“No existen las vacas felices”: el activismo vegano de Luis Eduardo Ballesteros

“No existen las vacas felices”: el activismo vegano de Luis Eduardo Ballesteros

Desde su encuentro con el veganismo, Luis Eduardo Ballesteros busca, a través del activismo, la educación y la ética, que las personas reconozcan que el uso y la explotación animal también son sinónimo de crueldad.

Por: Adriana Colina

 

La multitud avanza. Bombas de pintura pasan de mano en mano hasta estallar sobre los cuerpos de las personas que, ansiosas por divertirse, se dirigen hacia el interior de una plaza de toros en la ciudad de Bogotá.

 

— ¡Asesinos! — grita Luis Eduardo, en compañía de un gran grupo de personas que al igual que él, rechazan la práctica realizada dentro de la plaza:  la tauromaquia.

— ¡Asesinos! — Se acrecientan los gritos de Luis Eduardo y la multitud.   

 

Los sonidos de las sirenas de policía apagan su queja y la de quienes lo acompañan. Un grupo antidisturbios interrumpe su clamor y para ellos no existe más opción que alejarse.

 

El sentimiento de una manifestación fallida ronda en su cabeza, y su camisa anti taurina, “tú pagas, él sufre”, pide a gritos el respeto por los animales. Un camión transportador repleto de vacas hacinadas pasa frente a sus ojos. En sus manos, una hamburguesa que está a punto de comer mortifica las acciones del día que parece heroico. De inmediato, hace una conexión: está dispuesto a pagar para financiar el sufrimiento de un animal, el mismo al que dice defender.

 

Luis Eduardo Ballesteros hoy tiene 28 años, vive en la ciudad de Popayán, está a un paso de graduarse como diseñador gráfico, y aunque los prejuicios sociales a cerca de que su apariencia delgada se debe a que no come carne, siempre están presentes, su corazón no se cansa de dictarle que el estilo de vida que decidió llevar hace más de ocho años luego de salir de una manifestación anti taurina, fue el correcto.

 

 *****

 

Eduardo, mira el vaso de su acompañante con desagrado, sin embargo, logra disimular sus gestos con gran habilidad bebiendo un vaso de café que pidió, tras ser la única opción vegana en el lugar de encuentro. No juzga, no critica, para él, la relación con otras personas que llevan un estilo de vida distinta a la suya se debe basar en respetar su elección personal. Intenta que la conversación que sostienen no se acerque a cuestionar el pedido de la persona que frente él, bebe un vaso de café en leche. Su instinto protector activista lo traiciona. Lo incita a explicarle que la leche que consume no viene precisamente de las vacas felices de los campos que muestran los comerciales de Alquería.

 

—La industria te vende la idea de las vacas felices, las vacas libres, ¿realmente son libres si ya tienen una fecha de muerte?  La industria usa tácticas de mercadotecnia para hacer sentir mejor a los consumidores.

 

Luis Eduardo habla de su vida como vegano sin temor a ser juzgado, dice que desde que comenzó su proceso, día a día busca contribuir a la transmisión de un gran mensaje: respeto por los demás seres sintientes. 

 

—Conforme al tiempo, me di cuenta que tenía la necesidad de hacer activismo. Luego descubrí a más chicos aquí en Popayán que también eran veganos: Juan, María, Erín, Joseph… con ellos empezamos a reunirnos y decidimos hacer activismo juntos.

 

El cubo de la verdad

 

En el parque  Caldas de la ciudad de Popayán, Eduardo y sus compañeros del colectivo Animal Save visten de negro. Algunos de ellos cubren sus rostros con máscaras blancas. Los transeúntes se acercan a ellos con curiosidad. Cada miembro del colectivo sostiene en sus manos una pantalla que muestra videos de tortura de ganado y cerdos en los mataderos. De monos, conejos, y hámsters siendo expuestos a la experimentación animal: los golpean, los patean, los arrastran, los ponen en agua hirviendo, les clavan cuchillos, los ahogan en su propia sangre hasta morir.  El desconcierto y asombro en el rostro de los transeúntes es evidente. Luis Eduardo, que no lleva máscara, los aborda.

 

Pregunta por sus impresiones.

 

—Es que esto está mal. Matar a los animales está mal.

—Veci, si esto está mal ¿qué cree podríamos hacer? — pregunta Eduardo.

—Los humanos hemos avanzado tanto que hemos creado muchas cosas. Yo creo que lo ideal sería crear una máquina, una cámara en donde se instale un gas y ellas se vayan durmiendo y así se vayan muriendo. Sin dolor.

—Veci, ¿sabes quién hacía eso? — responde Eduardo con asombro.

—¿Quién?

—Hittler — dice Eduardo

—No, pero no es lo mismo.

 

Pintar de otro color

 

Ser vegano suele parecer muy complicado para quienes no conocen del tema. Por esto, Eduardo, ha pasado años navegando en internet, leyendo artículos, buscando información sobre este estilo de vida e investigando sobre diferentes respuestas que lo fundamentan para hoy lograr explicar con gran propiedad el veganismo no como un privilegio de clase, como lo estima la sociedad, si no como una filosofía de vida en la que con poco se puede vivir pleno y saludable sin la absurda necesidad de hacer uso y explotación de los animales.

