23 de junio de 2020

La metamorfosis de Su Excelencia:

Desde el corazón de la Violencia

El hedor del poder corroe la conciencia del presidente y no lo deja nunca en paz. En esta reflexión sobre un cuento de Jorge Zalamea, se plantea la ausencia de culpa en los delirios cínicos de los poderosos y se hace énfasis en que su espíritu cristiano es solo una máscara para ejercer el terror.

Por: Guillermo Pérez La Rotta 

Ilustraciones: Jonathan Burton

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¿Tiene la Violencia algo que ver con el ejercicio del poder y la manipulación del Estado por las élites políticas y económicas? ¿Se concreta parcialmente dicha manipulación en las acciones y omisiones que un presidente ejerce? ¿Ocurre eso como una recurrencia de la historia colombiana que ostenta a lo largo del tiempo nuevas figuras terroríficas?

Habría que recorrer despacio y con cautela la historia de la segunda mitad del siglo XX, por decir lo menos, hasta llegar a nuestros días. Dejo eso a la imaginación del lector, y ahora le invito a recrear poéticamente aquella Violencia, desde el magistral cuento de Jorge Zalamea, titulado La metamorfosis de su Excelencia (1949).

Se trata en este relato de entrar en la conciencia del presidente de la república (¿Mariano Ospina? ¿Laureano Gómez? ¿Rojas Pinilla? ¿Alguno otro después de ellos? Usted dirá, lector o lectora), desde el olor de la muerte que llega a Su Excelencia, en la época de la Violencia de los años cincuenta. A partir de una visión puramente cristiana, el presidente es sometido, por obra y gracia del olor, a una toma de conciencia culposa, sobre su responsabilidad en las matanzas que acontecen luego de la muerte de Gaitán. Entonces descubre el gobernante, bajo una sincronización perfecta en las fases narrativas, que el olor a cadaverina es solo de él, que ese olor ajeno, en todo caso se encuentra en su entraña. Y simbólicamente ese olor abre su conciencia cristiana, porque él se ve como el responsable de la ida al infierno de aquellos que mueren en pecado, como vengadores de sus muertos, en una cadena sin fin de asesinato y venganza. 

Pero en un momento de lucidez y nostalgia, motivado por su desazón y angustia con el olor a muerte, el presidente recuerda un momento puro de su vida, en su infancia, cuando lo educaban los jesuitas y él iba a la montaña con sus compañeros de colegio a bañarse en un lago azul rodeado de olorosos y frescos pinos, que contrastan con el olor nauseabundo de la cadaverina, y nos hablan de una pureza perdida irremediablemente. 

Llama a su edecán y a su chofer para que lo lleven allí, y sube a la montaña recordando la pureza de su infancia. Se desnuda y se lanza hacia el agua que lo acoge en medio de una noche que descubre a la luna subir por el cielo, siente la pura frialdad cristalina de ese lago azul. Pero el lago al final queda emponzoñado por el olor que se desprende del cuerpo del presidente.

De este modo, Su Excelencia, que se bañó desnudo en el lago azul, y lo enturbia con su cuerpo, es recogido compasivamente por sus servidores para llevarlo de nuevo a palacio, metamorfoseado ya en el monstruo que es. 

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El hedor del poder

El narrador nos sugiere en clave cristiana, que las ovejas están desprotegidas por el pastor (Citación de Ezequiel. 34). Y luego entabla un juego entre olor de la nariz presidencial, la conciencia del presidente y sus transformaciones corporales y espirituales. Se trata de hacer una forma poética de la crítica. La acción del presidente es gobernada por el reconocimiento de un gran hedor: lo siente y le afecta, se metamorfosea. Al inicio el sujeto presidente supone que el hedor viene de su acompañante, algún funcionario allí en su despacho presidencial. Pero luego se despeja esa suposición. El hedor viene del centro del recinto donde oficia el gobernante, y se esparce por el ambiente mismo, solo él lo siente, pues no nos ofrecen un dato sobre otra persona que lo perciba. (Versión del cuento en la Antología del Cuento Colombiano, de Eduardo Pachón Padilla. Plaza y Janés. Bogotá. 1980 - 227) Al abrir la ventana siente, por un instante un lejano olor, y esto muestra que tiene olfato de bestia (228). Situación que marca un índice hacia el desarrollo futuro del cuento. 

