un sentimiento/deseo, configuran una identidad en torno a su gusto hacia un equipo de fútbol. Así, por ejemplo, hay personas que son muy devotas de la religión católica y su estilo de vida gira en torno a ello. Acá la situación es muy similar. El templo es el estadio y su Dios, como en su tiempo lo fue Maradona, ahora es Messi, o Cristiano Ronaldo. La gente, entonces, simplemente trata de darle sentido a su vida desde lo que le apasiona: El Fútbol. No hay nada mejor para ellos que, a la vez que los represente, les genere más emociones, como ver a la pelota rodar.

 

John Alexander Castro Lozano, investigador de barras bravas en Colombia, en su artículo “El día que me muera me vas a escuchar: de la identidad y la violencia en el contexto del fútbol en Colombia”, expresa que: “En Colombia, durante la década de 1990 se constituyeron las barras bravas y el surgimiento desembocó en la radicalización de las rivalidades futbolísticas, puesto que los insultos fueron más ofensivos y amenazantes, y los enfrentamientos se regularizaron antes, durante o después de los encuentros futbolísticos”.

 

“El término barra brava está mal empleado”, alega Felipe Muñoz, ex líder de la legión payanesa Frente Radical, perteneciente al Deportivo Cali. Como ya se mencionó, a principios de los años 90, dichas barras surgieron, pero bajo el concepto de “barras populares”. El pueblo, sintiéndose identificado por un escudo y por la forma en que unos jugadores pateaban el balón, se organizó para alentar al equipo con el que más compaginaba, volviéndose este el equipo de sus amores. 

 

Con el contexto de desigualdad social, política y económica del país, las hinchadas también se vieron permeadas por la drogadicción, los nexos con la mafia, la violencia, y, con ello, las armas, las fronteras invisibles y los robos, lo que provocó que la “barra popular” pasara a llamarse y a reconocerse como “barra brava”. 

 

Todo esto desemboca en la gran problemática actual: La clara estigmatización hacia las barras. Desde estos panoramas violentos, se configuró un imaginario con respecto a estos grupos organizados. Imaginario que hoy sigue vigente en la comunidad payanesa. 

 

Colombia, al ser un país en el que se ofrecen pocas oportunidades, abre el camino a que los jóvenes encuentren su refugio en estos grupos. Quienes crecieron en entornos marginados, violentos y excluyentes, tienden a integrarse a las barras de la ciudad, porque: “las barras bravas reflejan los problemas sociales del país… Hay unas condiciones también difíciles en algunos jóvenes que su única pasión, su única manera de existir en el mundo es el fútbol”, afirma Alirio Amaya, experto en convivencia y seguridad en el fútbol colombiano, para una entrevista realizada por El País.

 

Eso sí, Amaya deja claro que: “Hay que tener mucho cuidado con asociar ‘pobre, igual, violento’, no. En el tema del fútbol pobre no es igual a ser violento; tendríamos que revisar bien cada caso porque esa práctica de andar en mula, por ejemplo, no simplemente es porque la gente no tenga dinero, sino que para muchos se constituye también en un estilo de vida el estar por todo el país o por todo el continente acompañando a su equipo”. 

 

Por su parte, Camilo Torres, integrante de la Juventud Rebelde y del Proceso de Unidad Popular del Suroccidente Colombiano, cree que se estigmatiza, no tanto por el hecho de ser barrista, sino por su forma de vida, por sus ideales, los cuales, sugiere, vienen determinados por las condiciones materiales de las personas. “Si a lo mejor no se estuviera en esa situación por un equipo, sino por cualquier otra razón, sería exactamente igual, se daría el mismo grado de rechazo. Las brechas sociales, las clases tan marcadas, estigmatizan por cualquier cosa que se haga”, agrega.  

 

Para dar (re) solución a estos conflictos, los hinchas han propuesto un concepto: “Barras sociales”, en las que se trabaja juntos, no en contra. Dentro de este nuevo paradigma, se reconocen las acciones en las que se integran las barras, lo que fortalece los lazos, y, de a poco, se van borrando las diferencias tan marcadas, como odiar a una persona por el color de su camiseta.  

