01 de julio de 2018

Crónica

Carta a un amigo que se fue

Las mascotas ocupan en el mundo de hoy un lugar muy importante para las personas y se convierten incluso en un integrante más de la familia. Y cuando faltan, el duelo es necesario y las palabras contribuyen a ello.

Por Lina Alejandra Palta

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De mis pensamientos y mis sentimientos siempre quise cancelar este día y esa sensación devastadora y desgarradora, esa que te deja sin respiración y con un dolor que te cala desde el pecho hasta la espalda como la puñalada más voraz y asesina que produce la muerte de algo por dentro. Esa que hace que la tristeza te invada y no haya lugar para la calma. Cuando por mi cabeza rondaba esa idea yo la suprimía, corría a abrazarte y llenarte de besos con la intención de no soltarte jamás, como pidiéndole a todas las fuerzas del universo que los años pasaran y tú nunca me dejaras. 

Tez blanca con manchas cafés y una espesa línea de pelos marrón definía tu columna vertebral, suave como un algodón y tierno, el más tierno de todos los animales que yo he podido conocer. Dos dientes arriba y cuatro abajo, una colita ovalada y dos orejas enormes. Ese eras tú, mi wanajitas. Wonis le pusimos después de improvisar con varios nombres que no lo identificaban. Tenía que ser esa y no otra la forma de llamarlo. Yo le decía de todas las formas en las que podía derivarse su nombre. Wanajas, worejas, wo, wonisito; mi papá incluso llegó a llamarlo bone. Era él, mi conejo, mi bebé, mi compañía por tantos años.

Quien me conocía poco a profundidad sabía lo importante que era Wonis para mí, siempre hablaba de él como una linda historia que me llenaba de amor. A veces sentía y aún siento que las personas no alcanzan a entender el sentimiento que evocaba en mí un animalito de menos de diez kilos. Esa afinidad, amor y entrega por lo animales ha estado en mi ser desde que tengo uso de razón, incluso a veces siento que ha llegado a ser más fuerte que con muchas personas.

A medida que pasaba el tiempo Wonis iba creciendo, cada día era más grande y gordo, pero seguía siendo la misma criatura tierna que llegó a mi vida cuando apenas me cabía en una mano. Empezó a reconocer su territorio y hacerlo propio, era un miembro más de la familia. Reconocía a la distancia el ruido de la moto y salía corriendo a esperarme con la felicidad de ver a quien amas. Yo no podía contener la sonrisa en mi rostro al ver cómo un conejo podía desarrollar esa capacidad de entenderme y hacer que yo entendiera lo que sentía y quería.

Verte saltar y correr por las camas era toda una locura, pero también lo era ver cómo te robabas la comida que yo dejaba cerca a tu vista y tu olfato. Recuerdo ver cómo salías corriendo con una caja de galletas o una bolsa de papas para comerte todo a los pocos metros. Yo solía reírme sin parar pero también te alcahueteaba todas las travesuras. Nos entendíamos tanto que cuando estábamos solos yo me ponía a hablarte para consentirte y hacer que te durmieras en mis piernas.

Siempre pensé que este sería el momento más difícil para los dos, ver cómo la vida nos separaba. Yo llevaba días con la idea en mi cabeza, mi corazón se arrugaba cada que te veía caminar más lento, sin ganas ya de correr, jugar con la pelota, hacerme ochos y hasta marcar tu territorio.

Julio 6 de 2018. Fue desesperante despertarme y escuchar a mi mamá preocupada porque no habías querido comer. Me levanté y vi tu mirada perdida, no eras mi niño alegre. Estuve pendiente toda la mañana esperando que te levantaras, pero las fuerzas y el aliento no te daban ni siquiera para eso. Fueron las horas más tristes de estos últimos años, pues los esfuerzos no fueron suficientes y al anochecer después de todo un día en hospitalización decidiste decirme adiós.

La sensación de ese momento es algo infernal, es un dolor que te invade y te llega a los huesos. La frustración de ver cómo te ibas sin poder hacer nada. Tenerte en mis brazos esos últimos instantes mientras veía en tu mirada la angustia, el miedo y la tristeza me partieron el alma en mil pedazos. Digo que quedé destruida porque soy una mujer de sentimientos fuertes, siento todo en las más grandes intensidades. Cuando amo lo hago sin medida, igual que cuando odio, me siento feliz o furiosa. A ti te amaba, te adoraba porque eras parte de mi familia y mis historias.

El duelo de los primeros días fue deprimente, el apetito no estaba, el sueño tampoco y el llanto no se iba. Pasar por varios lugares de la casa y buscarte repentinamente como por costumbre y no hallarte era y sigue siendo muy doloroso. Haces mucha falta, éramos tres y sin ti la casa se siente más sola. Daría mucho por verte de nuevo saltando en el césped y abriendo huecos. O porque simplemente me lamieras la mano en un gesto de amor hacia mí.

Hoy es primero de agosto, tu cumpleaños número siete. Una fecha que tengo presente siempre en mi calendario porque la celebrábamos con pastel y una velita, para nosotros eras y serás siempre muy importante. Eras el niño de la casa, la bolita más tierna a la que nunca me cansaba de ver limpiarse la cara con las diminutas patas delanteras. Hoy desde el cielo de los animales te deseamos un feliz cumpleaños número siete, jamás te olvidaremos. Te amo hoy y siempre mi worefitas.