 

Con lo que una persona se compra una libra de carne, fácilmente, Eduardo, puede comprar un pimentón, una zanahoria, garbanzos, ajonjolí y así preparar recetas que suplan la proteína que cualquier persona buscaría en la carne. Aunque la preparación de sus recetas vegetarianas demande más tiempo, él insiste en que llevar una vida vegana sale aún más económico que consumir alimentos de origen animal.

 

—Sí, yo vivo a punta de lentejas, frijoles y garbanzos.

 

El llevar un estilo de vida vegano no solamente pasa por la comida. Siempre será usual encontrar a Eduardo siendo el vigilante de las etiquetas de los productos de las tiendas y supermercados; o como medida extrema, rechazando cualquier tipo de oferta laboral como ilustrador publicitario si su trabajo se trata de dar la imagen a una marca cuyos productos han atentado contra la vida de un animal inocente.

 

 Aunque para él ha sido difícil encontrar artículos que no hayan sido testeados en animales, Eduardo se aferra a la idea de que el mercado algún día reconocerá este estilo de vida.

 

—En 2014, cuando yo decidí ser vegano no había muchas cosas en el mercado a base de vegetales. Ahorita es más fácil. La cultura ha cambiado muchísimo. El público vegetariano ha comenzado a crecer y las grandes industrias necesitan vender.

 

*****

 

Eduardo saca su celular para mostrar una fotografía en la que él aparece de niño, llorando junto al cuerpo de un cerdo muerto. Mira la fotografía y el recuerdo vuelve a su memoria. Fue él quien lo asesinó.

 

Con el mismo tono gracioso e irónico que ha acompañado toda la conversación cuenta que su familia se dedica a la crianza y asesinato de cerdos, y que cada diciembre, como tradición familiar, se hace una lechona para celebrar la cena navideña.

 

—Cuando yo tenía cinco años, por tradición, básicamente se me obligó a matar a un animal. Lloré mucho, no me gustó. Desde ese momento, mi mamá entendió todo. Por eso cuando tomé la decisión de ser vegano, ella la respetó.

 

Un debate entre la moralidad y la ilegalidad

 

— A mí muchas veces ya me han echado de supermercados por hacer activismo con stickers de contracultura. En otra oportunidad, me persiguieron por rescatar un monito en un barrio del norte. Siempre en actividades que para nosotros son justas, pero para la sociedad rayan en lo injusto.

 

Paul McCartney: “Si los mataderos tuvieran paredes de cristal todos seríamos veganos”

 

Es mediodía, Luis Eduardo y sus compañeros del colectivo abordan los camiones que llegan al matadero municipal de Popayán. El lugar ya ha iniciado sus labores. El olor a orina y excremento se mezcla con el fuerte hedor de los charcos de sangre que dejan los matarifes tras sacrificar algunos bovinos y porcinos. En el lugar, parece que las condiciones de salubridad poco importan. Quienes trabajan allí sólo esperan la llegada de los “objetos” que vienen en camino.  Mientras Eduardo y algunos compañeros impiden el paso a los camiones que van llegando, otros dan de beber agua a los animalitos que maltratados y sedientos llevan más de 10 horas hacinados. Intentan darles calma.

 

Algunos de los conductores se oponen. Otros, ignoran la hazaña. Vacas, toros, y cerdos son bajados de los camiones a golpes y llevados a los corrales. Allí, con la singular pistola de perno cautivo, son asesinados de la manera menos dolorosa posible, según las leyes determinadas por la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegán). La misión avanza. Tras horas de trabajo, el ciclo se cumple. Los animales que entraron completos al lugar han salido convertidos en pedazos de carne que alimentarán el estómago hambriento de cientos de payaneses.

La nostalgia invade el alma de Eduardo y sus compañeros. La hazaña, difícil y arriesgada, no sirvió para nada. Los animales siguen sufriendo, siguen siendo usados, explotados.

 

Somos animales

 

Desde su profesión como diseñador gráfico, Eduardo siente una profunda responsabilidad social con la comunidad vegana que día a día crece más. Pero su preocupación aumenta cuando ve que, en escenarios como los universitarios, las peticiones del estilo de vida vegano no están siendo atendidas, y que, por el contrario, cada día se generan más estigmas sobre quienes lo son. No quiere que la gente siga creyendo que los veganos son los moralistas que los señalarán de asesinos o los juzgarán. Por eso, desde su iniciativa de trabajo de grado “somos Animales”, espera que todas las personas, especialmente los estudiantes, puedan recibir una educación sobre el veganismo si así lo desean.

 

—Quiero que mi trabajo de grado, de alguna manera sea el puente que ayude a las personas, porque cuando yo decidí ser vegano, no sabía qué hacer, qué comer, porque todo tiene explotación animal. Que las personas dejen usar la palabra maltrato y comiencen a usar el término “uso y explotación”. Que acepten que todos somos animales.

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