 

De Felipe Muñoz, líder de la Legión del Frente Radical – Popayán Cauca 

Transcurrían 77 minutos del segundo tiempo. El partido iba 1 – 0 a favor de los diablos rojos del América. Después de una extraña jugada, Teo Gutiérrez cayó dentro del área y el juez central pitó penal para el Deportivo Cali. A Felipe Muñoz, en la tribuna, se le iba a salir el corazón por la boca. Fue de civil por el famoso cierre de fronteras para los visitantes, y no sabía de qué manera celebrar la decisión del árbitro, entonces, solo se dedicó a mirar de lejos cómo Harold Preciado tomaba el balón y se preparaba, sabiendo que después de marcar dejaría por fuera a su mayor rival de la Liga Betplay y lograría avanzar a los cuadrangulares finales. 

 

La popular no dejaba de alentar y el estadio cada vez más parecía un infierno. Le sacaban los trapos al sol a la hinchada del deportivo Cali que, camuflada, había ingresado al Pascual Guerrero: 

 

“Esa es la banda puta del sin banderas

La que perdió los trapos en carretera

La que le tiene miedo a los mano a mano

La que por cagones se los robaron

Los dejó tirados”.

Preciado tomó el balón, lo puso en el punto blanco y retrocedió un poco. Al escuchar el pitido, se inclinó 3 o 4 pasos a la izquierda del portero, y lentamente se dirigió hacia el balón. Potente, le pegó con todo el empeine de la pierna derecha, justo a la mano izquierda del portero, rozando con el interior del travesaño. Felipe sintió que en ese momento se detuvo el tiempo por completo. Para Diego Novoa fue imposible atajarlo. Y entonces, le quitaron el tridente al diablo, y de paso, le cortaron los cachos.

 

En el estadio reinó el silencio. A Muñoz casi se le explota el corazón, ese que le bombea sangre verde y blanca… sangre caleña, aunque haya nacido en Buenos Aires, Cauca. El amor no entiende de barreras, ni de fronteras. El amor es eso, seguir irracionalmente a quien se ama, desearlo, ponerlo en un pedestal, incluso, muchas veces, hasta olvidarse de uno. Tan inmenso es lo que siente Felipe por esa camiseta. No sabía ni lo que estaba sucediendo en ese momento. Simplemente trató de contenerse para evitar cualquier situación peligrosa. Por dentro un tornado, por fuera sereno.  

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A modo de burla y de celebración, el número 7 del Deportivo Cali que había acabado de marcar, se subía la camiseta hasta la cabeza y estiraba los brazos hacia los lados, simulando el fantasma de los famosos 5 años en los que América de Cali jugó en la segunda división del fútbol profesional colombiano. Felipe, mientras tanto, disfrutaba del espectáculo visual que, aunque no pudo celebrar – porque no falta la puñalada en toda la tribuna – se estaba gozando en silencio. Ese silencio de la hinchada rival, ese silencio incómodo, ese silencio que parecía tirar insultos, le recordaba todo lo que le había sucedido para llegar hasta allí:

 

Su tío, a muy temprana edad, le inculcó el amor por el equipo. Felipe, cada que se veía los partidos, se sentaba junto a él para escucharlo contar historias del Deportivo Cali. El señor siempre fue muy fanático, tenía la pieza llena de una colección de botones, manillas, camisetas, sombreros, e incluso, toallas.

Trapos del “Frente Radical”

Imagen de archivo compartida por Felipe Muñoz.

En el año 2011, después de que se escapó de su casa para ir a una reunión del equipo, entendió la obsesión de su tío. Conoció a Nicolás ‘El Argentino’ Mosquera. Él lo guió en la entrada a la barra, y desde ahí se hicieron muy buenos amigos. Volado de su casa nuevamente, hizo su primer viaje: Un clásico de América vs Deportivo Cali. “Hasta invasión de cancha hubo esa vez… Esa adrenalina eriza la piel. Es un sentimiento muy bacano. Ya después de escuchar a la misma barra, de sentir cómo temblaba la tribuna por la cantidad de gente que saltaba y cantaba, me enamoré. Ahí todo el mundo se olvida de las diferencias, pues conviven paisas, caleños, rolos y costeños. Lo que nos une es el sentimiento hacia el equipo”, confiesa, entre risas, el ex líder de la legión payanesa. 

