Aula básica para Sordos: la apuesta de Luz del Sol por la educación inclusiva

Aula básica para Sordos: la apuesta de Luz del Sol por la educación inclusiva

Luz del Sol Vesga es una maestra que desde el año 2011 ha dedicado su vida al trabajo y la enseñanza bilingüe y bicultural para Sordos. Su encuentro con la necesidad de aprender la lengua de señas colombiana la llevó a convertirse en gestora de su enseñanza y ser pionera en el Aula Básica para Sordos en Popayán.

Por: Adriana Colina

 

Son las 12:00 del día. Tras una gran puerta azul decorada con pegatinas de papel que dibujan unas manos humanas con los dedos levantados, hay un espacio de alrededor de veinticinco metros cuadrados, de ventanas gigantes, donde la luz natural que entra hace casi innecesario el uso de bombillas, de amplias paredes blancas con vinilos decorativos. Al lado derecho, cerca de las ventanas, hay un reloj de pared, un calendario, un tablero con la frase “El león y el ratón”, un cartel enorme que, junto a dibujos de manos humanas, similares a las de la puerta, dice: español, naturales, matemáticas. Al lado izquierdo, el dibujo de un oso animado con muchos globos en sus manos anuncia: cumpleaños. Sharit, 24 de enero; Mónica 21 de marzo. Más allá del oso, colgando de un clavo, hay un atrapa sueños con fotografías de varios niños, junto a este, un estante con siete cajones está marcado con la palabra “materiales”. Al fondo del gran cuarto, hojas con dibujos de toda clase acompañan un teatrino. 

 

En el centro de la habitación dieciséis personitas sentadas en pupitres de plástico permanecen en silencio. No toman apuntes, miran en dirección al tablero a una mujer que, al mismo tiempo que simula un bostezo con su boca, abre y cierra sus manos coordinadamente. La mujer mide un metro con cincuenta y cinco centímetros, es de piel blanca, cabello rubio, nariz celestial. Viste tenis negros y un uniforme azul antifluido que en la parte superior derecha de la camisa dice: Luz del Sol Vesga, docente bilingüe. Aula Básica para Sordos.

 

Ikigai

 

Nunca se le ha escuchado decir que está cansada de su trabajo; vive con hambre de aprender, de conocer, de estudiar, de capacitarse para estar a la altura de sus estudiantes. Dentro o fuera del aula imagina, planea e identifica lo que podría hacer al día siguiente. No hay un sólo día que no piense en cómo hacer de sus clases una experiencia, una aventura inolvidable para quienes la escuchan, pero no con su voz; la escuchan desde su corporalidad, su gestualidad, su segunda lengua; la lengua de señas colombiana. 

 

Extraño es el día en que logra desligar sus pensamientos de esa mansión azul de rejas gigantes, y esa habitación de veinticinco metros cuadrados a la que día a día, desde hace doce años, llegan niños y niñas a regalarle una sonrisa, a contarle sus triunfos, sus desdichas, y hasta sus más tiernos secretos.

 

En la filosofía oriental se encuentra una creencia conocida como “Ikigai”, en ella se dice que cuando en la vida de una persona se reúnen las cuatro cosas: algo en lo que son buenos, algo con lo que pueden ayudar al mundo, algo por lo que estudian y algo por lo que le pagan, es que la persona ha encontrado su propósito. Victoria de las Flores Vesga cree fielmente que su hermana Luz, la madrugada de julio de 1979, nació con su Ikigai.

 

—¿Crees que para Luz esto ya dejó de ser un trabajo?

—Por supuesto, Luz ya no ve la enseñanza como un trabajo, es su estilo de vida, y lo usa para ayudar.

—¿Te refieres a fuera de las aulas?

—Sí, dentro o fuera es lo mismo para ella.

—¿Recuerdas algo especial?

