06 de noviembre de 2017
 
Treinta y dos años de una tragedia

El fuego sin remedio

Un hombre ciego, radioaficionado, confesó hace una década que tenía grabaciones elocuentes de la toma y la re-toma del Palacio de Justicia, pero el país hizo oidos sordos a su voz. Este relato se refiere a aquel hombre y además hace memoria sobre ese hecho violento de noviembre de 1985 que dejó heridas que aún no cicatrizan.

Por: Juan Carlos Pino Correa

Palacio1.jpg

La versión digital del periódico dice que aquel hombre es ciego ahora y que todavía canta en el cementerio. Como la figura parece muy extraña decido imaginarla en detalle pero en el primer intento no puedo más que evocar a una sombra errante, a un fantasma casi, a un alma en pena sin lazarillo.

Nada más.

Entonces me detengo en lo esencial y me pregunto ¿cómo alguien pudo escuchar aquello? Y también me pregunto ¿cómo un hombre pudo ser testigo de las voces que entrañaban la institucionalidad de la muerte? Y yo no sé qué responder y evito adherirme a alguna frase hecha, a cualquier comentario salido de tono, bien desde una radicalidad o desde las otras. No sé qué responder porque al fin y al cabo aquello sucedió hace más de veinte años y ahora yo estoy aquí, en esta ciudad no imaginaria, lejos esta vez también de la ciudad donde ocurrieron las cosas y donde casi nadie pudo ser testigo de nada. Pero eso no impide que todo duela de nuevo, no impide que las palabras leídas en un periódico virtual, y que en seguida escucho en una emisora en línea, me transporten a los días de la tragedia.

Yo era un adolescente aún y en aquel noviembre sólo aguardaba el inicio de las clases en la universidad. Estudiaría periodismo a partir del siguiente enero, como siempre había soñado, y lo mejor es que estaba todo hecho: la matrícula, la estadía en otra ciudad, el entusiasmo, la vocación. Ya estaba todo hecho si a eso se le puede llamar todo. Y hecho. Entretanto leía en casa, caminaba las calles, visitaba en la noche a alguna amiga, a alguna novia, jugaba al ajedrez. Pero sobre todo iba a la casa que mi tío tenía en la carrera once, a conversar con él y con los primos de mi edad o a ver desde allí pasar a Jenny, ilusionado con que me saludara y se detuviera a hablar conmigo. Lo de Jenny era cuando nos sentábamos afuera, en una banca de la calle, justo al lado de donde vivía Clarita, que era como los vecinos llamaban a la dueña de la tienda, una señora con dos hijos y casada con un profesor que militaba en ese pantanoso territorio de la gnosis y en las ideas de Samael Aun Weor. Allí reíamos, nos burlábamos del mundo entero, hablábamos del fútbol rentado y del América de mierda que con sus millones oscuros había ganado los últimos campeonatos, de nuestros planes para el futuro, Pablo y Dumer abogacía y yo periodismo, tomábamos alguna gaseosa y la acompañábamos con papas fritas, y nos absteníamos de fumar porque no siempre los adolescentes o los jóvenes han fumado un cigarrillo o han anhelado hacerlo. No siempre. Nosotros éramos el ejemplo más claro. Allí conversábamos más de lo humano que de lo divino y en esas estábamos un miércoles cuando Clarita anunció la noticia que estaban dando en todas las emisoras y puso el radiotransistor a todo volumen en la puerta de su tienda de barrio. Y entonces oímos. Y supimos que iba a arder aún más el infierno.

 

Palacio2.jpg

La tarde era cálida y el sol se dejaba caer como un halago tardío del verano, un halago ajeno a toda premonición, ajeno a todo réquiem. Pero las voces de la radio colmaban la calle más que el sol y eran ellas las que de verdad nos quemaban luego del primer escalofrío de asombro.

—Esto es el infierno —dijo alguien y yo estuve de acuerdo porque supe que no se refería al sol, a este sol de lo frío que todos sabemos que siempre quema más.

—Habrá un golpe de estado —dijo otra persona que yo no había visto llegar.

Y fue en ese instante cuando descubrí que los habitantes del barrio estaban en la tienda no porque no pudieran escuchar las noticias en sus casas sino porque querían comentarlas, repetir frases de cajón o murmurar cualquier cosa con la esperanza de deshacer con ello el nudo que tenían en la garganta, de escupir el sinsabor. A lo lejos, como sonido de fondo, sobre los murmullos o acaso en medio de ellos, empezaba a sonar el traqueteo de unas metrallas.

—El ejército acordonó el lugar y ya tiene controlada la situación.

—Ahora sí a este país se lo llevó quien lo trajo.

—¿Y el presidente? ¿Qué dice el presidente?

—¿Qué va decir ese godo miserable? Nada dice porque le faltan pantalones.

