06 de agosto 2018

Relato de viaje

Travesía en moto hacia alguna parte

Viajar es mucho más que una experiencia turística. Es la posibilidad de descubrirse a sí mismo y a los otros, de encontrar paisajes y misterios, de respirar aires distintos. Viajar es también una forma de la escritura.

Por: Angélica Aley Moncada

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Se hizo medio día y ya las amarras listas embellecían la fantasía de mi padre por emprender el viaje como todo un motociclista, con la ilusión de correr en su moto por las carreteras del sur con destino a Nariño. No sé si empacamos lo necesario, y aunque nada más cupiese en el equipaje de lado y lado de la moto, siempre hubo un espacio para la cámara fotográfica que él me había regalado antes del viaje. Creo que ese espacio quedó vacío rápidamente pues no tuve tiempo para soltarla y parar de disparar después de que salimos de casa. Todo estaba listo: tres motos con seis personas con ropa cómoda, trajes impermeables, guantes y cascos confortables en caso de que las carreteras nos sorprendieran con algún desliz.

Mientras las distancias se acortaban, imaginaba las tantas aventuras de los fotógrafos de viaje, de las buenas fotografías de National Geographic por lugares paradisiacos, el buen ojo que se debe tener en el destino que se escoja, en un viaje corto o largo. El mío iba sobre ruedas, viendo a mi padre por el retrovisor derecho, con su chaqueta de cuero negro que combina con el modelo Chopper de su moto.

Según el fotógrafo Vicente Nadal, hay que tener en cuenta muchas cosas antes de emprender un viaje: pensar en el equipo que se llevará, si cualquier lugar se puede fotografiar, si hará sol o lloverá. Yo tan solo había imaginado destinos desconocidos, sin saber a ciencia cierta dónde pondría el ojo para tener los mejores recuerdos.

El clima empezó cambiar a medida que descendíamos. También cambio el rostro de mi padre, quien empezó a ruborizarse con el calor patiano que nos rosaba los trajes y con los rayos del sol que entraban por medio de las viseras y anunciaban que pronto deberíamos utilizar el espacio que quedaba en las maletas.

Fantasma y extravío

Nos detuvimos en Remolimos a tomar jugo de naranja, un pequeño descanso antes de terminar los 247 kilómetros que concluían en la ciudad de Pasto. Mientras disminuía la distancia, el sol iba dando sus giros esplendorosos: era junio, los árboles pintaban de color amarillo y naranja y la carretera estaba sola. Solo íbamos los seis viéndonos de reojo y haciéndonos señales de que todo iba bien, que aún no estábamos cansados, que al contrario estábamos fascinados mirando a lado y lado de la carretera donde solo habían cosas bellas que apreciar, donde aún quedaba mucho espacio en la memoria de la cámara para seguir disparando por los paisajes del Cauca y de Nariño.

Caía la noche, se acercaba nuestra llegada que realmente en la oscuridad se hizo algo larga, leía los letreros de “curvas peligrosas” o “deslizamientos”, algo que asustaba. Ya no había tanta luz, solo las farolas de los carros que subían a prisa, la misma prisa que teníamos por llegar e encontrar donde hospedarnos y poder comer, algo que no fue tan sencillo porque el GPS solo nos marcaba rutas desconocidas, unas tantas peligrosas, pero al final logramos encontrar un lugar para poder descansar.

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La mañana siguiente salimos muy temprano de aquel hostal. Curiosamente, al momento de pagar, la dueña del lugar dijo que una joven ya había cancelado el hospedaje de todos. Insistimos, pero aquella mujer aseguró que estaba todo pago y nos deseó buen viaje. Esperamos un poco en el parqueadero en caso de que hubiera alguna confusión, dándole tiempo de rectificar a la dueña del hostal, mientras todos nos preguntamos quién había sido la joven que hizo que nuestro hospedaje fuera gratis aquella noche. Pero nunca supimos nada y ella solo se dejó ver por la amable mujer del hostal.

Estábamos a 40 minutos de la mítica Laguna de la Cocha, el principal destino al que mi padre quería llegar, tanto así que iba por una carretera destapada que solo nos conducía por el camino contrario del puerto principal. Así que sonrió y dijo que la aventura aún seguía. Tomamos el mismo camino de regreso que no fue en vano, porque pudimos ver toda una cultura indígena detrás de una atracción turística. Ahí estaba ella, cubierta por la neblina, intimidada por la forma en que la veíamos, o quizá resguardando las historias que en sus aguas flotan y que muchos queríamos conocer.

Respirar la niebla

El lugar nos recibió con hileras de flor de cala y flores silvestres de muchos colores, los mismos que adornaban las fachadas de madera del puerto, los puentes, los kayaks o los botes. Nos tomamos un tiempo para caminar y deleitar nuestros ojos con tanto color, pero la espera de mi padre por atravesar la laguna en distintas direcciones no aguantaba más, así que alquiló una lancha que nos llevaría en pocos minutos hasta la Isla La Corota. Estando ahí, en el antiguo lugar de adoración de los indígenas Quillasingas visitamos el santuario de la Virgen de Lourdes y caminamos por el lugar sagrado de esta comunidad indígena que nos permitió respirar nueva energía para continuar nuestro viaje.

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El lanchero nos esperaba en el puerto de La Corota y al regresar mi padre le dijo que si nos podía llevar un poco más allá porque quería conocer la desembocadura. El hombre sonrió. Era claro que su sonrisa burlona se refería a que estábamos más lejos de lo que creíamos y los sueños de mi padre se volvían pequeños ante la inmensidad de la laguna.  Sin embargo el lanchero nos llevó un poco más allá de La Corota, donde se veían las montañas arropadas del blanco de las nubes, donde salían a nadar los patos de pico azul y donde cada vez era más evidente que nos alejábamos demasiado.

La neblina empezó a cubrir la lancha y ya la mirada del lanchero se tornó asustada, así que decidió regresar mientras que nos decía que ya la laguna nos estaba advirtiendo salir de ahí. Solo nos quedaba dar la vuelta y regresar. En aquel trayecto quedaron fotografiados uno y otro de los tantos paisajes nariñenses de La Cocha, de las casas en lo alto de las montañas que acordonan la laguna y no podían faltar las fotos de los arriesgados compañeros de viaje que decidieron probar el agua helada de aquel día.

Regresamos al puerto y ahí nos esperaban unas deliciosas truchas arcoíris que se cultivan en la laguna, preparadas en uno de los tantos restaurantes artesanales de la zona, a los que se llega a través de un puente. Una “Venecia” encantadora, un lugar bellísimo que cubre con sus rayos de sol o refresca con la brisa de su páramo. Después de traernos un poco de magia y algunos cuyes de dulce para regalar en casa, retornamos haciendo algunas paradas, las últimas fotos en el Patía y despidiéndonos con un hasta pronto de la carretera que cruzamos en dos ruedas.