15 de julio de 2018

Crónica

Si el Orfeón tuviera voz…

La Institución Orfeón Popular Obrero de Popayán fue fundada en el año 1936 por el maestro Leonardo Pazos Fernández. Su intención fue que la clase trabajadora y los sectores populares se involucraran en las artes y pudieran estudiar la música en toda su extensión. Aquí, voz y personificación del sentimiento que despierta un lugar, una historia, una vida.  

Por: Angélica María Guzmán M.

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Antes de nacer, Leonardo ya soñaba conmigo. Él siempre me contaba grandes historias, las historias de su pueblo, las historias de su gente. Presumía frente a mí la forma en que nuestra familia llegó a Cajibío, Cauca, aunque a ciencia cierta no se sabe muy bien, pero decía que nosotros tal vez hicimos parte de una de las tantas expediciones de españoles que llegaban al Nuevo Mundo en busca de aventuras. Para ese tiempo en el pueblo ya se habían establecido linajudas familias españolas y, por ende, mi familia también.

La forma en que nos quedamos fue por pura suerte. El abuelo de Leonardo y sus hermanos acamparon en el pueblo, nunca supimos el por qué decidieron quedarse: se presume que al no encontrar lo que buscaban le confiaron su porvenir a la suerte, acondicionaron un sombrero de manera que quedara un pico sobresaliente de la base y colocándolo en la punta de un bastón lo hicieron girar. Ellos habían acordado que para el lado que señalara el pico debía viajar quien lo sacara. Y fue así como los tíos de Leonardo se tuvieron que marchar, unos para el sur, otros para el norte y el abuelo como no quiso hacer parte de la operación del sombrero se quedó en Cajibío.

De otras tierras

Él abuelo se llamaba Joaquín Pazos y se casó con una linajuda dama llamada María Cruz Mera, usaban peinados con adornos, un pañuelo doblado en diagonal y amarrado sobre la frente, adornos de plumas, flores y sartas de pedrería. Moños de cinta y peinetas de carey adornadas con diseños calados. Su cabellera era rizada, tenían trenzas y otros accesorios como sombrillas y abanicos. De esa unión nació Fernando María Pazos Cruz y este bendito –como le decía Leonardo– se casó con la aristócrata dama Paula Fernández Velasco y de ellos nació Leonardo Jesús Pazos Fernández, un 6 de noviembre de 1891.

Él era un ser brillante y sabio, recordarlo me llena de nostalgia porque al verme lo veo a él, porque yo soy el recuerdo más presente que la gente tiene cuando lo rememora. A veces pienso que me dejó solo, porque me hizo eterno y se marchó. Leonardo me dio vida mucho antes de saberlo, yo creo que desde que estudiaba en la escuela del pueblo, cuando a su corta edad empezó a tocar el flautín y organizó la primera chirimía donde usó como tambor un tarro de lata y junto con sus amiguitos tocó con sonajas y carrascas, deleitando a todo el pueblo cajibiano. Escuchar todas sus anécdotas era algo maravilloso, porque desde pequeño él sabía que estaba hecho para cosas grandes.

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La infancia de Leonardo trascurrió en Cajibío y junto con Efraín Orozco Morales, a quien llamó “hermano en el arte”, tuvieron un gran recorrido musical que les valió como compositores y artistas. Recorrieron varias ciudades con tiples y guitarras y se convirtieron en maestros, con un amplio bagaje en música colombiana y de su propia inspiración. Leonardo Pazos y Efraín Orozco eran llamados el dueto “Hermandad” y lograron salir del país con su música. Visitaron Ecuador, Panamá, Cuba y Puerto Rico. Después, durante un periodo de tres años, recorrieron el centro y sur de América Latina, difundiendo y enseñando música colombiana de la época.

Leonardo solía sentarse en una silla de madera a contarme todas sus historias. Cuando él empezaba a hablar, sus ojos salpicaban felicidad. Yo sentía como si también las estuviera viviendo. Hijo del pueblo, del repueblo –decía con una voz empoderada pero pausada– miraba hacia el cielo y se ponía a balbucear alguna frase que se le venía a la mente y que más tarde se transformaría en melodía: “enigma el vivir, enigma el morir”. Muchas veces sentía que era yo quien caminaba por las calles del pueblo tocando desenfrenadamente algún instrumento musical, mientras todos salían a la plaza principal a aplaudir la astucia, picardía y talento de un par de niños amantes de la música.

