01 de abril de 2018

#terremoto83

Un refugio en Moscopán

Luego del sismo del 83 los damnificados debieron buscar dónde y cómo reubicarse en la ciudad. Al cabo de un par de años, muchas familias pasaron a habitar en los bloques de Moscopán. En esta crónica reviven su experiencia de aquel acontecimiento.

Por : Ana Isabel Cerón Pill

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 1. Un camino de incertidumbres 

(Reinaldo López)

Ocho de la mañana. “Un terremoto acaba con Popayán”. Cinco palabras y veintiséis silabas suficientes para acelerar el corazón de Reinaldo López. La rutina en el Caja de Crédito Agrario, en Almaguer, Cauca, se había quebrado. En la emisora, a todo volumen, el locutor no dejaba de repetir que un terremoto había acabado con la ciudad. “Uno de los barrios más afectados era el mío: el Cadillal”, narra con tono nostálgico Reinaldo, mientras juega con sus manos.

La zozobra y el temor de quiénes tenían familiares en la ciudad, a 144 Km de Almaguer, invadió por completo el lugar. Como pudieron se reunieron y consiguieron un carro que los trajo a Popayán. El camino se tornó largo y tedioso. La incertidumbre de no saber con qué se iban a encontrar incrementaba con el paso de las horas.

Una de la tarde. Reinaldo llega a Popayán. Sin pensarlo se baja del carro y comienza a correr hacia su barrio. Al llegar se ubica en la parte alta. Observa todo detenidamente. Todo el barrio se había destruido. Empieza a buscar entre ladrillos y ruinas su casa paterna. La ve. Su casa ya no estaba. Se había caído, de ella sólo quedaban escombros… “Ladrillos amontonados”.

La desesperación e incertidumbre se apoderan aún más de Reinaldo. Empieza a gritar: llama a su esposa, a sus familiares. Nadie responde. Después de unos minutos, algunos vecinos lo reconocieron e indicaron dónde estaba su hermana y demás integrantes de su familia. Al encontrarlos, todos estaban sanos y salvos. La tranquilidad volvió lentamente. Ahora debían buscar dónde quedarse. Inicialmente, se trasladaron a la casa de su cuñado. Una semana después se regresaron a su casa. Ahí vivieron, durante casi un año, en una carpa de la Cruz Roja, sobre los escombros de aquella antigua casa paterna.

Dos años después. Reinaldo fue beneficiado por la Ley de Alivio que salió tras el terremoto. En 1985, recibe, al oriente de la ciudad, su nuevo hogar: un apartamento en los Bloques de Moscopán. Desde entonces él, su esposa e hijo han vivido en este conjunto residencial, en donde no sólo Reinaldo sino varios de los primeros propietarios fueron damnificados del terremoto, en 1983, siendo beneficiados por créditos de vivienda que surgieron tras el hecho telúrico que acabó con gran parte de la ciudad.

2. La casa 

(Alirio Perafan)

Escombros en las vías, cada vez más intransitables y angostas. Rostros de angustia, tristeza y desesperación. Casas en el suelo y gente herida rodeaban el camino de Alirio Perafan, un hombre de estatura media y tez trigueña, mientras iba ansiosamente desde la Esmeralda a recoger a su esposa, en su bicicleta. Una mujer de cabello castaño oscuro y en ese entonces en estado de embarazo.

Era un Jueves Santo. Pero esta vez todo era diferente. Aquel 31 de marzo, Popayán había sufrido un terremoto de 5,5 en la escala de Richter. Su mujer terminaba su turno a las ocho de la mañana, hora del terremoto. Ella era guarda de seguridad en el centro penitenciario para mujeres “El Buen Pastor”, ubicado al oriente de Popayán.

Al llegar al lugar Alirio se encontró con su esposa. “Gracias a Dios estaban bien”: ella y su hijo. Ambos se dispusieron a caminar en medio de lo que quedaba de la ciudad. Necesitaban saber cómo estaba su casa y sus familiares. El camino hacia La Esmeralda estuvo rodeado también de escombros, ruinas, personas heridas y rostros cargados de tristeza. Nadie entendía el porqué de las cosas. Tal vez “por voluntad de Dios”, decían algunos.

