23 de Mayo de 2017

Opinión

La dimensión política del meme

En un mundo colonizado por las redes sociales, la frontera entre lo público y lo privado se desdibuja sin tener consciencia muchas veces de la vulneración de los derechos de los demás. En un entorno universitario es necesario abrir un debate serio sobre los contenidos de las redes y sobre el papel que juega la risa, que a veces deja de ser política para convertirse en agresión.

Por: Andrea Calderón Villarreal

Andrea

La risa constituye una de las herramientas del pueblo para conjurar los poderes del sistema, tiene sentido porque desmitifica un miedo, se dirige a alguien o a algo concreto, enfrenta con gallardía un poder, encarna la consciencia del burlador y a la vez llama al burlado a lo mismo.

En tiempos del carnaval antiguo, el pueblo la usaba para realizar un proceso catártico y continuar con su vida diaria, para soportar la inclemencia de la realidad, era una risa que generaba un renacer, el burlador no se dedicaba a enjuiciar, sino que se atrevía a reirse de sí mismo, de ahí que la risa se tornara política, que contribuyera a generar consciencia y dosis de realidad.

La risa política y los mecanismos para producirla constituyen herramientas valiosas para la cultura popular, son formas de expresión sanas que liberan jocosamente la violencia que se acumula en la vida de los individuos, rinde homenaje al caracter creativo del ser humano y ante todo le permite volver a empezar.

Desafortunadamente la modernidad y sus formas blandas de represión permearon a dicha herramienta del pueblo, la coptaron y la oficializaron convirtiéndola en la mayoría de los casos ya no en una risa y una burla que apela a la igualdad y que rebaja para reivindicar el sentido de lo humano, sino en una risa y una burla hueca, que alimenta la necesidad de reconocimiento social de unos pocos en detrimento de la honra, buen nombre, privacidad, entre otros derechos de los demás.

La libertad de expresión e información ha sido un derecho peleado y ganado por múltiples generaciones; en contextos hostiles y vedados ha servido para a través de la risa y la estética realizar críticas sociales y generar consciencia. Algo a lo que el reconocido autor Walter Benjamin llamó Politización de la estética y que puesto en marcha particularmente por jóvenes consiguió hacer evidente la voz de inconformidad en contextos como el nazismo en Alemania, como la dictadura de Argentina, Chile, Brasil, como la España franquista, como la Colombia corrupta, como la intolerancia racial, de género, de clase...

Cuando la risa tiene un objetivo, cuando se aplica a un individuo o institución los convierte en símbolos, los pone en evidencia como representantes de alguna vejación, violación o exceso, pero cuando no se sabe porqué se ataca, cuando la burla o la risa se convierten en una encomienda, se quedan en el vacío, traicionan su razón de ser.

Me apasionan las burlas con contenido, las disfruto y celebro, alabo la elegancia y maestría de algunos seres humanos para reír y para hacer reír, para poner la realidad en forma de caricatura, de meme, de gif, me agrada descubrir herramientas de resistencia en un mundo que ha caido en la mayoría de los casos en el facilismo y la obviedad.

Los memes son espectaculares, consiguen resumir en una imagen muchos aspectos que una sociedad reconoce y administra culturalmente, son capaces de generar el efecto catártico que realizaba la risa en tiempos del carnaval antiguo, pero también corren el riesgo de pasar a formar parte de un cúmulo de violencia sin sentido que necesita ser expulsada sin considerar consecuencias.

Como Comunicadora Social, me pregunto qué sentido tiene, qué institución se destruye, qué figura de poder se derroca al convertir en objeto de burla a una persona desconocida, que no gusta de las redes sociales, particularmente de Facebook y que ha decidido mantenerse al margen de las mismas.

La semana pasada me convertí en figura pública gracias a este meme, por demás simpático y amable, considerando el currículum del personaje con quien se me compara. El problema es que me convertí en objeto de burla no por representar a una institución sino por algo tan inapropiado como mi derecho constitucional al libre desarrollo de mi personalidad.

Llama mi atención profundamente, que en una institución caracterizada no sólo por sus cualidades académicas, sino ante todo por sus cualidades y virtudes humanas, se presenten este tipo de burlas, llama mi atención aún más que a los jóvenes, a los herederos de la resistencia, les interese más burlar públicamente a un docente por su atuendo y generar likes que violar derechos constitucionales con ligereza.

El derecho a la libertad de expresión e información, es un derecho sagrado por el cual muchas personas lucharon, no para burlarse de la ropa, las discapacidades físicas, la falta o exceso de belleza, sino para  ganar en representación y con ello en existencia.

Me resulta profundamente lamentable que estas expresiones vacuas y ordinarias lejos de representar las formas de catarsis propias de la cultura popular, con las que estoy completamente de acuerdo, rayen en el irrespeto, la vulgaridad, la intolerancia y la violencia de género.

Considero que en una Universidad que emprende un compromiso con la paz, no sólo se debe mirar lo que conocemos como posconflicto, sino lo que ocurre al interior de nuestra propia familia académica. El respeto, la tolerancia, la crítica con fundamento es sana, necesaria y debe perdurar, pero la crítica irresponsable, vacía y por mera diversión nos pone en evidencia como una sociedad que se forma para destruir por el burdo placer de destruir.