Leonardo era un ser brillante, vuelvo y lo digo, porque no encuentro una mejor definición. Por azares de la vida, terminó en Popayán, Cauca, haciendo lo que siempre había soñado: trabajar para el pueblo. Recuerdo tanto su pausada voz haciendo memoria del inicio, un inicio que él decía que había comenzado hace mucho. “Cuando apareciste las personas notaron nuestra presencia, pero no todo comenzó el día en que naciste, todo ha sido una lucha constante, una lucha de años con la gente”, murmuraba.

Un espacio para la cultura

Nací un 7 de octubre de 1936 en los pasillos de las Hermanas Carmelitas. Estábamos bajo el gobierno de Alfonso López Pumarejo y, junto con Alberto Lleras Camargo, quien era el Ministro de Educación de la época, nombraron oficialmente a Leonardo como mi director, mi maestro, mi padre. Aunque a decir verdad, desde hace mucho él se había convertido en el maestro del pueblo: el maestro Pazos.

Estuvimos mucho tiempo en ese pasillo, no era el mejor lugar, pero tengo los mejores recuerdos porque era como si cada uno de los obreros que llegaron a mí estuviera materializando sus sueños junto con los del maestro Pazos. Es que él, aunque muy estricto y malgeniado, nos regresaba la esperanza de que el país y la ciudad nos abrieran las puertas para la adquisición de conocimientos. Además, él se estaba dando a conocer en muchos lugares dentro y fuera de las fronteras. Entonces, de esa forma empezó a gestionar ayudas para lograr construir el espacio que todos anhelábamos. Recuerdo mucho, más o menos en el año 38, cuando se entrevistó con el presidente Eduardo Santos en la ciudad de Bogotá con el único propósito de conseguir ayudas para mí. Y así fue, el entonces presidente manifestó que incluiría un aporte para el Orfeón Obrero de Popayán y para otros.

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En los años siguientes, se conformó un grupo numeroso de apoyo. Al principio sólo contábamos con personal masculino, luego, vimos la necesidad de incluir a la mujer: es nuestro complemento y, claramente, llenó de armonía el lugar, con su dulce voz nos enamoró y nos llenó de más esperanza. Además, empezamos a contar con una biblioteca y 36 instrumentos musicales entre tiples, bandolas y guitarras. A partir de ese momento fue como si nos hubiéramos lanzado al éxito, empezamos a hacer parte de las celebraciones religiosas de la ciudad durante la Semana Santa con un coro de 150 voces, interpretando el “Miserere” y el “Stábat Mater”, dando solemnidad por las calles de la ciudad.

Con el tiempo, me empezaron a reconocer como un escenario de difusión cultural no solo por parte de la Asamblea Departamental del Cauca, sino por personas como Guillermo Valencia, Baldomero Sanín Cano y Antonio María Valencia. El 30 de junio de 1938, cuando aún Eduardo Santos no se había posesionado como presidente de la república, él y su esposa homenajearon al maestro Pazos con un concierto en el Teatro Municipal. Todavía guardo el recorte del periódico que decía: “Es verdaderamente digna de encomio la labor silenciosa del profesor Pazos al preocuparse por la cultura musical del pueblo payanés… pero ahora Popayán ha superado a aquel Orfeón de Tolima, hasta hace poco el mejor conjunto de música popular, colocándose como el mejor Orfeón y Estudiantina de Colombia…”

El maestro y yo hablábamos todo el tiempo, entre los dos se creó una complicidad: no estábamos completos el uno sin el otro. Éramos uno solo, es más, aun lo seguimos siendo a pesar de que él ya no está aquí. Me trajo al mundo para lograr que el mundo notara a aquellos que no tenían voz, para darles esperanza. Él siempre soñó conmigo y me inmortalizó en el tiempo. ¡No sabe cuánto lo extraño! Por eso lo rememoro, lo recuerdo, porque algunas cosas he olvidado: estaba muy pequeño para recordarlo y hoy estoy muy viejo y la memoria me falla, pero nadie puede hablar de mí sin mencionarlo a él.  Ahora, cada que alguien escuche mi nombre o me visite, debe saber que no estoy solo, que el maestro Pazos sigue conmigo.