 

Posterior al viaje, por allá en el 2014, se metió de lleno a la organización del Frente Radical, pues asesinaron a quien lo recibió en la barra con los brazos abiertos. Durante una riña con otro equipo, El Argentino, recibió varios impactos de bala en el estómago de parte de un policía. La legión se desestabilizó un poco y Felipe reflexionó: “Me toca a mí aplicar todo lo que aprendí de él. Lo haré por todo lo que él me alcanzó a enseñar, por todo lo que vivimos…”. De manera muy personal, le prometió, en su tumba, que no dejaría morir la barra. En ese liderazgo se mantuvo aproximadamente 8 años.

 

Tras herir con arma blanca a un hincha del América de Cali, cayó preso. Claro, esa puñalada en el cuello, le haría pasar el resto del 2014 “encanado”. El que fue el mejor mundial de Colombia, se lo tuvo que ver en la cárcel de San Isidro. Y es que lo peor viene cuando logra su libertad: “En febrero o marzo del 2015, sin tener amenazas, me pegaron la primera puñalada. Esa me perforó el tórax y el pulmón. Un pelado de millonarios en una moto pasó y se hizo justo al lado mío, como a un metro. Cuando menos lo creí, me pegó la puñalada y siguió, al voltear a ver estaba manchado mi saco, entonces de una cogí para el hospital”, expresa Felipe Muñoz, recordando algunos de los problemas que le ha traído el barrismo.

 

A finales del año 2017, la historia se repitió, pero un tanto peor. Sudando, caminaba junto a 5 amigos también hinchas del Deportivo Cali, por las calles de la ciudad. Eran más o menos las 10 de la noche, habían acabado de jugar un partido de fútbol. Doblando la esquina, justo en un callejón ubicado entre la calle 4 y 5 que conduce del barrio Pandiguando al Obando, se asomaron 5 hinchas del Atlético Nacional. Sin pensarlo, corrieron detrás de ellos, pero no recordaron que el rival de los mismos colores tenía partido ese día. Dos cuadras corrieron. Felipe Muñoz alzó la cabeza, y de frente miró a aproximadamente 20 o 25 hinchas del Nacional que se alertaban porque 5 de sus integrantes llegaban despavoridos. “Yo en ese momento tenía unos zapatos muy lisos, además, había piedrilla regada en el suelo, entonces me resbalé. Recuerdo estar tirando en el suelo, y, cuando me quise levantar, sentí un machetazo en la cabeza, de lado a lado, luego, me pegaron otro casi en el cuello, ahí fue cuando dije: “estos manes me van a matar”. Lo que hice fue taparme el cuello y el corazón con los dos brazos y los codos, y acomodarme en posición fetal”, dice el ex líder del Frente Radical, mientras se toca la cabeza, mostrando las cicatrices que le quedaron tras las graves heridas. 

 

En el hospital San José, le lograron coser 14 puñaladas y 5 machetazos. Estaba vivo de milagro. Derramó tanta sangre, que en el Susana López no lo quisieron atender, pues ya lo daban por muerto. Otra vez el tórax y afectados los dos pulmones. En toda la coronilla, dice, tiene una herida que, con el frío le duele. Cuando le dieron salida del centro de salud, recibió amenazas de la barra del Nacional. Las paredes de Popayán por todo lado tenían su nombre: “Muñoz, CA/SI te matamos”, “Muñoz denunciante”, “Caleño Chillón”. Su familia, lastimosamente, también se estaba viendo involucrada, por lo que él tuvo que hacerse completamente a un lado de su gran amor, la barra del Frente Radical del Deportivo Cali.  

 

Aunque, en realidad, nada de lo que sucedió fue un impedimento para seguir alentando a su equipo del alma. Se atravesó, durante el año 2021 y 2022, el desierto de Atacama, uno de los más áridos de Latinoamérica. Sin agua y con pocas provisiones, caminó horas y horas debajo del sol flameante. Estuvo, también, acompañando al Deportivo Cali en Bolivia, Brasil y Argentina, pues en esos lugares se disputaron los partidos por la copa Libertadores. Con 3 millones de pesos salió de Colombia y con un solo objetivo: Colocar la bandera adornada con el rostro de uno de sus mejores amigos que fue asesinado, en todos los estadios posibles.

