El detrás de cámaras de los hermanos Tobar

El detrás de cámaras de los hermanos Tobar

Dos fotógrafos, dos hermanos amados, caminantes que capturaban la vida. Esos fueron Alonso y Diego Tobar, a quienes casi 5 años después de su partida, se les recuerda a través de fotos, atardeceres, charlas, viajes y eventos que se vivieron junto a ellos.

Escrito por: Sandra Milena Orozco León

Foto: Bart Klosinski y Alonso Tobar. Cortesía:  Marcela Tobar Londoño 

 

A Alonso Tobar se le marcan las arrugas en las esquinas de sus ojos y tiene una sonrisa amable en el rostro. Lleva una gorra de la Fundación Amigos del Sabio Caldas, (FUNDACALDAS) y sostiene su cámara digital Canon en sus dos manos. La foto tiene tonos sepia y parece haber sido tomada en un pastizal, bajo un sol veraniego. Esa foto lleva más de cuatro años en un mueble en la sala de la casa de la familia Tobar Londoño. Fue puesta ahí desde que Alonso murió un 19 de mayo de 2019. Él tenía 67 años.

 

Diego Tobar mira la pantalla de su cámara Sony con ojos de águila. Su ceño está fruncido, la luz pega en su cabeza que ya por la edad tiene solo unos cuantos mechones de cabello peinados hacia un lado. Lleva un traje azul, camisa blanca y corbata negra. Tiene una mano posada en su boca, mientras analiza lo que va capturando el lente o eso es lo que dice la foto tomada por su hermano Alonso Tobar.

 

—Ellos eran huérfanos. En 1956 murió la mamá, y en 1965, el papá. La persona que quedó a cargo fue mi tío Diego, que era una persona que mi papá admiraba mucho. Desde jovencito a mi tío Diego le gustaba la fotografía. Esa fue su carrera. Mi tío y mi papá fueron muy amigos. Sí, eran hermanos, pero en realidad, eran muy compinches, y pues por ahí mi papá se fue encarrilando, aunque mi tío Diego era más profesional y él sí se dedicaba y vivía de la fotografía. Mi papá era más empírico— comenta Marcela Tobar, hija de Alonso Tobar, sentada en el comedor de su casa junto a su mamá, Fabiola Londoño.

 

Marcela Tobar tiene el cabello negro, se ve joven, de personalidad divertida y amable. Tiene 33 años, un niño de casi 3 y es profesora en un jardín infantil. Ella fue la espectadora y acompañante número uno en la vida de su padre.

 

—Él me recogía en el colegio, cuando estaba enferma me llevaba al hospital e incluso la última hospitalización que yo tuve, que fue a los 28 años,  estuvo conmigo en urgencias. Él siempre estaba pendiente porque sus horarios se lo permitían. Me sacaba a pasear, y ya de grande, me acompañaba a cualquier vuelta. Con él conversaba y teníamos una buena relación, me ayudaba y yo lo ayudaba él, descargándole programas o a manejar algo del computador. También pagaba los servicios, hacía el mercado y otra cosas más. Mi papá no era cantaletoso, él se sentaba a hablar conmigo y yo le contaba muchas cosas que de pronto mi mamá no sabía. Era como un amigo. Mis amigos lo recuerdan mucho, porque siempre era el que abría las puertas de la casa cuando venían.

 

La casa actual de la familia Tobar Londoño está ubicada en el barrio Ciudad Jardín. Tiene 3 pisos y en el último hay una terraza amplia. Las paredes son de color beige, las vigas están pintadas de un tono marrón suave y la entrada está enrejada.  Cuando Alonso vivía tenía la costumbre de abrir la puerta y recibir de brazos abiertos al invitado que llegara. Ya en la sala, en medio de muchos muebles y sillas, sacaba su cámara y comenzaba a tomar fotos. Eso pasaba siempre con la familia, él les pedía una foto, a veces los subía al segundo piso y les decía cómo ubicarse. Todo de manera amable, festiva, y cariñosa. 

 

En esa misma sala, 4 años después de la muerte de su esposo, Fabiola Londoño, recuerda cómo se conocieron. Ella en ese momento trabajaba en Lácteos Puracé como secretaria y a Alonso solo lo conocía de vista gracias a Armando, su amigo y compañero de trabajo, compinche de Alonso porque eran vecinos en la carrera 10, cerca al Monasterio. Alonso Tobar vivía en su casa paterna, y en octubre de 1973 se presentó con Fabiola, se dieron una cita y  terminaron bailando toda la noche. 

 

—Ese mismo año nos hicimos novios. Yo no sabía que él le había dicho a mi amigo que yo le gustaba y ese día él bailó toda la santa noche conmigo, no me soltó —dice doña Fabiola, moviendo sus manos, con una sonrisa pintada en su rostro mirando al techo.