—¿Cuántos son? ¿Cuántos están ahí adentro?

—Deberían recuperar el edificio a sangre y fuego.

—¿Se sabe algo de los magistrados?

—¡Quién lo iba a pensar! En pleno corazón de la capital. ¡Esto!

— ¡Y junto a la Casa Presidencial!

—¿Y Belisario? ¿Dónde está Belisario?

Palacio4.jpg

Ahora que lo recuerdo estaba yo expectante en medio de aquel murmullo y entonces descubrí que no tenía a mis diecisiete años una postura política y de verdad lo lamentaba. Lo lamentaba porque de tenerla la habría manifestado y defendido o… no sé, tal vez el horror no me hubiera dejado abrir la boca. Y también descubrí que el infierno no era que el Palacio empezara a arder sino que el infierno era que a la violencia se le respondiera con más violencia. Eso, justamente, ocasionaba que el Palacio ardiera en aquel noviembre pero también que el país ardiera desde siempre, desde los tiempos de Bolívar y de Santander, pasando por los de Mosquera y de Obando, por los de Gaitán y de Laureano, y por los de tantos otros que se habían hecho llamar los padres de la patria. Sí, en algún lugar sonaban disparos y parecía que nada, ni ahora ni después, podría acallarlos.

—Belisario no le pasa al teléfono al presidente de la Corte Suprema.

—Y no da la cara. ¡Eso es infame!

—Se oyen gritos, se oyen disparos.

—Yo no creo que el presidente esté al frente de la situación.

—Sí, se oyen disparos, se escuchan más detonaciones.

—Cambie de emisora, páselo a Radio Cadena.

—No, no, déjelo en Cadena Radial, es más imparcial.

—No sea ingenuo, ¿qué imparcial va a ser el director de noticias?

—¿Y el otro qué? Nadie es imparcial.

—Ya, ya, dejen oír y déjenlo donde está.

 

Palacio5.jpg

 

El infierno. Otro infierno, más pequeño, más cotidiano. Otro infierno hecho de voces, cual si fuera una réplica de ese gran infierno del Palacio que era reconstruido con las palabras de la radio. Y de fondo, como un decorado apenas apropiado, el infierno del país. Tal vez por eso sentía que el fuego me quemaba sin remedio y entonces me dejé arder en silencio hasta que el crepúsculo cayó y las personas se fueron retirando poco a poco para sus casas, entre incrédulas y ansiosas. Pero las voces y lo que ellas comunicaban ya se me habían grabado indelebles y, entonces, a la tristeza se le sumó la desesperanza porque a través de los sonidos yo vi que los tanques derribaron las puertas e ingresaron al recinto y vi el edificio consumirse en llamas. Como si hubiera estado allí.

 

Palacio6.jpg

Todos supimos después lo que pasó aquel miércoles y el día siguiente, los muertos civiles, los muertos subversivos, los clamores últimos y sin respuesta de los magistrados, las desapariciones. Sí, todos supimos lo que pasó: la verdad oficial la radio la repitió hasta el cansancio cada mañana, en un lugar del dial donde sonaba 6 a.m. 9 a.m. y en otro lugar del dial donde sonaba Radiosucesos, y de seguro que en otros lugares que yo no sintonicé. Y lo dijo la televisión en los noticieros del mediodía y en los de la noche. Pero el país intuyó que algo más había pasado, que se ocultaba mucho más, que aquellas voces se atragantaban de unas palabras para no decir otras, para evitar que dentro de unas imágenes dantescas se elevaran otras que terminarían siendo más dantescas todavía. Eso sugerían las voces que cuando hablaban parecían callar. Lo intuía yo en aquel instante porque en el país lo intuimos todos y por tal razón era vox populi en las aulas, en las cafeterías y en los senderos de la universidad a donde fui, y en cualquier lugar, pero la institucionalidad negaba y volvía a negar, evadía y volvía a evadir. Como siempre. Por eso me sorprende saber que ahora, veintidós años después, alguien que lo escuchó todo ha querido recordárnoslo. Quizás no a mí que estoy lejos. O quizá sí, justo porque estoy lejos. Pero no, no es a mí ni a nadie en particular: acaso es a todos, al país que siempre intuyó o al que negó y a ese otro país joven que a lo mejor ni siquiera sabe nada. Sí, ahora, aquí, muy lejos, me entero de que un hombre lo escuchó todo. Y ahora que lo sé, siento un escalofrío similar a aquel del noviembre lejano y me propongo imaginar esta escena nueva, esta escena recién ocurrida.

Entonces cierro los ojos.

Palacio7.jpg

 

Un periodista anuncia en la radio una primicia. ¡Vaya primicia! A las cuatro de la mañana. ¿Por qué a esa hora y no en 6 a.m.? El periodista cuenta, reconstruye: alguien, en el cuarto de una pensión escuchó, y ese alguien es un hombre ciego que por fin ha tenido voz y eco. Sí. Un hombre escuchó voces.