Barra del “Frente Radical” en el estadio La Bombonera, Argentina.

Imagen de archivo compartida por Felipe Muñoz.

Barras bravas en la ciudad 

Con el anterior ejemplo de Felipe Muñoz, es más que evidente que el fútbol es un deporte que, al mismo tiempo que unifica, despierta fascinación y entretenimiento en un gran porcentaje de la población colombiana. Guarda en sí, a su vez, un enorme panorama violento. Esto desencadena encuentros sociales, familiares, y se expande hasta una dinámica más organizada y constituida como lo son las barras bravas. Como se logró demostrar, las mismas, hacen parte de la vida social y cultural de la ciudad.

 

“…No podemos creer que es algo normal, que portar una camiseta de un equipo de fútbol se constituya en un riesgo para cualquier persona. Creo que muchas de esas situaciones no son porque se quiera agredir con nombre propio a alguien, porque muchas veces la gente se agrede y no sabe ni quién es ese otro. Pero en el imaginario y la forma de ver y entender la vida, consideran que quien lleva una camiseta de otro color, debe ser un sujeto para agredir”, comenta Alirio Amaya, sobre la violencia en las barras del fútbol profesional colombiano. 

Existen barrios, en su mayoría periféricos, en los que algunas barras de distintos equipos de fútbol tienen predominancia sobre otras. En los sectores mencionados, se establecen límites territoriales, y, a su vez, se evidencian dinámicas violentas al generarse rivalidades entre hinchadas de equipos contrarios. 

 

Muchos hinchas comentan que aún se sienten inseguros de pasar de un barrio a otro, por el peligro que puede correr su vida al hacerlo. Un reciente estudio de la Universidad Central sobre barras bravas, fútbol y violencia en Colombia, menciona que: “Entre 2008 y 2021, se registraron 166 muertes violentas por barras bravas”.

 

En el caso de Popayán, las barras llegan a determinar ciertos parámetros de convivencia en los barrios en los que inciden, por ejemplo, en el barrio Yanaconas, cuando el América de Cali juega un partido de fútbol, se activa su hinchada y el resto de los habitantes de la zona, se guardan en sus casas por miedo a que se originen escenarios violentos, lo mismo pasa en el barrio El Recuerdo, con la barra del Frente Radical del Deportivo Cali, y en la comuna 7 de la ciudad, con L.D.S, del Atlético Nacional. 

 

Eso sí, muchos de los integrantes de las barras alegan que la administración de turno “los tiene olvidados”, ya que no abren espacios propicios, primero, para la resolución de conflictos entre rivales, y, segundo, para organizar mejor el barrismo en la ciudad. Todas las barras están dispuestas a participar en actividades en las que se involucren más colores, otras formas de pensar, pero al no existir un mediador, y un nulo contacto, se les ha hecho más que difícil coordinar estos momentos. 

 

Barrismo social en Popayán

Con el estallido social, toma fuerza un concepto del que poco se venía hablando en Colombia, y aún menos en Popayán: Las barras sociales. De esta manera, a lo que se denominaba “barras bravas”, cambian sus dinámicas, enfocándolas y preocupándose principalmente en la formación de sus integrantes. Con esto, Felipe Muñoz realizó un censo en la ciudad: “Yo me ponía a mirar y me preguntaba: Aquí cuántos acabaron el bachillerato, cuántos son técnicos, cuántos tienen una carrera profesional en proceso o terminarla”. Luego, logró gestionar numerosas becas en la educación superior para quienes pertenecían a su barra. 

 

Aprovecharon, además, que se estaban olvidando los conflictos internos para dar la cara a un enemigo en común, el cual, para ese entonces, era el gobierno. De esta forma, todas las barras se pusieron de acuerdo para reducir las peleas entre ellas, y mientras seguía vigente el paro, se dedicaron, juntas, a luchar por sus derechos.

Unión de barras en el estallido social.

Imagen de archivo compartida por Felipe Muñoz.