 

 —Se supo ganar a mi papá. Alonso era muy detallista y se dio cuenta de que a mi papá le fascinaba comprar la prensa cada ocho días, entonces se la llevaba. Yo vi esos detalles bonitos. Alonso me esperaba fuera de la empresa por muy tarde que saliera, él tenía sus grandes cosas.  Me atraía su caballerosidad, el don de gente, ese modo tan bonito de tratar con las personas —dice Fabiola con los ojos iluminados —y sus detalles. Un detalle hermoso que recuerdo, ocurrió cuando él me iba a pedir que fuéramos novios. Fue un 7 de diciembre. Me invitó al restaurante La Herrería y después hablando él decía que se le había ido toda la quincena ahí —comenta riendo Fabiola— pero quería darme un regalo bonito, me regaló una billetera, y ahí fuimos novios. Nunca supe de que saliera con otra persona, siempre fui su “Fabi”. Nunca peleaba conmigo. En 1979 nos casamos. 

 

De la familia de su tío Diego Tobar, según Marcela, la esposa falleció, los hijos están lejos, unos en España y otros en Costa Rica. Antonio Alarcón Reyna en un post publicado en Facebook llamado “Diego Tobar: Eterno caminante de Popayán”, lo retrata así: “Diego era euforia, alegría, melancolía. Un eterno caminante de la ciudad que decidió dedicarse, con alma, corazón y vida, a una profesión que le absorbió los últimos 50 años de su existencia. Sabía encontrar la esencia ajustada a cada realidad que lograba captar en ese segundo místico y casi orgásmico que atrapa solo quien tiene el ojo misterioso para encontrar lo supremo en el espacio-tiempo de un ¡click!.”

 

—Cuando salieron las cámaras digitales, mi papá le enseñó a manejar la cámara a mi tío, porque mi papá estaba al día con la tecnología, y el cambio fue duro, porque ya la memoria, que el computador, en ese tiempo no había memorias, había CD, entonces mi tío tomaba las fotos y mi papá las editaba, se ayudaban, porque mi tío era un carro loco, ellos eran opuestos. Mi tío era acelerado y mi papá podía caérsele la casa encima, era muy tranquilo —dice Marcela riendo mientras observa a su mamá. 

 

—Aparte, mi tío no tenía la paciencia para sentarse en el computador y ponerse a editar. Mi papá sí, mi papá tenía la paciencia y el tiempo, entonces se ayudaban mutuamente —dice Marcela. 

 

—Por eso Diego quería mucho a su hermano, y por eso a Alonso le dio tan duro cuando se murió Diego —agrega Fabiola asintiendo con tristeza. 

 

Alfredo Valderruten, fotógrafo y profesor de la Universidad del Cauca, contrario a lo que se esperaría, no tuvo una relación o una conversación en torno a la fotografía con Diego. Dice que Diego era muy sociable, siempre estaba hablando con alguien, era una persona muy alegre, dinámica y eso llamaba mucho la atención. También era muy agradable conversar con él y tenía un muy buen sentido del humor, no era nada tranquilo y siempre estaba activo. 

 

—Diego hablaba de muchas cosas en un momentito. Eso lo hacía muy particular, a mí me encantaba eso, era muy optimista. Siempre estaba en el cuento de sus proyectos, lo veía uno por todos lados, si yo salía al centro me lo podía encontrar tres veces, con su trípode al hombro, su cámara colgada al cuello haciendo fotografía y siempre queriendo ayudar a la gente. Su trabajo fotográfico era un asunto de compartir la imagen. Un día le tomó unas fotos a mi hija y a la semana me estaba entregando un CD, y yo, “¿cuánto te debo por esto?”, y él “no, es un regalo que le quiero hacer a la familia”. Así era Diego— comenta Alfredo sonriente. 

 

Aquella generosidad es propia de los hermanos Tobar. Tomaban fotos en casa, en velorios, en Semana Santa, en Popayán y fuera de la ciudad y las regalaban, las repartían constantemente a sus personajes. 

 

Cuando llegó todo el boom de las cámaras digitales a mi papá le sirvió porque ya era más económico, ya no tocaba imprimir fotos. Para ellos fue más fácil porque podían hacer lo que tanto habían querido: regalar las fotos. Las podían pasar, ya era menos caro. Antes se tenía el limitante de 36 fotos por rollo, ahora ya no, tenga su memoria y hágale— Marcela se ríe mientras explica con sus manos, hace una forma de rollo, de cámara, de memoria. 

 

La obsesión con el volcán Puracé, la luna y FUNDACALDAS

 

El escritor y columnista Marco Antonio Valencia Calle, en su artículo “Alonso Tobar: el fotógrafo del Ecce Homo y el volcán Puracé”, publicado en Página 100, dice: “Tal vez en Popayán nadie le haya tomado tantas fotos al Volcán Puracé como Alonso. Vivía fascinado con el volcán y enamorado de la luna: le tomaba fotos a toda hora, y en diferentes épocas del año, y se pasaba horas tratando de encontrar diferencias y similitudes”.

