Bolsillos rotos y el corazón lleno: 35 años rescatando perros en Popayán 

Bolsillos rotos y el corazón lleno: 35 años rescatando perros en Popayán

Desde hace más de tres décadas, Consuelo Vargas dedica todo su tiempo a rescatar perros callejeros en la ciudad de Popayán y a buscarles un hogar. Afirma que los perros merecen un trato digno y lleno de cariño.

Lina Marcela Chaves Vallejo

 

Más de 140 perros, comida justa y poco espacio, el olor a límpido quema en la nariz, polvo, casas pequeñas de madera un poco destrozadas, algunos perros enjaulados. Gritos, ladridos. Las garras de los perros golpean las rejas, gritos para calmarlos, perros peleándose, más gritos para separarlos, aplausos que aturden e intentan darle control al espacio. Para hablar, gritos. Consuelo Vargas grita para todo.

 

Entre  el desorden, aún cachorra, criolla, de pelaje blanco y negro con manchas entre cafés y amarilla y de nombre Saltarina, salió del refugio con un collar de ahogo, hecho en ese mismo momento por Consuelo con una cuerda para ser adoptada. Cambiaron su nombre a Sulma y cuando su nueva familia firmó el certificado de adopción improvisado y escrito por uno de los voluntarios del refugio Vida Animal, Consuelo se agachó y la tomó de la cara.

 

 Pórtate bien, te queremos mucho, te deseamos mucha suerte y amor le dio un beso a Sulma y ella recibió uno de vuelta.

 

Consuelo se levantó, pidió que los voluntarios se acercaran y materializaran todos sus buenos deseos en un abrazo para la pequeña que había encontrado un hogar esa mañana. Sonríe fuerte, mostrando todos sus dientes. Para ella la partida de los perros a un nuevo hogar significa salvarles la vida, darles una nueva oportunidad.

 

– Lina, no me acordaron de pedir el número hace ocho días cuando se llevaron a la perrita, ahora no sabemos nada de ella, sólo es desear que esté bien. Tienen que estar pilas porque yo ya me olvido de todo– dice Consuelo a manera de regaño pero preocupada.

 

Hace más de 35 años Consuelo Vargas dedica su vida a rescatar perros. Describe su labor como una camisa de once varas, un bolsillo roto, un trabajo difícil. No hay un benefactor constante que ayude con croquetas, medicamentos, productos de aseo, comida para el cuidador. Sin embargo, Juan Carlos López Castrillón, alcalde de Popayán, le ayuda con el arriendo del refugio mensualmente desde antes de llegar a su cargo público. 

 

Valentina Muñoz, una joven de 22 años, recuerda que cuando tenía la edad de nueve se acercaba a la casa de Consuelo para pasear uno o dos perritos. Con el tiempo Consuelo se convirtió en un ejemplo y la protección animal en una tarea diaria.

 

— Ella es una de las personas que me ha enseñado que los perros son seres sintientes, que tienen derechos, que merecen un hogar, que merecen ser rescatados. La admiro muchísimo y trato de ayudarla en lo que más pueda. Siempre le digo que ella es un ángel, que tiene el cielo ganado — dice Valentina.

 

El refugio Vida Animal existe como fundación hace ocho años, y sus instalaciones son realmente una casa ya recorrida por los años y rodeada por hojas de zinc como una muralla. La casa está toda dividida y enrejada, los perros no necesitan que se encienda la luz así que las luces no se encienden a pesar de la oscuridad. 

 

En cuanto se pasa la primera puerta, la puerta en la muralla de zinc, hay una reja alta en la que el primer grupo de perros descarga su energía pero sin lograr tumbarla. Pasar es difícil, todos los perros se amontonan para intentar escapar. La reja da paso a la entrada de la casa, donde duermen algunos perros y donde duerme José Torresillo, el cuidador del refugio.

 

Caminar es todo un trabajo. Los perros siempre intentan llamar la atención así que corren sin importar el poco espacio, se paran en dos patas y se suben sobre la gente para ser acariciados. Hacia la izquierda y al fondo hay otra reja que sirve para entrar al lavadero, lo primero que se ve es un tanque de al menos un metro de alto rebosado por el agua, también es el espacio para algunos perros agresivos, como Coco y Mona.

