05 de junio de 2017

Crónica de viaje

Una dulce introducción al caos

La Barra es una playa virgen del Pacífico colombiano ubicada en la zona rural de Buenaventura, específicamente en el parque natural Uramba Bahía Málaga. Adentrarse en ella es una experiencia fantástica, llena de color, pasión y sabor. 

Por: Angélica María Guzmán M.

 

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No lo sabía, pero era veneno corriendo entre mis venas. Todo era narcótico, tóxico, encantador. Amaba cada dosis de apego que se transformaba en un sentir extraño, en un vacío que recorría todo mi pecho. Era la sensación de estar en las nubes divisando la majestuosidad del océano, mientras poco a poco cada suspiro se llenaba de momentos que hoy sólo guardan experiencias de una dulce y exquisita condena.

Esa tarde, cuando el sol pegaba en mis piernas al fondo sentía la canción con la que tanto soñaba. Narcótico, narcótico, narcótico. Sentirla, era uno de los placeres más grandes de la vida. Un par de miradas, unos cuantos abrazos y unos cuantos besos. Ese día todo era diferente. Tenía el mundo entre mis manos y lo tenía a él.  Estar justo frente al mar con un par de cervezas en la mano y uno de esos cigarrillos que dan risa, bastaban para sentirme plena. Nuestros pies llenos de arena, troncos de madera que iban y venían, los rayos del sol golpeando la playa, un gato bebé corriendo a la orilla del mar, unos negros  que se lanzaban precipitadamente ante las gigantescas olas pacíficas y nosotros dos, sentados, mirándonos y teniéndonos. No era necesario hablar, sino sentir, contemplar, admirar y sonreír, porque lograr sentarnos justo en ese tronco de madera que daba vista al mar, era el resultado de un largo camino, el mejor camino que he recorrido en mi vida.

Y de nuevo la canción. Narcótico, narcótico, narcótico. Escucharla era todo un placer, pero sentir, llegar a sentir es el analgésico más curativo para el alma. Sólo se trataba de querer, aun sabiendo que en un abrir y cerrar de ojos la realidad se desvanecería y lo vivido quedaría en un lindo recuerdo que sólo se podría revivir en la memoria. Pero ahí estábamos, en una playa del Pacífico colombiano, donde sus manos frías, su misteriosa y oscura mirada, sus inseguridades y sus miedos se hacían más latentes. Era mi veneno, poco a poco me iba consumiendo, pero también era mi medicina.

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La madrugada que salimos de casa estábamos muy sonrientes. Llevábamos días esperando ese momento. Íbamos sólo los dos y sentíamos que llevábamos con nosotros el secreto más grande del mundo. Cuchicheábamos, nos mirábamos, nos besábamos. ¡Vaya! ¡Qué efímero! Pero caminamos juntos y eso me hacía feliz. El camino a ese mar era largo, no sabíamos cómo llegar, teníamos una vaga idea por un blog que encontramos en internet y aun así, nos lanzamos: nuestra meta era La Barra. 

Lejos. Lejos. Muy lejos. Pasamos montaña tras montaña, pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad. En unas frío, en otras calor. Nos reíamos. Sí que disfrutaba esas sonrisas compartidas. Era feliz, mi felicidad estaba ahí, entre el tacto, el gusto, el oído, la vista, el olfato. En el calor de Buenaventura éramos los dos caminando entre las calles ardientes, cada paso que dábamos era pasión, sentimiento. Una total exploración. Una aventura. Una travesía.

El sabor pacífico estaba lleno de color, de chondaturo, de limonada de coco, de guaguancó. Se sentía la alegría y el entusiasmo en el ambiente. Todos sonreían y nosotros caminábamos extasiados, con la cara roja y el cuerpo cansado, mucho voltaje para un par de patojos arrítmicos y sin gracia. Luego seguimos por Juanchaco, Ladrilleros y Piangüita, unos cuantos gringos en la lancha, una familia completa y una gorda que nos quitaba estabilidad. Fue una larga hora para llegar a esas playas. El famoso salto del tigre y la gorda que con sólo moverse nos hacía sentir que pronto caeríamos al mar, entre los pelícanos que nos daban un concierto de cacería, mostrándonos picardía e inteligencia. La gente gritaba. Los niños lloraban y nosotros reíamos. Disfrutar era la clave, porque sin clave no hay guaguancó.

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Y regresaba la canción. Narcótico. Narcótico. Narcótico. Como el himno de bajada de una comprometida lancha que nos llevó hasta las aguas de Juanchaco, donde emprendimos un camino más a nuestro destino. Hacía mucho sol. Llevábamos unas grandes maletas y un par de bolsas en las manos. Los negros nos veían y nos abordaban con su peculiar forma de hablar: “Oye amigo, pa’onde vas, los llevo en moto taxi a seis pe” y embarcamos un mototaxi que nos dejó en Villa Paz. El ambiente era diferente al caribeño. Casas de madera, negritos corriendo entre los charcos de lodo, el tractor como transporte masivo, las carcajadas y los bullicios propios del Pacífico que me hicieron pensar en ChoQuibTown, en Timbiquí y en una monja que se llamaba Daveyba Guazá. Era puro sabor. Nosotros reíamos, llevábamos doce horas viajando y aún no llegábamos. El sol nos estaba consumiendo.