—Sí. Una vez en unas vacaciones en Medellín íbamos a entrar a un museo, no recuerdo bien, y había una persona Sorda como perdida, Luz se le acercó y comenzaron a hablar. Era la primera vez que yo la veía hablar en lengua de señas, me quedé impresionada.  Ahí yo dije: Luz es especial. Luz puede sacrificar sus vacaciones por ayudar a una persona Sorda.

 

Fuera del aire

 

Son las 2: 15 de la tarde. El taconeo de los transeúntes, las bocinas de los autos y motocicletas, y los silbidos de un grupo de soldados que anuncian relevos, logran mezclarse con la música que suena dentro de una cafetería de antaño en el centro de Popayán. Allí, junto a un rincón, sentada en una pequeña mesa de madera, aguarda Luz del Sol. Esta vez ha dejado los tenis y el uniforme azul anti fluidos. Lleva sandalias, viste un pantalón negro y una blusa amarilla de escote y boleros que estiliza su menuda figura.

 

Los rasgos delicados de su rostro hoy denotan el uso sutil de maquillaje en sus pómulos y labios. En su cuello, una alhaja de clave de sol hace juego con sus aretes amarillos. En su muñeca derecha lleva una pulsera color plata, y en su muñeca izquierda, un reloj negro que mira con insistencia mientras conversamos. 

 

Luz del Sol habla, sonríe, bebe jugo de naranja, vuelve a sonreír. Esta vez sus palabras la emocionan cada vez más al recordar a su padre, Víctor Julio Vesga Ariza, un bumangués de 74 años; revolucionario de nacimiento y de pensamientos “izquierdistas”. Fanático del teatro, los títeres, y las ferias artesanales; y de quien Luz heredó la capacidad de adaptarse a cualquier espacio, la habilidad de crear, gestionar y trabajar por lo deseado. 

 

—En un hogar de artistas todo era posible. Si no había papá decía “miremos a ver cómo lo hacemos”,  incluso, a veces en cosas muy complicadas.

—¿Cómo qué cosas?

—Siempre mi papá nos decía “es que uno tiene que estar dispuesto a adaptarse”. Y por eso nos cambiábamos de casa muy seguido, que para no anclarnos toda la vida a un mismo sitio. 

—¿Y tú disfrutabas esos cambios?

—Por supuesto, de niña era feliz. Pero cuando crecí, mi mamá nos contó a mis hermanas y a mí que nos cambiábamos era porque nos atrasábamos en los pagos del arriendo y nos pedían la casa.

 

Noemí Parra Ospina, la columna vertebral de la familia. Fue una mujer que, tras ser desplazada por la violencia bipartidista de su natal Tolima, llegó a Manizales para encontrar el amor y lo que hasta su lecho de muerte llamó su propósito de vida; ser madre de cuatro hermosas mujeres. Noemí no sólo tejió los cojines de las salas de las tantas casas de infancia de Luz Del Sol, también tejió el camino de sus hermanas cuando su papá, Víctor Julio, decidió llevar sus títeres a una gira por Suramérica y dejar el destino de Juanita, Ani, Luz y Victoria en las manos de Noemí. 

 

Han pasado casi cuarenta minutos desde que la conversación con Luz del Sol comenzó, y aunque casi todo lo que ha mencionado ha girado en torno a su familia, no ha desaprovechado un solo momento para hablar de su trabajo. Tras un pequeño silencio.

 

—Yo en el aula básica para Sordos tengo mi apuesta de vida. Soy feliz con noticias como la de que un chico pasó a la Universidad de Antioquia.  Ahí es cuando yo digo, sólo con ese caso ya lo estamos logrando, o sea, un niño que yo tuve desde primero que ya está estudiando en la Universidad de Antioquia, es como el fruto de todo este proceso, es como una misión cumplida.

Luz de Sol junto a sus estudiantes de la Institución Educativa La Pamba.

Foto: Luz de Sol Vesga

Destino

 

A los 16 años, además de ya tener una amplia experiencia laboral como egresada normalista, era experta en el manejo productivo de su tiempo.  Por las mañanas enseñaba inglés y expresión corporal en un colegio de la ciudad de Manizales, su tierra natal. Por las noches estudiaba Administración de Empresas con la esperanza de algún día llevar el legado de su padre a través de la gestión cultural. Cinco semestres fueron suficientes para darse cuenta que su destino en la vida era otro, ese al que se había dedicado con pasión desde que estaba en quinto de primaria, la docencia. 

