“Puedo contar mi historia a través de un poema”: Jesús Álvarez

“Puedo contar mi historia a través de un poema”: Jesús Álvarez

Jesús Álvarez es un poeta callejero que vive en la ciudad de Popayán hace algunos años, ciudad de la que, por el momento, no piensa marcharse. Aunque no gana mucho dinero con esto, lo hace porque le gusta y lo llena de vida.

Por: Anderson Dilan Zuñiga Bolaños

 

—Yo soy poeta. Te puedo contar mi historia a través de un poema. Esa es la historia mía, pero también está repetida en muchos colombianos que les gusta la poesía, que les gusta escribir y que sienten la vida de una manera diferente. Te voy a contar esta historia que se llama “Mi poesía es”:

 

En las tardes más sublimes, y en las noches más oscuras, por las calles de un pueblo caminaba un vagabundo. En su corazón nació una flor llamada sentimiento, mi poesía es: Es el grito atragantado de los mudos por temor a la oligarquía, es el ritmo colapsado en los pasos del anciano que anda mendigando noche y día. Es el compás del soldado obligado; es el azar del campesino desplazado. Es el Premio Nobel al más pobre, y la espada del más rico, porque el llano está repleto de burgueses y políticos.

 

Es el sueño de los niños que duermen en la mugre de la calle, y es el seno fresco de la chica que se venden en la tarde. Por la indiferencia de los que están vivos, de los que están muertos, de los que están cerca, de los que están lejos, y por la avaricia de los que gobiernan, de los gobernados, de los mojigatos con sus religiones y de los lagartos que también se prestan.

 

—Este poema tiene una historia: consiste en la juventud cuando yo peleaba, protestaba, tiraba piedras. Estudiaba en el colegio, en el Sena, eso fue hace unos 25 o 30 años. Comenzaba a leer y a ver la realidad en mi país. Una noche estaba meditando, como con ganas de dormir, pero no tenía sueño y me surgió este poema, el cual está contando prácticamente la realidad de la plutocracia en que vivimos.

***

Jesús Álvarez se encuentra sentado al pie de la fachada blanca y rectangular del Museo Nacional Guillermo Valencia, frente al Banco de la República en la ciudad de Popayán. Está en compañía de un artesano, quien porta una chaqueta de cuero de color negro y un pantalón ancho. El artesano realiza una araña con un pequeño alambre que logra manipular fácilmente, araña que va formando poco a poco con sus manos roñosas y ásperas en las que lleva tres anillos y dos manillas. Jesús Álvarez es oriundo del municipio de Yarumal, ubicado al norte de Antioquia. Tiene sesenta años, no es muy alto, hereda un acento paisa marcado y habla sin pelos en la lengua. Se dedica a la poesía desde que tiene veinte, y a pesar de que es técnico profesional en audio y video, no lo ejerce.

 

—Me interesé por la poesía cuando estaba en secundaria y leía algunos poetas. En el colegio nos presentaban obras de teatro y recitales poéticos. Una vez una señora hizo una exposición de su poesía y a mí me agradó lo que ella escribía, y empecé a preguntar. Le dije que a mí me gustaría escribir poesía y respondió: “no es tan difícil, lo que tienes que hacer es leer mucha literatura colombiana y las formas de escribir poesía”. Desde entonces empecé a hacer pequeños poemas para los amigos, para la familia. No trascendían mucho porque obviamente no tenía ninguna experiencia con la poesía, pero últimamente sí he escrito algunos que le gustan mucho a la comunidad.

 

—¿Me puede recitar uno de ellos?—le pregunto.

 

***

 

Apenas van a ser las diez de la mañana, pero el sol está golpeando tan fuerte que parece te quema hasta el alma. Bajo ese sol está Jesús, el poeta, vendiendo velitas de incienso cerca del Puente del Humilladero, para luego comprar comida y pagar el alquiler donde vive actualmente. Lo único que lo protege del calor es un gorro negro estilo pescador y una chaqueta de jean color azul.

 

En un principio se muestra desconfiado para contar su historia. Con toda razón. Actualmente hay tanto peligro en la ciudad que es mejor prevenir que lamentar. Sin embargo, la conversación fluye poco a poco, él se siente más cómodo y habla de su vida. Dice que ha vivido en muchas partes, incluyendo países vecinos como Venezuela, Ecuador y Perú.