Voces de hombres trabajando, imagino que dirán los defensores a ultranza. Con las variantes respectivas: las voces del país, las voces de quienes cumplen el deber, las voces de aquellos que nos defienden de la barbarie, de la debacle, de la hecatombe. Como si de verdad alguna vez nos hubiéramos salvado de alguna.

Las voces de la infamia, imagino que dirán otros. Y habrá variantes, también. Las voces desnudas, sin máscara, de quienes abusan del poder, de quienes defienden el establecimiento, de quienes le cierran la puerta al diálogo.

Y yo, que he leído la noticia en el parpadeo de mi pantalla y escucho las voces de la radio en línea, mantengo aún los ojos cerrados e imagino ahora a aquel hombre entrar en una habitación húmeda y encender sus equipos de radioaficionado mientras le baja el volumen a la otra radio. Lo veo dudar un poco, moverse inseguro porque no distingue la cama con nitidez, porque la guitarra colgada tras la puerta se le deshace, porque la mesa es una sombra difusa, porque retira el asiento con un temblor irreversible en las manos, con un parpadeo nervioso. E imagino que se sienta y va de una estación a otra, igual que nosotros en el dial de nuestros transistores, y lo veo detenerse en unas palabras para después abandonarlas. Lo veo masajear los ojos cansados con sus dedos para luego seguir auscultando hasta que llega a un lugar donde se queda estático y decide pernoctar, como si fuera un peregrino en busca de consuelo. Pero no hay consuelo porque lo que oye, lo que percibe, le deja pasmado, al igual que le deja pasmado la conciencia de su percepción.

Las palabras.

Los sentidos.

Las sensaciones.

El universo.

Y como una especie de exorcismo decide con desasosiego que no está de más registrar aquellas palabras, aquel mundo, por si acaso, por si algún día alguien lo quiere escuchar a su vez. Lo imagino durante un largo rato sentado ante la mesa, ante sus equipos, ante aquellas voces, y luego lo veo ir a la cama y recostarse para masticar el dolor. Lo imagino, lo veo, sí, lo oigo en sus movimientos concretos. Y también lo imagino en abstracto. Imagino que no duerme ese día ni los siguientes y que de tanto insomnio enceguece más pronto, pero no por ello deja de cantar en los cementerios, con ahínco y ardor, con aquella voz gastada en que se ha convertido su voz, como si fuera ahora una conjunción de todas las voces adoloridas que acallaron en el Palacio. Y un día frente a una tumba recién cubierta es consciente de esa voz gastada, arruinada, de esa voz absurda e irreconocible que suele ser la voz propia cuando se la escucha desde afuera, y aquello es como una premonición. Entonces, como si entrara en un remolino demencial, sin ningún matiz, en el siguiente instante su voz está sonando en la radio, como si fuera ajena, completamente ajena, sí, diciendo que él ha oído. Y suena absurda también, gastada.

 

Palacio11.jpg

 

¿Por qué esa voz se ocultó a sí misma por tanto tiempo y dejó que el agua corriera?, preguntan algunos.

La voz suena jurásica, afirman otros, pues al fin y al cabo habla de cosas del pasado, de cosas de otro siglo.

Pero no, esa voz es de hoy, es actual, y empieza a flotar en el espectro, sobre los espectros, una y otra vez, y martilla y hurga heridas. Y detrás de esa voz vienen las otras voces, las de la institucionalidad subrepticia o, mejor, las de la institucionalidad de acceso restringido, unas voces frías y vengativas, con ínfulas mesiánicas, soberbias casi siempre, sin duda agresivas y despiadadas. Y entonces todos confirmamos lo que durante más de veinte años hemos intuido, aquel secreto a gritos. Pero los desaparecidos no van a aparecer y los muertos no se han de levantar ni aunque el hombre ciego cante ante ellos en el cementerio. Mañana o acaso antes, esta tarde, esta noche, lo han de olvidar, lo hemos de olvidar. No habrá artículos editoriales hablando de él ni de las voces reveladas, no habrá columnas de opinión de gentes de izquierda, ni de gentes de derecha, ni de gentes de centro. De nadie. Y el hombre ciego morirá olvidado.

Abro los ojos.

La pantalla ya no parpadea y ahora, en el centro de la mesa, es sólo un extraño agujero negro. Eso creo. Sobre ese fondo vuelvo a pensar en el hombre cuando oye las voces y en el hombre cuando canta ciego en el cementerio. Pienso en ello muchas veces. Y pienso en que mientras él, allá, entona sus canciones como un réquiem, yo leo la prensa virtual en España y escucho la radio en línea. Y en esta ciudad no imaginaria, a mi desesperanza se le suma la tristeza. Y la rabia sin fondo.