 

La reja del lavadero comunica con el patio principal y en cuanto se abre, el caos es inminente. Los perros del patio se emocionan y siguen a quien entre hasta casi tumbarlo al suelo. Coco y Mona siempre intentan salir y casi siempre lo logran. En cuanto la reja se abre es difícil detener a los perros, son muchos y la mayoría fuertes, con patas grandes y garras largas. Así empiezan las riñas entre perros y los gritos entre José y Consuelo. José intenta separar a los perros con cuidado pero rápido; Consuelo grita y regaña a José; José grita a Consuelo y Consuelo grita de vuelta y regaña a los perros; sale por otra reja que da al pasillo principal entre la casa y la muralla de zinc; siguen los gritos pero ahora al aire.

 

–Si esos perros se matan usted es la culpable, señora, eso también es maltrato– le grita José a Consuelo cuando ella ya se ha ido.

 

Consuelo conoció a José porque un día le comentaron de él andaba en una bicicleta haciendo mandados para conseguir lo de la pieza de la noche y para las croquetas de los 8 perros y 2 gatos que había rescatado, ellos aún lo acompañan. José es un hombre de 67 años, vive en el refugio hace un año y medio. Los 140 perros que alimenta y cuida todos los días, dice él, son como sus hijos. Al ser quién vive ahí, es también quien organizó a los perros para evitar las peleas. Pero según Consuelo los perros pelean porque están separados y no pueden acostumbrarse a los demás.

 

La misión de Consuelo y José es la misma: cuidar de los animales y dentro de esa misión ambos gritan, lloran y sonríen en cantidades iguales. Lo que es claro es que no comparten la experiencia al manejar el temperamento, carácter y relación entre los perros.

 

– Yo puedo decir muchas cosas pero yo no estoy en mis cavidades porque estoy trabajando con ella en este momento, pero algún día yo sé que la olla podrida se va a destapar. Ella es mi jefe y usted sabe que donde manda capitán no manda marinero. Yo estoy con mis perros 24 horas, yo sé cómo son. Si se sueltan ellos se matan uno al otro, y eso fue lo que sucedió. Eso es un problema para mí y es maltrato — dice José.

 

–Yo solamente voy los sábados, a veces ni entro, ni nada. A veces sí hablo duro pero ¿cuál maltrato? Don José es una persona muy nerviosa, a él le da miedo que los perros se peleen y por eso dice esas cosas, pero no se pegue de eso, que eso no es así– responde Consuelo.

 

Nathalia Muñoz, coordinadora de Bienestar Animal en la Alcaldía de Popayán, asegura que la administración de Juan Carlos López Castrillón está en función de la protección de los animales desde el año 2020, con la construcción del refugio animal en la vereda Las Guacas que debía ser entregado en agosto del año 2023. Nathalia comenta que se han realizado 12.189 cirugías de esterilización hasta el momento, casi 50 jornadas de adopción, aplicado 27.000 vacunas y 10.000 animales fueron atendidos. También dice que el tema nace del corazón del alcalde y su visión animalista. Nathalia se relaciona con Consuelo desde hace aproximadamente ocho  años, se formó como animalista en la fundación Vida Animal. 

 

– Doña Consuelo tiene siempre encima la presión de estar buscando sustento para la fundación, ella trabaja sin recursos y eso la hace tener ese genio. Pero al mismo tiempo cuando ella no está tan apretada es una persona muy alegre y risueña– asegura Nathalia.

 

En la primera parte de su vida la personalidad de Consuelo se nutrió por los lugares donde se estableció su hogar y su familia. Su familia hizo vida en Cali y de ahí que sea tan risueña, que le guste el baile, la música. En sus primeros años vivió en el campo, de ahí que le gusten los animales, el color verde, las plantas y en especial las rosas.

 

–Desde siempre nos criamos con animales. Cuando teníamos la familia unida, de pequeñita recuerdo que mi papá tenía ganado: caballos, vacas, perros. Sino que en esa época estábamos nosotros en una zona de alto riesgo con la guerrilla, eso era por allá por Tacueyó, Miranda, por esos lados de por allá. Eso era muy peligroso para nosotros entonces tuvimos que dejar todo tirado– cuenta Consuelo.

 

A primera vista Consuelo comparte cierta familiaridad con una característica que generalmente es asignada a las abuelas: la ternura. Tiene el cabello corto, no es ni muy alta ni muy baja y se le notan los años en las arrugas de las manos y ojos, la piel que cuelga de sus brazos y su cara, su sonrisa ya un poco caída y sus labios delgados. Usa lentes, como gran parte de las abuelas y de su cuello cuelga una medallita de la virgen y un cuarzo morado. A pesar de encajar en el estereotipo de las abuelas y tener dos nietas, vive muy alejada de su familia.

