07 de julio de 2018

Crónica

Una travesía de madrugada

El trombonista Andrés Andrade, vive musicalizando su vida y sus días. Esta es una crónica tras bambalinas, desde las sillas, desde sus amigos, desde la cotidianidad de una actividad artística.

Por: Pablo Alejandro Muñoz

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Preludio

Recorremos la ciudad de noche, son aproximadamente las 11 y nos dirigimos al Bambú. Al volante va el maestro Andrés, yo voy de copiloto y atrás va Felipe con Santiago. Pasamos por el pequeño túnel que queda por Bello Horizonte e intentamos sintonizar una buena emisora que ponga salsa o boleros. La orquesta viene de Cali, en un Tax-Belalcázar de un amigo del maestro. Emprendieron el viaje a eso de las 9:30 y hay que llamarlos para ver por dónde vienen: tenemos que entrar todos juntos.

Al llegar al lugar donde se hará el toque, se acercan un par de personas para cobrarnos la entrada, pero le explicamos que venimos con la orquesta, que llegamos un poco antes, que somos cuatro personas, que el maestro Andrés es amigo del dueño, que llamen a Felipe Pardo. Finalmente nos dejan entrar sin ningún contratiempo, estacionamos el carro y sacamos el trombón de la bodega. El Bambú no deja de ser, es mucho más grande, el sonido retumba con más fuerza y se siente el arrebato por bailar desde afuera.

–Andresito es una gran persona, siempre ha sido así como lo ves, sencillo, apasionado y con un sentido de la música inigualable –dice Felipe, mientras seguimos esperando que llegue el carro de Cali.

Suena Celina y Reutilio, Pedacito de mi vida, y la pista brilla, los zapatos de charol muy bien lustrados saben bien cómo desplazarse sobre ella. Vemos llegar al cantante de la noche, es ya la media noche. Se baja de una camioneta con cinco personas y algunos se acercan a saludarlo, es muy alto pero camina con mucho swing, es muy cordial.

Llegan los demás músicos y nos vamos detrás de ellos ayudando a cargar instrumentos. Entramos por una puerta lateral y nos sentamos en las mesas que quedan al lado del escenario. Todos comienzan a desenfundar el son, de a pocos. Comienzan a poblar la tarima y le van dando forma a lo que se viene. Al mismo tiempo un locutor recuerda a todos los asistentes, las canciones que sonaban en un viejo lugar llamado Playboy, con año, nombre de la orquesta y del álbum

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Belalcázar

“El barrio es fútbol y salsa”, me dice Felipe ahora con unas cuantas copas de ron encima. El maestro y él se conocen desde la infancia. Todo ese combo del barrio Belalcázar ha sido muy unido. Han pasado por muchas pero nunca se olvidan de su amistad: siempre aparecen para jugarse un partido de fútbol, tomarse unas cervezas, recordar anécdotas, escuchar salsa romántica y reír. Desde hace ya unos años el maestro vive en Cali y por eso los encuentros son menos frecuentes, pero todos siempre le han guardado un gran respeto: aparte de la música, dicen que es un buen tipo. Yo les creo.

“La vida ha dado giros y nadie sabe de él”, me cuentan en medio de los primeros ensayos de sonido antes de la presentación. En el Popayán común no se habla de él, pero el ambiente musical se le conoce y respeta bastante, tiene una gran experiencia, ha sido llamado a tocar con orquestas muy importantes como Grupo Niche, Lebron Brothers, Costa brava, Ismael Miranda y, claro, acompañó a Yuri Buenaventura en su gira por Europa.

Moncho Rivera se sube al escenario, la gente deja de bailar. Saluda como es costumbre a la ciudad, le agradece por el buen trato y se da vuelta. Mira a la fila de atrás, le hace una señal al maestro y la electricidad recorre El bambú. El trombón resuena, los sombreros y los pantalones se repliegan. La pista se detiene y el show atrae toda la atención. Las luces roja y azul reflejan el saxo. ¡Qué rumbón! El sobrino que hereda sabe cómo tratar el son, no hay tiempo para bailar por ahora, el sonido ocupa a todo el mundo.

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“Las caras lindas de mi gente de mi gente negra

Son un desfile de melaza en flor

Que cuando pasa frente a mí se alegra

De su negrura, todo el corazón”.

No han ensayado, algunos ni siquiera se conocen de otro lugar, pero llega un momento en la vida musical en que la experiencia hace de las suyas y abraza la orquesta, el poder que de los sonidos se reconoce, se hace un vaivén de las manos arriba del maestro Andrés, dirigiendo el tono. Organizando el desorden desde atrás, ¿cómo es? Es inevitable zarandearse, estremecerse, buscar las caras lindas y destronar el protagonismo de cualquier cosa, la negra Tomasa es la que es. Agua para los músicos por favor.

La gente de la primera fila pide canciones, pero el licor es lo que se apodera del momento y los primeros que se duermen aparecen, pero la rumba sigue, con ellos coreando entre sus sueños turbios, entre la capacidad para poder dormir sentados.

Ti ti tum ti tum, ti ti tum ti tum, impone la campana y la gente comienza a sentir que ya es hora de sacarle brillo al piso, eso sin olvidarse del traguito de los ausentes, hay que vivir con las tumbas en los recuerdos, ninguna lágrima se ve pero siempre habrá respeto por los muertos.

Moncho Rivera mira hacia su orquesta y espera el sabor replegado que se le viene, todos conocen la canción, pero su instrumental siempre aparecerá en el momento indicado para relucir. Al fondo suena de nuevo el locutor, con un azúcar que solo la nostalgia puede darle a una persona y menciona al Playboy unas cuantas veces más mientras la canción va en un tono instrumental y suave.

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–Eventos de categoría para que la gente de Popayán goce. Recordando las noches de Playboy.

–No hay nivel, perico. ¿Qué hacemos? Viene el tren –se oye decir, cerca de la tarima esperando a que toquen ese tema.

Andrés es increíble. El saxo se va solo y nos lleva a todos por una travesía por sus tonadas. La gente baila con las gotas de sudor cayéndoles por las mejillas, pero no hay tiempo para parar. Moncho tiene carisma y a la gente le agrada como interpreta.

–La voz te agradece, magistrado, por apoyarnos siempre. Doña Rosania, muchas gracias por creer en nosotros –dice el dueño, porque espera que el lugar se convierta en un espacio para traer muchos más artistas. Somos el nazareno, que tiemblen las calles que vamos. Mataron al negro Bembón, todos lo queremos aun conociéndolo muerto ya. Es el dueño de la tarima, es el dueño del tumbao.

Son las tres de la mañana y ya nos vamos. Ser músico parece que es un oficio de la madrugada. Nos pasamos por un caldito, cantamos un par de boleros en el camino y pasamos dejándolos a todos en su casa. Ayer sigue siendo hoy, pero toca dormir. Chao magia, nos vemos.