Posteriormente la nariz se independiza del sujeto corporal (228). Hay una disociación de su existencia e integridad, por obra de la nariz. (Semejante al cuento de Pinocho. La voz de la conciencia como un ser que le acompaña, pero aquí es solo un hedor a cadáver). “Un día cualquiera”, es el inicio de un retroceso temporal en el cuento:

“Un día cualquiera y mientras recibía el informe matinal de su secretario, las narices de Su Excelencia había comenzado a vivir su propia vida” (228). Y se nos explica que el presidente supone que el hedor provenía de un funcionario o de otro. Pero esta preocupación se extiende en el tiempo bajo novedades que aparecen. Los olores, en cursiva y forma de cita, se van transformando, ligado supuestamente, piensa Su Excelencia, a un director de policía, al presidente de la Corte, o al capellán de palacio, cada uno con su olor característico. Pero no, se trata en todos los casos de puro olor a cadaverina. El sujeto presidente aparece en la búsqueda del final de esa situación extraordinaria; y la ansiedad guía la metamorfosis, desde lo inusitado de la experiencia. Con los cambios orgánicos fuertes desde la nariz, su conciencia siente asco de los hombres que se le acercan. Entonces compara a sus ministros con Circe y sus cerdos (320). Surge con ello otra significación posible unida al hedor: a su conciencia del olor se suma la conciencia del poder que le permite disimular. Y el narrador sugiere una definición parcial de ese poder: 

“El natural dominio de sí mismo y la conciencia del poder –esa extraña fuerza adventicia que transforma toda personalidad agregándole vicios y virtudes inherentes a tal conciencia, pero ajenos al sujeto sobre el cual actúa- permitieron a su Excelencia disimular ante los demás la turbación de sus sentidos. Pero llegó el momento en que no pudo ya someterse al contacto de otro hombre” (230). 

La transformación implica, frente al asco y ante la gente que lo rodea, que ellos ven cómo cambia su modo de ser, y ya no es amable el presidente (230). Esto lo aísla como mandatario (231). La soledad del poder, le llaman. La disociación entre nariz y sujeto, afecta lo espiritual, y el narrador califica lo espiritual en el presidente de forma peyorativa. Lo hace con una metáfora sobre el patio de una casa que apenas tiene sembradas unas pocas legumbres y un capullo místico, eso es lo espiritual en el presidente. 

Y de otro lado, la fuerza olfativa de la nariz, hace meditar a su Excelencia. Es una ironía sobre la evocación de la muerte en la conciencia del presidente, pues “le vino a Su Excelencia la manía de pensar en la muerte de los hombres” (231), cada vez de una forma más amplia, desde sus familiares y amigos, muertes de “primera clase”, hasta toda la gente de un país, gente “sin nombre, sin rango”.  (231). Se extiende la meditación olfativa de forma clave sobre los muertos, se abre en un círculo amplio. De este modo, la nariz le avisa, como a Pepe grillo, sobre más y más muertos (231). Entonces la conciencia del personaje –por obra de su imaginación-  deduce que los muertos humildes dejan un rastro muy fuerte. Es la forma propuesta por el narrador a través de la cual advierte el presidente su reconocimiento de la muerte en el país. Es además una muerte que muere varias veces, hiperbólicamente, y reencarna en los vivos y deudos de esos muertos (232). Su pensamiento queda entonces obsesionado por esas imágenes que generan angustia. Como la imagen del rancho de un ser humilde, que se indica en forma de cita: 

“Generalmente, en la calva colina de un páramo (…) quedaba todavía en pie un trozo de muro de bahareque, cariado resto de una choza campesina a cuyo precario abrigo formaban montonera de harapos y costrosas carnes una mujer y un agarrapiñado grupo de chicuelos”(232). 

Luego, al comentar las revelaciones espirituales de la nariz sobre la conciencia, ironiza el narrador sobre la posibilidad de que el presidente pudiera parecerse a San Agustín. Y se aprecia la relación irónica con el imaginario católico en esta parte del cuento, pues el santo nada tiene que ver con la conciencia de Su Excelencia. Pero aquello lo puede imaginar el demonio del presidente en su delirio de megalomanía:

“Nadie  hubiese dicho que tuviera nunca Su Excelencia siquiera ribetes de teólogo y menos aún de místico. Pero el desenfreno de uno solo de sus sentidos repercutió tan hondamente en su espíritu que, de no suceder lo que se narrará luego, el horror de la podredumbre, acaso hiciera de Su Excelencia un nuevo San Agustín” (233).

La situación creada por la comparación nos conecta la justicia de Dios. Doble culpa sobre matar a un hombre en pecado y quitarle la oportunidad de redimirse (233). Y conexión de eso que imagina su Excelencia, con el terror que siente ante la imagen cristiana del infierno pintado por artistas en el pasado: “obra mía” (…) “seré yo el exclusivo responsable” (234). Y luego, el gran tema de la venganza: “La muerte de aquel hombre puede armar la mano de su hijo o de su hermano, quienes, a su vez, tomarán en venganza la vida de otro hombre, él también en pecado mortal” (234).Todo esto en conexión con una matazón que él se imagina en primera persona, es decir que él genera y desencadena. 

