03 de diciembre de 2017

Celebración de fin de año

Desdibujada Navidad

Velas, pesebres, villancicos, regalos, jingles. Llega diciembre y en todos los lugares hace presencia la Navidad. Lo que empezó como una tradición religiosa ligada al cristianismo somete hoy a creyentes y no creyentes a una serie de obligaciones cuidadosamente diseñadas y estructuradas desde la perspectiva comercial.

Por: Angélica María Guzmán

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Dicen que la Navidad es la época más linda del año. Aún no sé si esa afirmación es cierta, a pesar de que todas mis navidades han sido grandiosas. Lo que pasa es que uno va creciendo y se pierde la magia y todo se vuelve como una responsabilidad. Pasas a ser el encargado de que esa magia se mantenga en aquellos que apenas la están conociendo.
Cuando yo nací, a la Navidad ya la había alcanzado la industria cultural. Empezando por Coca-Cola, la bebida de la felicidad y sus maravillosos comerciales navideños que cada año tienen un efecto catártico en quien los ve y han marcado a muchas generaciones. Y cómo no pensar en el clásico comercial de Café Águila Roja: “Felicidad es todo aquello que se brinda sin reservas: una flor, un beso, la ternura del amor. La Navidad es todo aquello que nos hace recordar que la vida es bella, que diciembre es amor”. Este sí que me hace pensar en mi niñez. Crecí con él, es como mi himno decembrino, y sé que ha sido el referente para muchas personas.
Estoy segura de que el granito de café ha marcado la vida de muchos niños, como si la Navidad se redujera a esas imágenes que sólo duran 42 segundos. Es un breve resumen de la historia del niño Dios, que se supone es el centro de la celebración en diciembre. Debo aceptar que cada que lo veo se me hace un nudo en la garganta, me produce una especie de nostalgia al darme cuenta de que ya crecí y que ahora mis primitos son quienes cantan cada Navidad junto con el granito de café.
Pero no se puede dejar de mencionar el jingle de Caracol Radio: “De año nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes, formula votos fervientes de paz y prosperidad”. Es inevitable escribirlo sin cantar la melodía. Mi bisabuela me dijo que sonó por primera vez en el año 55, el tiempo de las radionovelas y desde esa época la letra nunca cambió, solo se le han hecho algunas modificaciones a la melodía. Me atrevo a decir que una Navidad sin ese jingle no es Navidad. De una u otra forma causa un poco de melancolía.

 

Significado y origen

A ciencia cierta no sé qué es la Navidad. Se dice que es un término de origen latino que significa nacimiento y da nombre a la fiesta que se realiza con motivo de la llegada de Jesucristo al mundo. El término también se utiliza para hacer referencia al día en que se celebra: el 25 de diciembre (para las iglesias católicas, anglicanas, ortodoxa romana y algunas protestantes) o el 7 de enero (para las iglesias ortodoxas que no adoptaron el calendario gregoriano). Pero ahora parece que ha adquirido otro tipo de significado. Cuando yo era una niña, esa fecha ya era parte del consumo. Lo recuerdo muy bien porque el niño Dios dejaba muchos regalos en mi cama, precisamente aquellos que yo en una carta había pedido. Sé que así fue con mi mamá, con mis tías, con mis abuelos y hasta con mi bisabuela. Antes, la gente se interesaba por darle a conocer un poco a sus hijos la historia que hay detrás de esta celebración. Ahora no. Es como si el mes estuviera fragmentado en tres fechas: el día de las velitas, el famoso 24 y la llegada del año nuevo. Cada una trae cosas dentro de sí: ropa nueva, accesorios y costumbres. 

