15 de mayo de 2017

Literatura

Rulfo, cien años

Este 16 de mayo se conmemora un siglo del nacimiento de Juan Rulfo, escritor mexicano que dijo mucho en lo poco que escribió y después supo callar. Homenaje a las palabras del autor de Pedro Páramo y El llano en llamas. Y a sus silencios.

Por Juan Carlos Pino Correa

juan rulfo

“Es que se murió el tío Celerino que es el que me contaba las historias”, recuerda Enrique Vila-Matas que afirmaba unas veces Juan Rulfo para justificar su renuncia a la escritura. En otras ocasiones decía que “hasta los marihuanos publican libros. Han salido muchos libros por ahí muy raros, ¿no?, y yo he preferido guardar silencio”.

Pero quizá sus palabras solo fueran un pretexto porque en el fondo sabía que ya no necesitaba decir nada más. Un poco más de doscientas páginas le bastaron para hacerse a un lugar de honor en la República Mundial de las Letras.

Y es que Rulfo sella definitivamente la literatura de la revolución, al tiempo que propone un nuevo abordaje narrativo de la novela hispanoamericana. En dos libros publicados, El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), logró pintar la desolación del paisaje exterior que parece el reflejo del purgatorio que viven internamente los habitantes del México rural, de Latinoamérica toda. No obstante, sus personajes y escenarios trascienden los espacios geográficos y se convierten en regiones ambiguas y malditas donde cualquier cosa puede suceder y donde no hay una sucesión en el tiempo.

9 Juan Rulfo Pedro Paramo

El libro de relatos titulado El llano en llamas retoma los temas del odio, la venganza y la violencia, contados con un lenguaje tranquilo, pausado y coloquial que sirve para retratar a las víctimas de un proceso revolucionario que terminó diluyéndose sin cumplir con sus promesas. Jean Franco dice que en esta obra “el lector es como el oído del confesor, inclinándose a recoger las últimas palabras de los condenados, apenas capaz de desentrañar el sentido de hechos cuyos móviles originarios se han perdido en el tiempo o en la oscuridad”.

En Pedro Páramo, Rulfo transita magistralmente y con una concisión inigualable, por diversas geografías espaciales y temporales con gran naturalidad, de tal manera que la representación tanto de la realidad como de la imaginación es ambigua, en contravía de cualquier lectura racional. “Los personajes conversan, entablan relaciones, traman sus desquites y expresan sus desilusiones, pero en realidad son fantasmas vacíos de vida, vagos cuerpos que salen por los huecos de casas polvorientas, recorren calles desiertas, barridas por el viento, y se comunican entre susurros y resonancias huecas”, dice José Miguel Oviedo.

Esos murmullos, que no dejan de contar sus penas y sus tragedias, terminan devorando a Juan Preciado, el hombre que ha ido a Comala en busca de su padre: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”.

Randholp D. Pope afirma que la novela “puede leerse como una tragedia griega, con las voces de los muertos que desempeñan la función del coro del pueblo”. Y Eduardo Becerra nos recuerda que Comala es el infierno al que desciende Juan Preciado, un lugar “donde vivir es haber cometido ya el pecado original y, sobre todo, ámbito donde la muerte ya no es la liberación sino la prolongación de la existencia condenada del hombre”.

Sobre esa existencia condenada, sobre esa no liberación, diciendo poco, Rulfo dijo mucho. Y no necesitó decir nada más.