 

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El infierno siempre presente

Viene ahora la visión imaginaria del infierno. El hedor es del mundo. Y aparece como bestia muerta. Y hay también olor de ceniza y algo incendiado. ¿Quizás desde el 9 de abril de 1948? Solloza la conciencia presidencial. Comprende que su olor nauseabundo está conectado al olor a cadáver del mundo que él gobierna (“el universo entero era como una gigantesca bestia desollada y desventurada”). Y al final de esa página muestra su dignidad rota, y se une, por fin, la revelación de la nariz con su conciencia, lo cual es muy importante dentro de la metamorfosis culposa:

“¿Cómo había sido posible tan miserable histrionismo? ¡Su Excelencia comedianta! ¡Su Excelencia jugando al escondite consigo misma! ¡Su excelencia atribuyendo a los señores ministros de Gobierno y Fomento, a sus secretarios, a sus amigos, a sus subalternos el secreto mal que la roía! ¡Traspasando subrepticiamente a los otros el hediondo icor de sus propias llagas!” (236). 

El olor ahora es su mal. Destilado por él hacia el mundo. Y entonces al separarse de la gente, lo que deseaba era que no olieran en él ese mal, ese hedor. Pero en la noche, el viento le trae gritos y sollozos de los perseguidos (236), y también le llega el olor de un pinar. Y eso le conecta la infancia. Con la inocencia perdida hace tiempo. El pinar y el pozo azul, los paseos con los jesuitas. Símbolos que surgen de lo puro y limpio (238). Edén, Agua, Bautismo. Siente Su Excelencia que ese recuerdo del pozo azul le quitaría el hedor de la muerte. Y ordena a sus subalternos que lo lleven a ese lugar. Antes de irse quiere ver a sus hijos, inocentes; pero sintió el olor que le indicó que venía de él mismo, y supone una contaminación entre él y sus hijos. Por ello se aleja. Entonces confirma al final, un juicio sobre el amor de los propios hijos, y el no amor hacia los hijos de los otros. Todo en la clave cristina de las creencias de su Excelencia (y de las élites colombianas, digo yo). Todo por medio de su imaginación, y no por ser moralista o psicólogo. Veía niños ensangrentados, muertos, sufrientes: “Ora veía pasar por un interminable camino de niebla, en una sola fila, millares de niños en cuyos aovados rostros no había más facciones que una boca de amoratados labios que lamía y chupaba desesperadamente un amarillo hueso mondo” (240). 

Tras esa visión de los ofendidos y humillados, de los masacrados, Su Excelencia va en el coche, y pronto, en su rápida huida por la carretera central del norte de Bogotá, llegan al bosque, él y sus servidores. Ordena que se detengan y evoca su infancia al bajarse del automóvil, en contraste con las anteriores visiones de terror sobre infantes (241). Pues el presidente quiere huir de esa imagen de los niños masacrados que lo atormentaba, destruirla, borrarla. Se mete en el agua como un penitente. Por un tiempo tuvo risa, infantil y sin miedo. Tuvo paz. La naturaleza era bella, el cielo estrellado y limpio. Pero ve un incendio a lo lejos. Huele cenizas que llegan del bosque. Maldición. Al sumergirse en el agua, también ve que algo arde sobre el cielo. Parece su infierno, como en una visión cristiana. Y ahora las aguas están tintas en sangre. Y también continúa el olor creciente. Parece que él emponzoña todo. El chofer y el edecán sienten algo raro cuando lo esperan cerca del automóvil, y corren a ver para encontrar al presidente tirado, aullando, “en cuclillas (…) con el cuello hacia lo alto (…) y en cuyos ojos rodaba la infinita tristeza de las bestias”. (243). Metamorfoseado, en un nuevo ser. Gritaba. Como bestia triste. Los sirvientes lo cubren y auxilian al presidente, se llevan a ese transformado. Aunque la conciencia parecería ahora extraviada, en la forma de lo monstruoso. En un delirio cínico que ya no tiene culpa, digo yo, porque el espíritu cristiano de unos y otros, es solo una pose para enmascarar el ejercicio del terror. Un olor irremediable pasa por los campos de la Colombia de los años cincuenta, y se extiende hasta nuestro presente. Aunque el pinar sigue limpio, con la luna colgada en el cielo. Y la gente sigue soñando con la vida.