 

Su afán por capacitarse no tenía límites. No sólo quería tener la práctica en la docencia, quería saberlo todo sobre la educación y la pedagogía, quería cargos en instituciones mucho más grandes. Una decisión apresurada, pero de la que hasta el día de hoy no se arrepiente, la llevó a elegir el único pregrado en oferta que encontró: Licenciatura en Informática. Comenzó estudiar a distancia los fines de semana, y en las noches hacía un Técnico en Sistemas, porque, aunque su educación teórica virtual era óptima, en la técnica sentía vacíos.

 

Ángel de Luz

 

Era el año 2011 cuando Luz del Sol comenzaba su vida en un nuevo lugar de trabajo, el colegio La Pamba de la ciudad de Popayán. Orientaba sus clases en el grado primero, y allí se encontró con Lina, una niña Sorda que se volvió su más grande reto como docente. Impotencia y frustración eran los sentimientos que diariamente tenía debido a la imposibilidad de comunicarse con ella.

 

—¿Qué recuerdas de ese primer encuentro?

—Recuerdo que era todos los días pensar en ella, yo decía, ¿qué hago?  Sí, ella a veces copiaba, dibujaba, pintaba…pero bueno, yo pensaba, ¿y lo demás?, los otros niños están avanzando y ella no. Sentía tristeza por mi desconocimiento. 

—¿Y en qué momento dices, tengo que hacer algo?

—Claro, a la vez que sentía frustración decía, si ella está aquí, está bajo mi responsabilidad y debo capacitarme.

—¿Cómo comienza esa capacitación?

—Comienzo a indagar, a preguntar y resulta que conozco que aquí en Colombia está el Instituto Nacional Para Sordos(INSOR) y que casualmente ese año venían a capacitar a sesenta docentes de Popayán que tenían una niña, niño o joven Sordo en sus aulas, y nos hacen una formación de un mes. 

—¿Qué pasó después?

—Ahí entiendo quién es una persona Sorda, la importancia de la lengua de señas, los sufrimientos que han pasado las personas Sordas por la educación y cómo se hacía en otras ciudades con las y los niños Sordos. Empiezo a tener un contacto muy básico con la lengua de señas y me entero de que existen las aulas básicas para Sordos.

—¿Qué pasa después de esa visita del INSOR?

—Preguntamos cómo podíamos crear el aula básica para Sordos, pido permiso al rector del colegio y creamos el aula. Con Lina, con Juan Esteban y otros tres niños que llegaron.

 

***

 

El reloj de pared junto al tablero marca las 12: 45 p.m.  En el salón que a medio día  estaba repleto de niños, ahora sólo queda Luz del Sol, quien luego de haber despedido a la última niña con un abrazo y una seña de “adiós”, se dispone a ordenar  unas hojas que hay sobre su escritorio.

 

—¿En qué momento descansas? 

—Se supone que esta es mi hora de descanso, de almuerzo, pero a veces me dan aquí las dos, las tres… trato de no interrumpir mi tiempo en casa, pero siempre salen cosas que hacer aquí.

—¿Cuáles son esas cosas?

—Los lunes tengo comité de inclusión de una a dos de la tarde; los miércoles, de doce y media a dos tenemos escuela de padres; y los jueves estamos en la coordinación del III seminario “Otras Voces”.

—Entonces, ¿descansas los fines de semana?

—Trato de respetar los domingos… Los sábados me gusta salir a caminar con mi esposo, ver alguna película, irnos de viaje. Casi no suelo salir a fiestas o reuniones sociales. 

—Entonces, ¿los martes y los jueves sí te vas temprano? 