 

Consuelo tiene cinco hijos, aunque los ve muy poco. Dos de ellos viven en el extranjero y los demás en Cali. Ellos se encargan de enviar cierta cantidad de dinero en distintos momentos del mes para sus gastos personales: comida, arriendo, servicios. Consuelo utiliza el dinero que le mandan sus hijos y algunas donaciones que le llegan para vivir, pagarle a José, comprar el alimento del refugio y también el alimento de los 25 perros que tiene en casa.

 

Aunque sus hijos la apoyan económicamente han decidido tomar distancia de la labor de Consuelo evitando ir a la casa, le aconsejan dejar ya el refugio en otras manos ofreciéndole una vida diferente en Cali.

 

A veces su trato con los perros es brusco. Los agarra sin mucho cuidado para pasarlos a los voluntarios, los agarra de una pata o los empuja y entonces se le nota que ya casi no tiene fuerza, que ya está cansada, que sí quiere estar con sus hijos y entregar la responsabilidad del refugio y los perros de la casa a otra persona.

 

Patricia Sarmiento se acercó al refugio para adoptar un perrito hace casi seis años, entabló una amistad con Consuelo porque compartían ese gusto por los animales y por el baile.

 

– Es una gran persona, una gran amiga. Ella es una persona tan dedicada a los animales que por eso se aisló. Hace bastante que no sale por lo que en la casa tiene perros pequeños y no los puede dejar solos, hacen mucho ruido y molestan a los vecinos. Entonces ella prefiere quedarse en la casa– dice Patricia.

 

Su casa huele exactamente igual al refugio, es una mezcla entre límpido, citronela, humedad y orines. A Consuelo no le gusta que entren a la casa, los perros se emocionan y entonces ladran y hacen bastante bulla. Al estar en un lugar residencial intenta que los perros, incluso ella misma, hagan el menor ruido posible. La puerta de su casa tiene una reja, que tiene una lámina de acetato para impedir de cualquier manera que se salgan los perros, pero algunos se divierten mordiéndolo.

 

La puerta, la reja y el acetato son color café, y desde ahí se puede ver que a la izquierda están acomodados unos guacales bastante grandes en los que duermen tres cachorras pitbull y su mamá. Al entrar hay una mesa de acero con cosas que varían entre limpiadores, antibacteriales, cajas con papeles, alcancías y platos de acero para la comida de los perros. En la pared hay un cuadro de una pintura con edificios. En la habitación también hay una vitrina con algunos juguetes para los perros, cepillos para el pelo y medicamentos.

 

Encima de la vitrina hay un espejo ovalado y con el marco plateado, su reflejo es una cortina habana y se alcanzan a asomar algunas matas y frascos que parecieran estar sobre uno de los guacales. Al lado izquierdo hay un candelabro de pared en madera café oscura con una vela ya casi consumida, al lado derecho hay otro candelabro igual pero sin la vela. Al lado izquierdo de la vitrina hay una planta a la que coloquialmente le dicen espada de San Jorge. Su nombre viene de la forma puntiaguda de sus hojas, los bordes de las más bajas están mordisqueados.

 

–Vea esa mata, a mí me gustan mucho pero con estos no se puede– comenta Consuelo riéndose y acariciando a uno de los cachorros.

 

Los nombres de los perros, al igual que el de la planta de Consuelo, vienen directamente de su característica más evidente como el color: Colores, Mona, Brownie, Coco, Nuez, Leche,  Pecosa. O se relaciona con un objeto o personaje que guarde similitud: Beethoven, Quipito, Scrappy, Azúcar, Valentino.

 

El olor no es lo único similar entre la casa de Consuelo y el refugio, también comparten la división por rejas. Desde la puerta se alcanzan a ver tres, una en el marco de entrada de la primera habitación, una en las gradas y otra en la entrada de la cocina. 

 

En cuanto se hacen las 4 de la madrugada todos los perros empiezan a despertarse para recibir la única ración de comida al día. Así que Consuelo se levanta junto con los perros, asea la casa, porciona y entrega alimento a cada perro pero siempre evitando el ruido. Cuando su tarea termina, y todos los perros están calmados, vuelve un rato más a la cama. El resto del día Consuelo lo dedica a asear, hablar con posibles adoptantes, programar esterilizaciones y básicamente estar pendiente de que todo esté en orden.