 

—Empecé a rotar más, porque me gustaba conocer muchas ciudades y paseaba. Pero ya empecé fue a rotar como en una sobrevivencia, en un alejamiento de los problemas, de las cosas, como buscando un cambio. Estuve viviendo en Cali, Ibagué, Bogotá; después seguí recorriendo y vine a parar a Popayán, y de pronto me he quedado unos seis años acá. Me parece que es una ciudad tranquila y económica, la gente muy humilde, hay sencillez. No hay esas cosas que se ven en las grandes ciudades: tanto estrés, tanta carestía, tanta violencia. Entonces por eso quiero y me gustó Popayán, no sé hasta cuándo me quede.

 

—¿Sí se siente bien siendo poeta?

 

—Me siento bien, pero me siento mal, porque eso no da plata, no da economía. Es un arte que se hace por hobby. Aunque dicen que el que hace el arte por plata no es artista, pero no estoy de acuerdo, porque no conozco a un artista que no coma, no duerma, no pague servicios; si es artista y no le da pa’ vivir, entonces pues que se muera de hambre y ya.

 

Al medio día el hambre visitó el estómago de ambos. Jesús tenía que vender sus velas de incienso para almorzar. Antes de que alzara el vuelo, lo acompañé hasta el Parque Caldas, estando allí, le propuse que almorzáramos juntos.

 

Mientras compartíamos mesa, no paraba de afirmarme que se quería salir de las cuatro plataformas en las que socialmente estamos sometidos: la política, la economía, la ciencia y la religión; y que todas las noticias que salían de aquel televisor que colgaba de la pared del restaurante eran puras y llanas mentiras. Después de un largo descanso y conversaciones simples, regresamos al Puente del Humilladero.

 

***

 

— Esta — dice —es parte de la mitad de mi historia, pero se resume en una pequeña poesía que se llama “Ella”.

 

Antes de continuar hablando, carraspea un poco para aclarar su voz.

 

—Ella, ella es la voz de la tarde, la noche, y la mañana. Tan tierna y sutil, como el sol que alumbra en la ventana. Ella, ella me susurra al oído suavemente, no tengas miedo, no pierdas la fe, ni la esperanza, tu valor está en la resiliencia y la añoranza. Ella, ella me amordaza a cada nada, no me deja solo ni un segundo, hasta con la guitarra me acompaña, tal vez yo esté loco meditabundo, pero ella, ella me ama tanto, tanto, que casi, casi, me acostumbro. Ella, ella me adormece con la misteriosa bruma de la noche, y cuando aclarece, me despierta sin ningún reproche. Ella, ella me encierra sin piedad, no le importa mi destino, mi suerte, ni la edad. Ella es mi misa; ella es mi musa; ella es muy mi moza. Ella es la única que me acosa; ella, ella es mi soledad.

 

Jesús Álvarez termina su declamación, carraspea, aclara la voz nuevamente. A esta hora de la tarde no hay nadie más debajo el Puente del Humilladero. En el lugar únicamente se escucha el eco de nuestras voces.

 

—¿Alguna vez ha ganado un beneficio económico con la poesía?

 

—No, muy propicio y diciente no. Pero sí, de alguna manera la poesía me ha dado pequeñas economías, como, por ejemplo, una presentación de poesía en la cual me paguen 100 o 200 mil pesos por un recital, que es muy esporádicamente. Muy de vez en cuando encuentra uno gente que apoya la poesía. También en la calle a veces le recita uno a la gente y le dan alguna moneda, algún billetico. Entonces tampoco desagradecido en el sentido de que la poesía no me ha dado alguna entradita, pero no es lo justo ni la forma.

 

—¿Una anécdota que pueda contar que deje un mensaje al pueblo colombiano?

 

Yo podría darle un mensaje en pocas palabras al pueblo colombiano. No es una anécdota, porque en realidad toda la existencia es una anécdota que se vive a diario, pero sí le puedo dar unas palabras a Colombia que son claves para el existencialismo humano, dicen así: vale más una onza de lealtad, que un kilo de inteligencia, porque somos un punto de luz en la oscuridad, o un punto de oscuridad en la luz.

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