7 de abril de 2017

Reseña literaria 

El vértigo y la noche

El 7 de abril de 1991 se perpetró la masacre de Los Uvos, en el Sur del Cauca, donde fueron asesinadas 17 personas. La novela No solo la noche es oscura, de Juan Carlos Pino, retoma algunos aspectos de esta tragedia y los entrelaza con historias de exilios políticos y periodísticos. Aquí, la reseña de un libro que insiste en la importancia de hacer memoria.

Por: Mónica Chamorro Mejía

No solo la noche es oscura

La violencia, en la nueva novela de Juan Carlos Pino Correa, no solo es oscuridad: un puño feroz y ciego que golpea sin razón, un monstruo ciclópeo que mora en el centro de la noche. La violencia, en “No solo la noche es oscura” es también y de un modo profundo ausencia, frío y vértigo.

Quisiera empezar por la ausencia, ese “infinito negro donde nuestra voz no alcanza” en la noche inmortal de José Asunción Silva y que, en la obra de Juan Carlos Pino, es el infinito de la incerteza, el infinito de la distancia y el infinito de la muerte. La ausencia es la incerteza del destino de los inmigrantes que deben arrojarse en el centro de una realidad que no saben descifrar; es la distancia geográfica del exilio y es también la distancia definitiva de la muerte. Pero tal vez lo más dramático de todas estas ausencias es que son siluetas palpitantes, fantasmas que caminan como muertos vivos. Es una ausencia terrible que no admite el olvido y que condena a la memoria a una condena circular.

Los fantasmas de los muertos y de los vivos que deambulan por las páginas del libro claman justicia, una justicia que no solo corresponde a la justicia lenta, errónea o inexistente de este mundo. Son voces que se alzan hacia la historia, que amenazan con tropezar el paso desenfrenado del mundo y que con su voz cavernosa recuerdan las voces de las ménades en la gran tragedia griega.  Lo expresa así un personaje de la novela, una mujer que fue esposa y que ahora se acuesta todas las noches con su dolor: “Yo no puedo decir ni que hayan sido los guerrilleros, ni que hayan sido los soldados ni nadie porque a mí no me consta. Yo apenas llegué ahora y no he visto nada. Pero lo que sí sé es que mi Saúl no me lo debía nada a nadie”.

Este es el meollo de la ausencia de esa noche oscura.

Vayamos ahora al frío de esta oscuridad. El hielo sopla en cada página del libro. En las calles desoladas de España, en las plazas, en las habitaciones que son descritas como viejos hospitales, abocadas a un verdor lúgubre. El frío está presente en la cabina del avión que surca el Atlántico y tiembla bajo el poder del viento; en el locutorio donde los desesperados del mundo van a buscar el consuelo momentáneo de una llamada telefónica. Hay escalofríos en esos pechos que caminan por el asfalto sin sentir el corazón, pues todo lo que podía rescaldar y entibiar se perdió o se quedó del otro lado de la ausencia. Hay temblor en el árido Sur del Cauca, donde lo único que parece reptar por el suelo desértico es la barbarie. Allí ni siquiera el ardor del medio día destierra el hielo del horror. Hay frío en el polvo, en el azul del paisaje, hay frío incluso en el sol que descubre ante nuestros ojos lo innombrable.

Los UvosHay hielo en las voces de los huérfanos, de las viudas, de los amantes separados; frío en las palabras que se cruzan con sonidos ininteligibles porque son incapaces de expresar tanto dolor y en los gritos que parecen retumbar en un valle profundo rodeado de montes que solo repiten el propio eco. Y ese valle gélido no tiene fin, porque no se acaba en las montañas cercanas a Los Uvos, ni termina cuando los Andes se convierten en Alpes. Ese valle sordo parece ser el universo.

Y por último, el vértigo; quizás la sensación más poderosa que provoca la prosa controlada y limpia de ese gran periodista que es Juan Carlos Pino. Hay un vértigo permanente y profundo, porque en cada página el no saber dónde termina la ficción y donde empieza a cortar sin clemencia el filo de la verdad, nos llama a la pérdida del equilibrio y, en ocasiones, a la náusea. El autor nos hace una advertencia preliminar acerca de los hechos narrados; nos dice que se ha inspirado en lo realmente sucedido pero que también ha recurrido a la ficción. Desde mi punto de vista, esta advertencia no disminuye la veracidad del relato pues desde siempre –ese siempre que está teñido para occidente de Grecia– lo literario, aún antes que naciera la reproducción mecánica del mundo (con esto me refiero a la fotografía y la grabación de audio y de video)  ha sabido retratar el núcleo de la verdad. Por ejemplo, en la voz de Homero entendimos con Aquiles y Patroclo, el valor de la amistad; con Ulises, la potencia de la astucia capaz de derrotar a los dioses, y con Penélope, la paciencia de la lealtad. En sus hexámetros, Homero reveló en el siglo VIII a. C. muchos de los tópicos que ya entonces  eran humanos demasiado humanos.

Esto sucede en la novela de Juan Carlos Pino, quien nos conduce a través de un trayecto desquiciado en el que las formas propias de la escritura periodística se usan como estrategias ficcionales. Nos movemos en el filo de una navaja donde todas las voces, las reales y las literarias, nos gritan al oído su versión. Hay un resquebrajarse, un romperse del suelo firme que nos ofrecen las formas que solemos vincular con las narrativas de lo real. La crónica, el testimonio, la entrevista en “No solo la noche es oscura”, nos prometen una veracidad que nos negamos a desmentir pese a las advertencias del autor. Sabemos que quizás hay hechos que no corresponden a la historia, esa que pretende ser objetiva y que funda sus promesas en los datos, las fechas, la constatación de los fenómenos y las cifras. Sin embargo, nos invade la nausea de la sospecha. Perdemos el equilibrio porque una voz nos susurra que esa historia con mayúscula, la que aparece en los manuales y en los informes, poco importa, porque lo único que nos ha sido dado conocer del mundo es solo una versión, un pobre relato; uno solo, uno, entre muchos. Y aun ese relato es por naturaleza falible y transitado por nuestros propios fantasmas.

“No sólo la noche es oscura” nos conduce a las fuentes de unos hechos a los que se suele responder con sordera y ceguedad, pero que en este caso no podemos evitar; nos resulta imposible volver la mirada hacia otro lado y cerrar los oídos. No podemos hacerlo porque justamente Juan Carlos Pino Correa no nos habla con las razones del rigor, de la precisión o de la historiografía. No pretende el privilegio de la revelación de la certeza. Su capacidad de conexión con lo real proviene del adecuado uso de la retorica literaria y del apelo a lo ficcional para estremecernos con sensaciones. Y es allí, en ese vórtice de frío desértico, de negra ausencia y de vértigo, donde la terrible verdad de esa noche oscura que parece no terminar,  resplandece.

Ficha del libro:

Título: No solo la noche es oscura

Autor: Juan Carlos Pino Correa

Editado por: Sello Editorial de la Universidad del Cauca

Año de publicación: 2016

Nro. de páginas: 118

Precio: 25.000 pesos