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Mi idea de la Navidad se empezó a desdibujar cuando alguna vez, pasando canales de televisión, me topé con Discovery Channel. Me dejé alcanzar por la ciencia y el consumo; el programa mostraba a historiadores contando que Jesús no había nacido en diciembre sino entre abril y mayo y centraban sus planteamientos en cuestiones geográficas. En realidad no recuerdo muy bien sus argumentos, pero hablaban de que en el hemisferio norte el mes de diciembre coincide con el invierno, lo cual pone en duda que los pastores hayan estado al aire libre, que el cielo de esa noche haya sido estrellado, todos elementos de los hechos narrados en los textos bíblicos. Aquel documental me cambió todo y fue como si empezara a mirar con otros ojos la realidad. De todas formas, la Iglesia Católica tomó la decisión de mantener la fecha convencional de la Navidad. Se cree que sus razones fueron que coincidiera con los ritos paganos por el solsticio.

Entonces, si eso es cierto estamos celebrando un acontecimiento especial en una fecha que no es y, además de eso, ahora celebramos sin saber qué celebramos. Todo se ha ido difuminando con el pasar de los años. Yo crecí con el granito de café, con los comerciales de Coca-Cola, con las películas de Mi pobre angelito y con la canción: “mamá dónde están los juguetes”. Esta sí que me hacía sentir mal. Empecé a ver a un tal “Papá Noel” y no sabía de dónde había salido o si era una versión moderna del Niño Dios. Pensaba que tal vez había crecido y ya era un viejo, pero luego recordaba que según La Biblia había muerto a los 33 años. Es que mi familia es muy católica y me inculcó armar el pesebre y del árbol de Navidad, encender velas el 7 de diciembre en honor a la Inmaculada Concepción de la Virgen María y festejar el año nuevo. Pero también, contrariándolo todo, el 31 como más de doce uvas, olvido tener un billete en la mano y termino con mis primos haciendo guerra con las lentejas de la prosperidad en vez de guardarlas.
A decir verdad, todos los diciembres me los he gozado sin siquiera acordarme del Niño Dios. Es que en estas épocas, la celebración ya no está necesariamente ligada a la tradición cristiana, ni a una creencia religiosa. Casi por el contrario, los festejos más pomposos son llevados a cabo por gente que no practica la religión de manera ortodoxa y se centra en la comida y los regalos, en lo sofisticado y llamativo del árbol y en lo numeroso de las reuniones familiares.

 

Encuentro y felicidad

Recuerdo mucho una frase que mi abuelo repite cada año: “se acaba esto y seguimos en las mismas”. Y es verdad. Todo el mes de diciembre es un caos, el centro de la ciudad es intransitable, aumentan los robos y pareciera que las ilusiones de un niño están en un juguete de plástico. Nadie se acuerda de quienes no tienen la opción de unirse al festejo del consumo. Y luego, todo queda en cansancio, en insomnio, en gastos excesivos y en deudas.

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Mis navidades han sido y estoy segura que seguirán siendo familiares. En realidad disfruto mucho verlos a todos juntos cantando villancicos, compartiendo dulces, compartiendo risas y diciéndonos te amo sin necesidad de pronunciarlo. Lo que ahora me pone a pensar es el por qué celebramos y me doy cuenta que la industria cultural nos jodió a todos, de todas la formas posibles. Entonces no sé si al final vale la pena reflexionar un poco porque sé que a mí también me comprarán ropa nueva y aunque ya no haya regalos en el árbol que tengan mi nombre y ahora soy yo quien también hace de Niño Dios y entrega regalos a sus veinte mil primitos, también hago parte de la gente que consume, que se olvida de quienes no pueden hacerlo y que celebra, festeja, canta, llora y baila “Adonay” un 31 de diciembre.

Me gusta la Navidad, mi desdibujada Navidad. Me gusta tener a mi lado a los seres que más amo en el mundo. Pero también me gusta el Halloween, la Semana Santa, el verano, los cumpleaños de mamá y los domingos por las tardes en mi casa, donde sin ser Navidad se reúne gran parte de mi familia a jugar parqués, a cocinar y a disfrutarnos. Entonces entiendo, que en mi caso, los domingos también son Navidad y no es necesario el invierno para estar todos juntos. Porque después de tener tantos regalitos envueltos en papel verde y rojo, quedamos frente al vacío y pareciera que todo termina ahí. Y no es así, porque al día siguiente regresa la realidad.