01 de abril de 2018

#terremoto83

“Las personas jamás mueren, si las recuerdas”

Las gemelas Arboleda Silva perdieron a sus padres y a su hermano en el derrumbe de los Bloques Pubenza durante el terremoto de hace 35 años. Crónica sobre la solidaridad familiar y la forma en que dos niñas asumieron esa tragedia. Una invitación a borrar el dolor y quedarse con el recuerdo.

Por: José Daniel Grisales

Fotografía: José M. Arboleda

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“No me gusta recordar” son las palabras de Laura Arboleda Silva cada vez que cuenta lo que le sucedió el jueves 31 de marzo de 1983, día del recordado y renombrado terremoto en Popayán. Su relato siempre empieza con un “de lo poquito que me acuerdo, debido a la edad que tenía…”, pues en aquel entonces Laura tenía siete años, al igual que su hermana gemela María Adelaida Arboleda Silva, quienes vivían con sus padres y su hermano mayor en los Bloques Pubenza, una de las edificaciones que tuvieron más afectación en la ciudad debido a la catástrofe.

Cuenta que ese día, dado a que el terremoto ocurrió en horas de la mañana, muy temprano, aún se encontraba dormida, al igual que su familia. Lo único que recuerda del momento justo en que ocurrió el terremoto es que en medio de la ensoñación sintió un brusco movimiento de su cama y por ende de toda la habitación en donde se encontraba; ya cuando abrió sus ojos se dio cuenta que se encontraba bajo tierra.

Fue por un pequeño hueco por donde Laura salió, cosa que ni ella misma se explica cómo, ya que por ahí lo único que cabía era su cabeza. Cuando logró salir, corrió a buscar a una de sus tías que vivía muy cerca de los Bloqueas Pubenza. “Mientras corría recuerdo que me encontré en el camino a mucha gente que me detenía y me preguntaba por todos los demás, pero estaba en shock y no podía hablar ni sabía qué responder, porque tampoco sabía dónde estaban mis padres y mis hermanos”. Llegando a casa de su tía se encontró con otros familiares que vivían cerca del sector y quienes fueron de inmediato al lugar donde yacían los escombros

Bajo los escombros

Cuando llegaron los bomberos y la defensa civil, los familiares junto con ellos empezaron a mover y buscar entre los escombros los cuerpos de los padres y hermanos de Laura, que se habían quedado atrapados debajo de todo el desastre, debido a que vivían en el primer piso de los bloques. En medio de la búsqueda, encontraron a la hermana gemela de Laura, María Adelaida Silva, a quien tuvieron que sacar de los escombros con todo y colchón, ya que no había otra manera de hacerlo; además, porque era preciso actuar rápido, pues se estaba asfixiando. “Uno de mis tíos cuenta que lo que no hizo aplastar y asfixiar por completo a mi hermana fue un armario grande que había en nuestro apartamento. Donde se demoren unos minutos más, mi hermana fallece”. Luego encontraron a sus padres y su hermano mayor, quienes lastimosamente perdieron la vida.

Debido a la catástrofe sucedida y la pérdida de sus padres y su hermano mayor, Laura tiene leves recuerdos e imágenes de lo que fue ese jueves, lo que le dificulta contar con detalle lo sucedido.

A los siguientes días, llegaron familiares de su mamá que vivían en Medellín, quienes se las llevaron a vivir por dos años a esa ciudad, a esperar a que en su familia y en Popayán las cosas volvieran a tornarse, en cierta medida, normales.

Duelo y regreso

Ya de vuelta en Popayán, con la edad de 9 años, Laura y María Adelaida, la “mellizas Silva” como les llaman, quedaron a cargo de sus tíos por parte de mamá. Ellos fueron los que pasaron a ocupar los roles de sus padres, los que las educaron, les brindaron todo y a quienes agradecen por lo que su hermana y ella son hoy en día. Algo que Laura afirma frente a esto, es que de la tragedia se perdió y se ganó: se perdió una gran familia natal, pero ganaron la unión de una hermosa familia de crianza.

Laura comenta que ellas no pasaron un duelo propiamente por la pérdida de sus padres y su hermano, debido a la corta edad que tenían y por el hecho de que justo después de lo sucedido se las llevaron a vivir a otra ciudad, alejándolas, quizá, de lo que había ocurrido, de su dolor; además porque ni siquiera tuvieron la oportunidad de ir al entierro de ellos.

A pesar de que con el tiempo fueron sintiendo y, a su vez, asimilando la ausencia de sus padres y su hermano, esa ausencia no la sintieron como tal, pues tenían el amor, la unión y la comprensión de sus tíos y sus abuelos, quienes procuraron estar siempre unidos tanto por ellas, como por la familia misma, precisamente para entrar a ocupar, en cierta parte, esa ausencia que dejaron sus padres y su hermano. “Cuando estás más grande y el tiempo pasa, es donde te das cuenta que hay un vacío en tu vida y que ese vacío jamás lo llenas, ni siquiera con el cariño de tus tíos, primos y abuelos… te acostumbras a vivir con eso”.

A sus 41 años, las mellizas Silva procuran no recordar la muerte de sus padres y de su hermano, sin embargo, sí les gusta rememorar los pocos recuerdos que tienen de ellos, los momentos bonitos que tuvieron como familia, las sonrisas de sus padres, la autoridad de su hermano, entre otras cosas, pues, como asegura Laura “a esta edad es difícil, es bonito, pero también se te hace un nudo en la garganta, porque a pesar de haber superado y asimilado, haber tenido el cariño de tu otra familia, sabes que nada te va a regresar a tus padres y a tu hermano”. No obstante, hoy en día, Laura piensa en la muerte de ellos como algo natural, como algo que debe pasarnos a todos, que en cualquier momento se puede perder a un ser querido, lo triste fue que pasara antes de tiempo.

El ejercicio de memoria que hacen sobre sus padres, se basa en convencerse de que todavía están con ellas, de que aun sabiendo que físicamente no las acompañan, les hablan como si las escucharan. Simplemente, es borrar la parte de dolor y de la tragedia, y quedarse con su recuerdo. Como muy bien dice Laura: “las personas jamás se mueren, si tú las recuerdas”.