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Entre tanto caminar encontraron su casa. La casa paterna de Alirio. Ahí donde durante mucho tiempo vivieron sus papás y hermanos. La casa no tenía mayores daños, algunas grietas en las paredes pero nada que anunciara su destrucción. Tenía arreglo. Así que todos quedaron, en medio de la tragedia, con un sentimiento de tranquilidad. Todos estaban bien. Eso era lo importante.

En dicha casa Alirio vivió junto a su esposa hasta 1985. Aquel año en el que recibió su nuevo apartamento, en los Bloques de Moscopán, al oriente de la ciudad. Pero, un lugar con un espacio tan estrecho y reducido, no fue suficiente para Alirio, un hombre acostumbrado a vivir en casas grandes y amplias, como la paterna, en la Esmeralda.

En 1988, a través de Concasa, otra empresa de créditos de vivienda, Alirio recibió su casa en el conjunto residencial Bloques de Moscopan. Una casa amplia y grande que cumplía con todos sus deseos. Inicialmente, le fue entregada en obra negra, con la puerta principal y la ventana hacía la calle. Después de treinta años, su casa se ha convertido en la única tienda del conjunto. Una casa colorida y conocida por todos los residentes del lugar.

3. Como las olas

(Armando Duque)

Miércoles en la noche. Las calles de la ciudad estaban colmadas de feligreses y fieles creyentes. Entre ellos se encontraba Armando Duque, un comerciante caleño de estatura baja y tez blanca. Era la tradicional procesión del Miércoles Santo. La Semana Santa había llegado a Popayán. Después de cumplir con el deber, “me recosté en mi cama y empecé a planear lo que iba a hacer el día siguiente: un Jueves Santo”, afirma Armando, mientras trata de recordar, con gran esfuerzo, lo que sucedió después.

Jueves Santo. Ocho de la mañana. Armando se encontraba en su cama acostado. De repente, todo en su habitación, incluyéndolo, se empezó a mover con una gran fuerza. “Parecía las olas del mar. Al sentir tremendo temblor, salté de mi cama y me tumbé en el suelo”, relata Armando al mover todo su cuerpo simulando la acción pasada.

En cuestión de segundos y al mismo tiempo que Armando puso sus pies sobre el suelo, una viga cayó sobre su cama a la velocidad de la luz. Si él se hubiera quedado tan sólo unos segundos más en su cama o no hubiera sentido el temblor, sus piernas habrían sufrido un gran accidente… Después de saltar de su cama, Armando salió de su habitación, un tanto asustado y con mucha prisa. Mientras corría hacia la puerta de salida, iba buscando a sus hijos para refugiarse en un lugar seguro. Todos estaban bajo el umbral de la puerta. Ahí, según algunas recomendaciones, no les podía pasar mayor cosa.

Mientras el tiempo se marcaba con el tic tac del reloj, las calles parecían “una canoa en el mar”. Todo se movía, agitaba y destruía. Las calles se agrietaron. Las casas se cayeron. Popayán se había destruido, pensaban algunos mientras desde su puerta miraban y se agitaban con la fuerza del temblor. Poco a poco todo fue volviendo a la normalidad. Ahí, después de todo, se podía ver las consecuencias que había dejado el terremoto.

Armando salió a la calle. Empezó a caminar hacía al centro histórico de la ciudad. No estaba muy lejos de él. Su casa quedaba por donde actualmente están los juzgados. Cerca al Benito Juárez. Antes de irse a mirar cómo quedó la ciudad, Armando sacó su camioneta y la parqueó en frente de la puerta principal de su casa, anunciándoles a todos sus familiares, en tono de mando, lo siguiente: “si el temblor persiste saquen lo que más puedan y todos a la camioneta. Yo busco cómo salir. Por donde sea nos vamos”.