Las maletas no ayudaban mucho y el camino era largo y pecaminoso. La tierra por la que caminábamos era densa, los malos movimientos nos hicieron hundir un par de veces en el fango y soltábamos carcajadas. Recuerdo muy bien cómo dos negros me ayudaron a sacar del lodo a mi canción favorita. Quedó atrapado y cada que se movía se hundía más. Pensé: estamos perdidos. Pero la risa me invadía mientras encontraba ayuda. Íbamos sucios, sudados, con hambre, sed y sueño. Caminar más de una hora por una carretera sin sombra fue difícil. Nos conducía el sonido del mar, sonaba cerca pero a la vez lejos. Casi que nos tocaba los pies. Y al fondo, como un instrumental se escuchaba entre el balbucear narcótico un te amo.

Hasta que por fin Bahía Málaga nos dio la bienvenida a una playa virgen que muchos desconocen. La entrada fue tan significante, que todavía tengo la voz del negro Rey en mi cabeza  ofreciéndonos su cabaña. Se reía de ver a un par de jóvenes inexpertos y aventureros llenos de lodo, buscando aventuras pacíficas en la playa más linda: La Barra. Tenía una voz chillona, era extremadamente flaco, narizón y arrecho, como suelen decir por esos lados. Nos contaba historias de amor que surgían en la noche, cuando la marea descansaba. Era tan explosivo que siempre andaba con un viche en la mano y un radio de pilas, escuchaba canciones bien tristes y románticas. A nosotros nos daba risa. Y mi canción favorita sólo hablaba con él. Fue nuestro guía turístico en ese pequeño lugar que ahora tiene tanto significado.  

Llegamos y descansamos. La cabaña era cómoda, nos teníamos que bañar con agua de lluvia que se estancaba en un balde grande y azul. Fue en ese lugar que dimos nuestros primeros gritos de felicidad, por llegar, por conseguirlo. En ese momento entendí lo momentánea que es la felicidad, sólo es un par de segundos que se envolvieron entre el agua, la risa y el llanto. Sentí como si el mundo se detuviera, como la primera vez que das un beso, como los latidos de tu corazón cuando ves a alguien que te gusta, como hacer el amor, como meter el dedo en la lecherita y pasarlo por tu boca dejando que el dulce se derrita en tu lengua, como salir a correr sin que nadie te detenga, como volar bajo las letras de Hermann Hesse, como orinar después de haber aguantado mucho tiempo, como subirte a la cima de un árbol y dejarte mecer por el viento, como el abrazo de tu abuelo, la sonrisa de mamá y el despeine que causan las olas bajo el mar. Todo eso éramos los dos.

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Nos dirigimos al tronco de madera, ese que nos mostró el sol, que nos desnudó y nos hizo suyos. Ahí donde comenzó la historia, donde la vida pasa más lento, donde los sueños se hacen realidad, donde nada más importa sino nosotros. Donde se enciende un cigarrillo, se toma un poco de whisky y se siente lo narcótico que es el amor. Tóxico, dañino, hipnótico. El tronco de los deseos, de los sueños, de la fantasía. Donde se volaba con un beso, donde se recorría el mundo entero con una mirada, donde se compartía una caricia, donde la perfección existía. Pero también el dolor, el apego, la destrucción. Miraba alrededor y veía felicidad estando en un lugar desconocido que nos abrió paso a infinidad de aventuras. El sol que daba en mi pecosa nariz y la brisa que golpeaba a mi canción favorita me envolvía de nuevo en la canción. Narcótico. Narcótico. Narcótico. Amé verlo desde el tronco de madera. Amé ver cómo las olas lo revolcaban en la arena. Amé ver cómo desde lejos, en medio de una gigantesca ola, me saludaba. Todos esos sentires se quedaron ahí. Por cuatro días nos sentamos en el mismo tronco. Las fuertes olas nunca lograron arrebatárnoslo, era nuestro. Pero en él no todo era tranquilidad, también había un poco de angustia, de ahogo. Juntos éramos la sinfonía perfecta, pero esa sinfonía sólo sonaba bien en el tronco de madera que daba vista al mar. Alejarnos de él abrió paso a una infinita tormenta que todavía no acaba.

Irse, marcharse y regresar a la realidad me hacen pensar en el bendito tronco. Me gustaría haberlo traído conmigo, porque tal vez desde esta lejana ciudad me habría mostrado de nuevo el mar y con él una vez más ese efecto narcótico, esa libertad, esa condena, ese desorden, esa locura.

Y sólo por eso, aún retumba en mi cabeza el tronco de madera que daba vista al mar, porque él fue mi dulce introducción al caos.