18 de enero de 2018

Banda sonora y vida

A doce canciones por hora

Crónica de un viaje que transcurre más en el tiempo que en la carretera. En el momento menos esperado, la música remueve fibras, y sentimientos y permite redescubrir aquello que se creía olvidado o que cobra una nueva importancia.

.Por: Daniel Egas

Imágenes: pixabay

Transipiales1.jpg

El bus ya está en marcha, yo rebusco en mis bolsillos los audífonos que siempre cargo cada que viajo, el problema es que justo en ese momento recuerdo que los dejé en el bolsillo de otra chaqueta. Y como en un acto de burla del destino el chofer deja sonar la banda sonora precisa para el momento: “Lloro mi corazón de pena y de dolor, yo no sé la razón de no encontrar su amor”. Pastor López me apuñala los sentimientos con la más filosa canción que pueda sonar en ese momento.

Pero más allá del triste instante, a la memoria se vienen los recuerdos de diciembre, uno en especial: en mi ciudad es tradicional quemar el ‘Año Viejo’ todos los 31 de diciembre cuando suena “Faltan cinco pa’ las doce”. En mi casa hacer un año viejo siempre fue un arte, a pesar de que ese arte consista en hacer un muñeco con ropa vieja relleno de tamo para ser quemado.

Y así como era tradición hacer un año viejo también lo era para mi abuelo simular equivocarse de ‘Año viejo’ poniéndome a mí en el lugar que le correspondiera al muñeco a la hora de ser quemado. Por obvias razones yo terminaba llorando antes de que los abrazos de año nuevo hicieran su efecto.

Yo que soy de viajar escuchando mi música, esa que uno tiene exclusivamente para oír en audífonos en la privacidad del asunto, esta vez me dejo llevar por la máquina del  tiempo en la que el Transipiales verde se ha convertido. El bus va casi solo y yo busco ponerme cómodo y disfrutar del viaje. Del viaje a los recuerdos, las melancolías y alegrías.

 

Otra como tú

Para los años en los que a la casa llegaba el primer computador, mi papá, Mauricio Egas, se emocionaba igual que un niño con los avances que ese aparato le traía. Él, que tenía su colección de casetes, empezaría a ‘modernizarse’ y a descubrir la manera de grabar sus propios CD’s a su antojo con las canciones que quisiera.

A mí intentaba enseñarme incansablemente por lo menos una vez al día cómo se hacía para poner música en los pequeños CD’s. No había día en que mi papá no estuviera sentado frente a la pantalla de 20 pulgadas del computador quemando discos. Para sorpresa mía, ellos obligatoriamente debían tener una canción, infaltable en cualquier volumen de los que él creaba: “No puede haber ¿dónde la encontraría? Otra mujer, igual que tú”. Eros Ramazzotti estaba en todos y cada uno de los nuevos CD’s de don Mauricio.

A mí la voz del señor Ramazzotti no me gustaba en lo absoluto, quizá porque mi papá se había encargado de empalagarnos con esa voz chillona, pero en este bus, 16 años después de escucharlo incansablemente, aquella voz por primera vez me suena tan dulce, melodiosa y acogedora que de una u otra forma solo puedo pagar con una sonrisa.

 

Los aretes de la luna

Son las ocho de la noche y no sé en qué lugar exactamente nos encontramos, en qué parte del camino vamos. Solo se alcanza a ver lo que apenas alcanzan a iluminar las bombillas del carro. De repente el inconfundible sonido de las trompetas me abre los ojos de golpe. Hoy por hoy los boleros hacen parte de ‘mi música’, esa misma que escucho a solas. Y al que le gustan los boleros, siente como en alguna parte del cuerpo se le remueve algo cuando escucha a Vicentico Valdés cantando: “Los aretes que la faltan a la luna, los tengo guardados para hacerte un collar”. Simplemente el paraíso.

Transipiales2.jpg

Pero de dónde viene mi gusto por el bolero. Pues se lo debo y agradezco a una sola persona: doña Olga Córdoba, mi abuela materna, la misma que en sus quehaceres domésticos miraba en mí el parejo perfecto para no oxidarse y repasar un poquito el arte del baile.

La emisora predilecta era alguna que se llamaba ‘Boleritos de Oro’ o algo así. Allí, exactamente allí, conocí la voz de Rolando Laserie. Mientras sonaba “Sabor a mí”, mi abuela me enseñaba a bailar como todo un caballero al compás del contrabajo. “Pasarán más de mil años muchos más, yo no sé si tengamos la eternidad pero allá tal como aquí en la boca llevarás sabor a mí”. Yo tarareaba la letra mientras me paraba en la punta de los pies de mi abuela para lograr seguirle el paso.

 

Ilusiones  

Cuando la vida te quiere regalar momentos, lo hace a plenitud. A eso de las 10 de la noche el bus se detiene en un estadero como es habitual para que los pasajeros coman algo. Cuando busco algún lugar para sentarme alcanzo a escuchar el sonido del acordeón de Franco Arguelles y Diomedes Díaz. Un grupo de amigos departe al calor de un radio y unas cervezas.

Es inevitable recordar la historia que mi abuelo, ex agente de la Policía Nacional, me contó hace algún tiempo. El 16 de marzo del 2001, más exactamente en Bocas de Satinga, mi abuelo Jairo se encontraba en su día de descanso en la estación de policía del municipio. Muy cerca a la estación de policía, en una esquina, funcionaba una sala de billares. Era viernes y en el pueblo las cantinas y establecimientos comerciales que contaban con plantas eléctricas  aumentaban el volumen de la música. Sin embargo, esa noche, las balas y la muerte se robaron todo tipo de protagonismo.

El frente 29 de las Farc intentó tomarse el pueblo abriendo fuego contra la pequeña estación de policía. Por cuestiones de la vida, en el momento en que el hostigamiento comenzaba, la canción que en el billar sonaba era “Ilusiones” de Diomedes Díaz. El sobrecogedor sonido del acordeón contrastaba con el sonido de las balas.

Transipiales3.jpg

“Y en un arrebato de mi vida loca… darte un besito en la boca”, cantaba mi abuelo mientras jalaba el gatillo de su fusil. Como tratando de burlarse de sus enemigos, cada vez su canto se escuchaba más fuerte. “Cuánto diera por llegar allá, mi vida, y encontrarte solitaria en esa esquina”, entonaba, mientras le apuntaba a los guerrilleros atrincherados tras las paredes del caserío. Una y otra vez la canción acompañó sin descanso el enfrentamiento que duró más de cinco horas. Mi abuelo sobrevivió a la toma guerrillera y solo quedó herido en una pierna, pero eso es otra historia.

Tras seis horas de viaje se ve a lo lejos a la ciudad salir de en medio de las montañas. Es la una de la mañana pasadas y a esa hora el hielo de una ciudad fría rompe fibras. Yo llego cansado: he tenido dos viajes en uno, el primero para llegar desde Popayán a Pasto y el segundo para regresar y hablarle al yo de hace algunos o muchos años.