 

—Diego veía el volcán bonito y llamaba a Alonso,  le decía, “ve, negro, tómale foto al volcán que está hermosísimo”, y Alonso subía a la terraza a tomar la foto —dice Fabiola señalando hacia arriba, hacia la terraza de la casa. 

Volcán Puracé desde la terraza de Alonso Tobar.

Foto: Alonso Tobar.

Antes de vivir en Ciudad Jardín, los Tobar Londoño vivían en el barrio Camilo Torres. Desde allí también se podía apreciar el volcán Puracé porque no había muchos edificios que taparan  su vista. 

 

—Cuando vinimos a ver este lote mi mamá tenía una amiga que vivía aquí a dos casas y desde ahí mi papá vio el volcán Puracé y dijo: cuando hagamos esa casa yo seré el más feliz. Mi papá alcanzó a disfrutar, porque en ese tiempo no había muchos edificios. Ahora si ya está tapada la vista. Y en Camilo Torres, en el segundo piso, atrás, se veía también el volcán. —comenta Marcela con una sonrisa nostálgica y una mirada casi perdida en el rostro. 

 

Alonso no solo tenía un gusto por el volcán Puracé muy fuerte, gusto que Diego impulsaba, sino que también en tiempos decembrinos, cuando pasaban los diablitos y las chirimías por las calles de Popayán, acostumbraba a tomarles fotos. Diego y Alonso salían en Semana Santa y registraban las procesiones, los niños, la vida. 

 

Ambos también fueron fotógrafos de FUNDACALDAS. Una fundación dedicada a reconstruir, mantener y promover la imagen y la historia del sabio Francisco José de Caldas. Ahí conoció a Leonardo Delgado Ariza, asesor académico y científico de FUNDACALDAS, quien le ayudó y le enseñó a Alonso a fotografiar la luna.

Foto: Alonso Tobar.

La luna desde la terraza de Alonso Tobar en el barrio Ciudad Jardín.

—Él quería hacer fotos lunares, pero le salían muy desenfocadas o le salía una bola muy brillante, entonces empezamos a hacer un intercambio de saberes. Por eso yo digo que no le enseñé, porque cuando tomaba esa luna creciente decía: “no, mira esos cráteres”, con una emoción increíble. Yo le decía que lo bonito de esto es que uno podía tomarle foto 1000 veces a la luna, pero nunca se volvía rutinario. Esa experiencia de hacer fotografía celeste fue muy bonita — comenta Leonardo señalando al cielo, mientras se acomoda las gafas. 

 

—Primero conocimos a Diego en el 2000 y nos presentó al hermano. El día que conocí a Alonsito, Diego lo presentó y me lo dejó en la casa. Hasta que se murió Alonso se quedó con nosotros. Hasta me dio pena porque ya para los eventos todo era Alonso, Alonso, Alonso, y Diego quedó en segundo plano. A Diego lo llamábamos muy poco porque él no tenía mucha disponibilidad de tiempo. En cambio, Alonso sí, aunque tocaba avisarle con mucha anticipación porque él era muy organizado— comenta Regina Varona, directora de FUNDACALDAS, mirando a los niños jugar alrededor.

 

Leonardo Delgado y Regina Varona sentados en la base de la estatua del sabio Caldas, ubicada en el parque central de Popayán, comentan y recuerdan a su amigo y compañero.  No solo ellos lo hacen, toda la fundación los recuerda, inclusive, las personas que asistieron a sus eventos, las familias y otros tantos payaneses. Muchos los tienen en fotos, como evidencia de que Alonso y Diego existieron, caminaron y vivieron con el dedo en el obturador capturando acciones por todos lados en Popayán.

 

—Sí, para los eventos siempre era Alonso. Yo lo molestaba y le decía: “bueno y ¿el actor principal no va a estar en las fotos?, venga para acá la cámara”. Alonso no disfrutaba mucho estar frente a la cámara, pero con la gente que fotografiaba siempre era respetuoso. Nunca te tomaba una foto desprevenido, él te hacía posar y por ese mismo respeto yo nunca le dije ni Alonso, ni Alonsito, siempre le decía: maestro. El respeto profundo que le tenía era muy fuerte —dice Leonardo sonriendo mientras se toca el pecho con las dos manos.

 

***

 

— El día que se murió mi tío Diego fue una cosa terrible, yo nunca había visto a mi papá llorar así, como un niño chiquito y temblando. Jamás nos imaginamos una cosa así, Diego murió un mes antes, un 23 de abril de 2019. Mi papá falleció el 29 de mayo —dice Marcela Tobar con la voz baja mirando la mesa. 

 

— Jamás, jamás nos imaginamos una cosa así —agrega doña Fabiola con voz alterada. 

 

Dos hermanos, dos fotógrafos, dos caminantes. Ambos murieron el mismo año con un mes de diferencia, padecieron un cáncer que los sentenció. Ambos merecen seguir en la memoria, porque ellos en sus memorias y fotos capturaron la vida, la esencia de Popayán, de su gente, de sus amigos y lugares emblemáticos. 

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