Al regresar, todo se había calmado, excepto su casa. En ella se notaba la fuerza de aquel hecho telúrico que había sacudido a la ciudad unas horas antes. Su vivienda estaba, en su mayoría, destruida. Aquella noche, él y su familia se resguardaron en las habitaciones que no se habían visto tan afectadas. En medio de la zozobra de la noche, el temor de un nuevo temblor y las guaduas sosteniendo las paredes agrietadas, construyeron un refugio en el cual estuvieron hasta que encontraron donde vivir.

Siempre pensando en salir adelante. Armando decidió quedarse en la ciudad y continuar con su negocio, como comerciante junto a su camioneta, un automóvil que más que una herramienta de trabajo, es su aliada y cómplice. Para todo aquel que le insinuara a Armando que había que irse de la ciudad, él tenía una respuesta: “¿Por qué nos tenemos que ir? Sigamos aquí, en la lucha. Vamos a ver cómo la ciudad se levanta y cómo nosotros nos levantamos con ella”.

Después de treinta y cinco años, para Armando esta ciudad es lo mejor que le ha podido pasar en la vida. Popayán no sólo fue el lugar que le dio trabajo sino que también le regaló amistades, amores, sonrisas, tristezas y a su familia. Popayán es y será el hogar, en el que no nació pero creció y se formó como persona. Un lugar al que le debe todo y del que jamás se piensa ir. Una ciudad que lo llena de felicidad.

4. La unión

(Nancy Ramos y Jaime Sanchez)

Jueves Santo. Era temprano en la mañana mientras Nancy Ramos, una mujer trigueña y alta, reposaba en su cama junto a su esposo y su hija, recién nacida. El descanso y tranquilidad del día se vieron interrumpidos por un repentino movimiento. Cada vez más y más fuerte. Era un terremoto.

En medio de los nervios y la rapidez del momento, lo primero que Nancy hizo fue coger a su hija y refugiarse bajo una mesa. Aquel objeto era su protección mientras sus brazos eran el escudo de su hija. Mientras tanto, su esposo, obrero de construcción, empezó a buscar la forma de salir del lugar. Era imposible. La puerta se había atorado. Debían esperar hasta que pasara el temblor.

Del otro lado de la puerta estaban algunos familiares de Nancy. Impotentes sin poder hacer nada, no dejaban de preguntar, entre su propio temor, cómo estaban. Lo importante era estar vivos. Dar señales de vida. Gritar, hablar, sentirse unidos. Al parecer, aquel adagio popular, tiene una vez más la razón: “la unión hace la fuerza”.

Pasaba el tiempo y la intensidad, del hecho telúrico, fue mermando. Los corazones, en la casa, palpitaban a mil. “El mayor riesgo era que se cayera la viga que había en la habitación”, cuenta Jaime, esposo de Nancy.

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La incertidumbre y el afán del momento fue interrumpida por los gritos del otro lado de la habitación: “¡quítense, vamos a tumbar la puerta!”. Jaime se hizo a un lado, mientras Nancy se encontraba, junto a su hija, debajo de la mesa. ¡Boom! Se abrió la puerta. Era momento de salir. Todos corrieron hacia la calle, celebrando el instante de vida y angustiados por poder perderla en otro.

Al salir se encontraron con lo que había quedado de su barrio, llamado Lora, ubicado al oriente de la ciudad. Casi todas las casas, como la suya, se habían destruido. Las vías agrietadas, personas llorando, rostros asustados, escombros y ruinas reflejaban el paisaje tras el terremoto.

“A raíz del terremoto, mucha gente se quedó sin hogar. Ahí fue que llegó el proyecto de una vivienda sobre la Ley de Alivio”. Ello representó “un alivio para la gente, porque con sesenta mil pesos, en ese tiempo, podían obtener un apartamento”, afirma Nancy.

En 1985, Nancy y Jaime recibieron su apartamento en el conjunto Bloques de Moscopan. Desde entonces ellos han vivido en esta zona, al oriente de la ciudad. En ese lugar, además de encontrar un hogar, ambos han construido su lugar de trabajo: Nancy como administradora y Jaime como obrero.