Antes y durante el estallido social del año 2021, se formó una mesa de diálogo entre las barras en Popayán. Nacional, Millonarios, Cali, y América, fueron los cuatro equipos que se pusieron al frente para luchar contra las desigualdades del gobierno de turno. Parecía un sueño. No se distinguían los colores, ni las banderas, y se formó un solo cántico que representaba a la voz de todo un pueblo oprimido. “De ahí en adelante empezamos a hablar entre líderes, y nos tomamos los espacios ganándonos a las comunidades de manera sana. Y cuando menos pensamos, nosotros, los del América, también hicimos un censo, pusimos a estudiar a los pelados. Les llevamos cursos de música, de pintura, y nos establecimos en el parque de Yambitará”, expresa uno de los miembros activos del Barón Rojo Sur, hinchada del América de Cali.  

 

“Cuando la gente miró que estábamos transformándonos, a nosotros nos dieron el espacio el Parque del Recuerdo. Antes, hacíamos cualquier letra o escudo y al otro día ya estaba tapado. Hasta que, hablando con la gente, llegamos a un acuerdo. Hicimos unos comederos de perros callejeros, después instalamos unos basureros reciclables y pintamos todas las gradas con cosas alusivas al equipo, sin hacerle daño a nadie. Entonces la comunidad terminó de aceptarnos, y dijeron: “Bueno, este es su parque, pueden continuar en él”, y hasta el sol de hoy eso es nuestro”, explica Felipe, orgulloso de lo que han conseguido hasta ahora.

 

La mesa se estructuró en el 2020 y se mantuvo hasta que finalizó el paro. Algo que logran rescatar los hinchas después de levantado este espacio para el diálogo es que ahora se respetan los espacios de los demás. La gente, dicen, ya maduró y recapacitó un poco, aceptando que cada uno puede convivir en su punto y que es fundamental (re) construir la sociedad desde ese entendimiento hacia el otro. 

 

“No podemos pensar que la solución va a estar en un solo actor que es el Estado, que es el líder de la barra o que es la familia, cuando las transformaciones tienen tres escenarios fundamentales: la escuela, la familia y la sociedad. Si entendemos que las transformaciones deben darse en esos tres espacios, los cambios irán llegando de manera gradual; de lo contrario, cada una de esas muertes seguirá cayendo en un lugar común”, reconoce Alirio Amaya.

Celebración de Halloween y mural del Deportivo Cali.

Imagen de archivo compartida por Felipe Muñoz.

¡Que no mueran las barras!

La barra del Deportivo Cali, comprometida con los espacios de formación y con la resistencia social, realiza, de vez en cuando, reuniones con la comunidad. Cada año celebran el día de los niños, y también, durante las vacaciones, juegan torneos entre las divisiones del Frente Radical. Lo mismo sucede con la barra del América de Cali y la del Atlético Nacional. Se les puede ver compartiendo dentro de los espacios culturales que se han tomado. 

 

Es indispensable para la resolución de los conflictos entre las hinchadas rivales que se configuren espacios de diálogo, en los que se instruya y se les brinde herramientas necesarias a los integrantes de las barras para fortalecer la convivencia entre las mismas. Dirigir e implementar proyectos que fomenten la relación y que contribuyan a la formación de los jóvenes hinchas de distintos equipos, es también fundamental para dar un paso más allá. Sobre todas las cosas, se debe de promover un barrismo sano, un barrismo que, aunque distinga de colores, sea justo y respete las diferencias del otro. 

 

Por último y no menos importante, es esencial prestarle más atención a este tema en la ciudad. Actualmente, son pocas y casi nulas las investigaciones que existen sobre el barrismo y su componente fuerte para (re) organizar a la sociedad. De vez en cuando salen noticias positivas que hablan sobre los barristas de Popayán, sobre el barrismo como tal y teniendo un campo tan amplio por explorar, es poco el contenido que se produce. ¿Será gracias al estigma que aún se mantiene? Es más que evidente que existe un abandono enorme, no solo de las instituciones gubernamentales, sino desde todos los ámbitos, hacia los estudios de estos grupos de hinchas organizados.  

 

El nombre de “Felipe Muñoz”, se utiliza para sustituir el nombre propio de la
persona que accedió a nuestra entrevista, por su seguridad y bienestar.

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