 

–Me mueve la compasión de ver un animalito en la calle y que no sepa para donde coger, entonces le nace a uno esa manera de acogerlo, ayudarlo, bañarlo, ayudar a conseguirle un hogar. Es algo que le nace a uno desde ese sentimiento de impotencia, de dolor, de lástima, de saber que están desprotegidos y nadie los ayuda–dice Consuelo cuando piensa en cómo inició su labor.

 

Hace 13 años, Camilo, un amigo del hijo de Consuelo, compró un bull terrier en Unicentro, Cali. Se llamaba Raldo. A Camilo le gustaba la raza porque usualmente veía a un joven ir al gimnasio con un perro igual, al ver la oportunidad no la desaprovechó y se fue a su casa con su nueva mascota. Fue una decisión poco meditada y olvidó evaluar el factor más importante: su trabajo le tomaba mucho tiempo y no habría momento para entrenar y educar al cachorro.

 

Raldo hacía desastres cuando se quedaba solo. Tumbaba las decoraciones de la casa, mordía los muebles, y jugaba con el papel higiénico. Camilo le pidió a Consuelo que lo hiciera entrenar y él pagaba los gastos. Finalmente Raldo se quedó con Consuelo por el resto de su vida.

 

–Nadie mejor que su propio dueño para entrenar a un cachorro, eso si es platica perdida. Entonces Raldo se quedó conmigo –dice Consuelo riendo.

 

Raldo era un perro complicado, siempre fue agresivo con los otros perros, gruñía, se desesperaba, intentaba morderlos y aún así con las personas era un amor, se dejaba mimar, daba besos y se emocionaba cuando llegaba alguien.

 

Consuelo siempre quiso que Raldo tuviera más espacio para sentirse libre, y a pesar de que Consuelo no le entrega perros a nadie para llevarlos a fincas o parcelas por lo peligroso que es para los perros, deseaba tener una parcela enmallada y que Raldo disfrutara de ella. Nunca la consiguió, pero se encargó de pagarle al paseador, Cristian, todos los días de la vida. Cristian vivía en una casa con mucho más espacio que la de Consuelo, Raldo lo quería y Consuelo quería tanto a Raldo que se lo entregó a Cristian para que Raldo pudiera vivir mejor.

 

– Yo le dije: “Cristian ¿vos queres quedarte con Raldo?”. Y él me dijo: “Yo sería feliz con Raldo, doña Consuelo”. Entonces en un diciembre que yo me iba para Cali se lo dejé, le empaqué todo y se lo mandé –  recuerda Consuelo.

 

Consuelo dejó a Raldo con Cristian. En cuanto se hizo de noche Raldo se dio cuenta de que esa no era su casa, se llenó de ansiedad, empezó a correr por todo el cuarto que Cristian le había acondicionado para que se quedara, golpeo y rasguñó la puerta hasta que la hizo pedazos y pudo salir. Cuando Raldo salió del cuarto estaba tan enfurecido y desesperado  que tumbó a la mamá de Cristian al suelo.

 

Consuelo se devolvió de Cali en cuánto Cristian la llamó, recogió de nuevo a Raldo y lo llevó a casa. Soltó sus cosas y las de Raldo en el suelo para sentarse frente a él y hablar. Consuelo no paraba de repetirle: “¿qué hiciste?”, mientras lo sacudía. El perro no respondía con nada más que una mirada fija y leves movimientos con su cabeza hacia los lados.

 

 – Por último Raldo me abrazó y se le salieron las lágrimas, él me empezó a besar por todo el cuello y la cara. Me enseñó que no necesitaba nada, ni casa grande, ni más espacio, que él me quería a mí porque yo era su familia– cuenta Consuelo con los ojos llenos de lágrimas.

 

Mientras secaba su rostro, Consuelo se fija en que la lluvia estaba parando y mientras se dirige a la puerta de su casa comenta: “Raldo se quedó conmigo y él cambió, me duró 13 años y para mí fue muy poquito tiempo, me hubiera gustado que se quedara toda la vida”, dice aún con la voz quebrada, pero lista para seguir con su labor. 

 

A pesar de que Raldo no es la historia más difícil que Consuelo refiere, es su respuesta al mito que la rodea: “Consuelo puede adiestrar cualquier raza fuerte”. Habla de cada animal que ha pasado por sus manos desde la comprensión y la paciencia, además de presentar su labor como un bolsillo roto y rescata siempre una idea de compasión que es su lema: “cada perro tiene una historia triste que contar”.

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