26 de noviembre de 2019

Opinión

Reflexiones sobre la reforma pensional

Parecen utópicas las soluciones para el problema de las pensiones cuando ya han ganado terreno los lineamientos neoliberales que dieron vida y fortalecen a los fondos privados que, como es sabido, favorecen el capital de los grandes grupos económicos. En este tema, Chile ha dejado de ser un ejemplo a seguir pues allí buena parte de las protestas y el estallido social se centra, entre otras cosas, en el bajo nivel de las mesadas pensionales.

Por: Guillermo Pérez La Rotta

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El 21 de octubre pasado, el ministro Carrasquilla dio una entrevista al diario El Tiempo. Según él, la reforma busca que, dentro de 30 años, todo ciudadano reciba una mesada, luego de una edad de retiro (auxilio a la vejez). Pues hoy eso no ocurre, y la mayoría está desprotegida (el 75%). ¿Cómo se lograría eso? Acabando con el Régimen de Prima Media. ¿Qué es ese régimen? Atañe a las pensiones que ofrece el Estado en Colpensiones, donde el jubilado recibe una proporción de su sueldo durante su vida laboral, más un subsidio.

Ahora bien, al acabar con el Régimen de Prima Media, dice el señor, no se afectarán los derechos adquiridos de los que hasta hoy pertenecen a dicho sistema. Pero a partir de la reforma, en Colpensiones se empezaría a definir la jubilación de cada persona según las capacidades ahorrativas de cada afiliado (“Hay que luchar para que haya una correspondencia entre lo que se ahorra en el trabajo y lo que recibamos en nuestra tercera edad: unas mesadas pensionales que correspondan con lo que hemos ahorrado”, dijo el ministro). Supongo yo que una persona que ahorró mucho, recibiría una pensión buena, pero al mismo tiempo aportará para dar una mesada digna a otros que no la pueden tener. No se trataría de acabar con Colpensiones, sino de reconvertirla bajo el esquema de los fondos privados. Es introducir la lógica del ahorro como fuente directa de financiación, con un fin aparentemente equitativo.

Grandes dudas surgen frente a esas buenas intenciones de Carrasquilla. Se busca introducir en Colpensiones un criterio de los fondos privados, donde toca ahorrar mucho, para que luego, con la capitalización, se reparta la pensión entre aquel que ahorró y aquel que no puede hacerlo; en proporciones que no creo equiparables a la ética de las hermanitas de la caridad. Aquella idea del ministro es lo que presumiblemente también le parece bueno al señor Santiago Montenegro, representante de los fondos privados. Quien, cuando hace unos meses encontró un mico en la ley de financiamiento, que permitía un paso masivo de los fondos privados hacia Colpensiones, puso el grito en el cielo. Y bajo su flema aparentemente humanista, dio un argumento parecido al de Carrasquilla: hay millones de seres que están en la inopia y hay que ayudarles. No pasen el dinero a Colpensiones, piensen en salvar a los ancianos de hoy y el futuro. Pero no nos quiten a nosotros la capitalización que traemos desde antaño. Esa era la real preocupación de Montenegro.

Pero en realidad, creemos que si se permitiera al ciudadano volver a Colpensiones, allí estaría una de las posibles soluciones, al fortalecer ese fondo que se perjudicó desde las reformas neoliberales. Sin embargo esto es utopía. Con la puerta que generosamente abrieron nuestros políticos para instaurar los fondos privados, se volvió negocio lo que antes era, y sigue siéndolo, un derecho. Y con ello se eliminó la solidaridad como vínculo social, para privilegiar el individualismo del “homo economicus”.

Eduardo Sarmiento y Martha López proponen otra cosa: subir la edad de jubilación y el porcentaje de cotización, pero bajar las semanas de aporte, para buscar un progreso con miras a eliminar poco a poco la informalidad. Argumentan que actualmente las tasas de reemplazo en Colpensiones oscilan entre 80 y 65 %, lo cual es muy alto comparado con Chile o Estados Unidos (que oscilan entre 55 y 45%). A su vez, proponen que solo se afilien a Colpensiones solo aquellos que ganan un salario mínimo, y el resto se pasen a un fondo privado. Se mantiene entonces una diferencia en la naturaleza de las dos opciones (privada y pública) y esta última se ajusta para que pueda garantizar una mayor cobertura de afiliados. La comparación con Chile resulta peligrosa, pues sabemos que hace mucho tiempo los pensionados de ese país reciben mesadas muy bajas, y ello hace parte del estallido social reciente. Y de otro lado, la oferta privada que proponen estos investigadores, desmerece, sabiendo también que fortalece el capital de los grupos económicos y exige un ahorro personal grande.

Quizás le sirva la idea a las personas que ganan mucho dinero, pero a la clase media no creo que le ayude, máxime cuando encontramos que cada vez resulta más difícil llenar con dignidad la canasta familiar, y el Estado puede golpear a la clase media y a los más pobres con el IVA, como ocurrió con Santos; mientras que, con el argumento de crear empleo, le baja los impuestos a las empresas, como ocurrió con la ley de financiamiento de Duque, que cayó recientemente. Debería ser al revés, como lo indica Salomón Kalmanovitz: que el 1% de los hogares que se quedan con el 20.5% de la riqueza (dividendos, ganancias, rentas), y que siempre han contribuido poco con sus ingresos, se meta la mano al bolsillo. Esto es acorde con un sentido progresivo de la tributación. La discusión va a ser compleja. Mientras, la gente sale a la calle a protestar, y el gobierno, algo cauteloso, ha dicho por boca de Duque, que este año no va a proponer reforma pensional. Ladinamente, la metió cuidadosamente en el congelador, esperando otra coyuntura futura frente a las explosiones actuales de protesta social.