— A veces. Como te digo, a veces me dan aquí las tres, las cuatro. Salgo y si tengo que hacer alguna diligencia aquí en el centro, la hago. Llego a casa y me pongo a preparar clase, a leer. Me entretengo pensando y ya me llegan las ocho o nueve de la noche, hora de dormir. 

 

En su corazón

 

A sus 10 años, a diferencia de otros niños, Luz del Sol por política de su hogar no conocía la televisión. Las respuestas a las preguntas de la vida las encontró en los libros de cuentos infantiles, en el taller de títeres de su padre, en las manos creativas de su madre, en el juego diario con sus hermanas: Juanita, Ani y Victoria; en los domingos familiares de teatro a la calle en Chipre, un barrio de Manizales, en las largas jornadas de caminata por el bosque, y en las recurrentes frases de estimulación de sus padres: “No hay dinero, pero el dinero no es un impedimento para que las cosas sean posibles”.  Luz del Sol tuvo una infancia de pocas posibilidades económicas, pero creció con la única preocupación de ser feliz.

 

— Luz y yo podíamos decir “queremos ir a marte en un globo”, y mis papás, aún sin dinero nos decían “hágale, hágale, nosotros le soplamos, las empujamos”. 

— Victoria, ¿crees que de allí viene esa creatividad que posee la profe Luz para embarcarse en cualquier proyecto relacionado con la educación para personas Sordas?

—Sí, Luz realmente no tenía ningún recurso para crear el aula y buscó la manera, los recursos, sacó de su propio bolsillo. Nunca ha sido esa profesora del común que está pensando en cumplir sus seis horas diarias y ya. Siempre da muchísimo más.

 

Ellos la necesitan

 

—La profe es luz donde está — responde Juan David Loaiza al pedirle que describa en una frase a Luz del Sol. Juan David ha sido modelo lingüístico de la profesora desde 2016 y desde entonces han forjado, dice, una amistad verdadera. 

 

Dentro de un aula básica para Sordos, que tiene como objetivo eliminar la brecha con la educación tradicional y fortalecer los procesos de aprendizaje y apropiación de la lengua de las personas Sordas, existen dos personajes importantes. Una docente bilingüe, quien es una persona con educación en pedagogía, y posterior a su primera lengua aprendió la lengua de señas, y un modelo lingüístico, quien es una persona Sorda cuya primera lengua es la lengua de señas y ayuda modelarla para su misma comunidad y quienes la están aprendiendo.  

 

Por su condición, comunicarse con Juan David para hablar sobre la profe de Luz del Sol, ha sido un completo reto. Tal como lo fue ese primer encuentro de Luz con Lina. La impotencia quizás es similar, el desconocimiento de su lengua pone en evidencia la irrelevancia de las personas Sordas. Sin embargo, su lenguaje corporal es tan eficaz que es casi imposible no apreciar la alegría con la que Juan David habla de la profe.

—  Ella es ayudar, enseñar. Un pedazo de mi corazón está con la profe y la institución.   Muchos años de trabajo. Yo incluso la ayudé a mejorar en la lengua de señas. Ella muy profesional. Es el tipo de docente que necesita la sociedad.

 

Su mayor tesoro

 

Es la1: 45 p.m. El timbre suena.

 

—¿Ya tienes que irte al comité, ¿verdad?

—Sí, pero tranquila. Primero voy a almorzar y a revisar unos trabajos de los niños.

—¿Puedo saber sobre qué son los trabajos? 

—Claro que sí. Los niños tenían que construir un mini museo y colocar ahí sus cosas más preciadas. En los museos lo que se expone son las cosas de más valor. Tenían que pensar en esas cosas de valor y ponerlas ahí.

—Y si en este momento Luz del Sol tuviera que crear su propio mini museo, ¿cuáles serían las cosas más preciadas que pondrías allí?

—Para mí, mi familia, la primaria y la extensa; mis estudiantes; mi salud, porque por trabajar mucho tiempo la descuidé; varios amigos que he conocido en mi vida; algunos reconocimientos que he podido obtener y mis habilidades como docente para enseñar a otros y que empiecen su camino.

 

 

 

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