7 de junio de 2017

Crónica de viaje

Descubrir una ciudad

Medellín no solo es una de las urbes más innovadoras del mundo sino que posee varias caras. De unas hablan todos y de otras se prefiere huir. Crónica de un miedo, de un despertar y de un extravío.

Por Olga Lucía Volverás Ocampo

medellin

 Mientras asciendo por la montaña, desde la cabina del metrocable percibo un ambiente distinto. La vista panorámica que ofrece la altura me deja entrever, en medio de los techos de zinc, una terraza a medio terminar. Ahí, una mujer sonriente alista sillas y una parrilla, al parecer para un asado.

Un fondo de música salsa que se mezcla en menor volumen con una canción de Darío Gómez, conforma el paisaje sonoro del barrio que sobrevolamos. A ello se suman los gritos y risas de los niños y los pitos de los carros. Varios metros más arriba, aparecen de golpe los grandes y coloridos murales que adornan las calles de Santo Domingo Savio.

Llevaba dos semanas en el Valle de Aburrá y había conocido lugares como el Museo de Arte Moderno de Medellín, cautivador no solo por su diseño, sino por las obras que en él se exhiben. Fui al Museo El Castillo, atractivo por su estructura basada en la arquitectura de la edad media y por los siete diferentes jardines que allí se encuentran.

Caminé por el Parque de los pies descalzos, por el de los deseos, por el de El Poblado y hasta por el de Las Luces. Estuve en un concierto en el aeroparque Juan Pablo II, donde además de prestar el servicio de centro acuático, se realizan festivales musicales y en época de ferias se pueden encontrar las tradicionales fondas antioqueñas.

Como cualquier turista, también visité algunos centros comerciales como el Santafé y Mayorca. Vi la Medellín de los grandes edificios, de los carros y motos lujosos, la ciudad promotora de la innovación y del progreso, esa Medellín de la que tan orgullosos nos sentimos los colombianos.

Era domingo en la mañana y el sol calentaba implacable. Junto a mi familia, me dirigí a la estación de metro más cercana para tomar el camino al parque Arví, ubicado en el corregimiento de Santa Helena.

Como todos los días, el metro iba lleno. La estación Acevedo estaba colmada de turistas, tanto extranjeros como colombianos provenientes de diferentes partes del país. La fila para el metrocable era considerablemente larga, pero mientras avanzaba, aproveché para observar desde ahí el nororiente de la ciudad. La vista no solo era abrumadora por las gigantescas lomas llenas de casas, sino por la notoria diferencia con las calles que había recorrido durante los últimos trece días. Era como si se tratara de otra Medellín.

metrocable

Subí al metrocable y una señora de unos cuarenta y cinco años se sentó a mi lado. Le pregunté por el recorrido del transporte hasta el parque y me dijo que no me bajara en ningún lado, que siguiera derecho. Mi intención de conversar me hizo comentarle que era la segunda vez que utilizaba el metrocable, a lo que ella me respondió sonriendo que ese era su medio de transporte cotidiano, que todos los días salía muy temprano a trabajar y regresaba entrada la noche, pero que por ser domingo el retorno se hacía más temprano con la intención de descansar.

El metrocable, inaugurado en el 2004, atraviesa la comuna uno de Medellín, pasa por la estación Andalucía, Popular, Santo Domingo Savio y finalmente la del Ecoparque Arví. Mientras la cabina asciende, se pueden divisar las calles, los parques donde juegan los niños y se reúnen los adultos. Se alcanza a ver el sinnúmero de escaleras que recorren la enorme montaña. A pesar de la altura, se escucha suavemente la denominada música “popular”, más adelante se escucha salsa y se ven los techos de las casas que conforman el paisaje.

Ver esta parte de la ciudad me recuerda cuando tenía aproximadamente doce años. Me encontraba en el centro de Popayán y tomé un bus equivocado. Empecé a ver casas y calles diferentes a las que transitaba normalmente. Entonces el pánico me invadió. La ciudad era mucho más que las paredes blancas que inundan el centro y la religiosidad de la que tanto se precia. Había una cara de la ciudad que se quería ocultar y de la que casi nada se hablaba. Descubrirla me dio la sensación de salir de una burbuja. Esa misma sensación que me había invadido años atrás en Popayán, es la que experimento al pasar sobre esta comuna.

Recorro el parque Arví. La sensación refrescante de respirar un aire puro se sobrepone a todo. Ya casi termina la tarde y la fila para subir al metrocable de regreso empieza a crecer. Me informan que esta línea solo me lleva hasta la estación de Santo Domingo Savio; allí hay que bajarse en una parte de ella, pasar a la siguiente para acceder a la línea K del metro y volver a la estación Acevedo. 

El recorrido de un lado a otro implica salir de la estación y transitar dos calles del barrio Santo Domingo Savio, el cual ha sido estigmatizado como uno de los principales focos de violencia dentro de la comuna. El ambiente aquí es distinto, se ven niños sonriendo, jugando, se siente más calor humano, más alegría. Se escuchan diferentes tipos de música provenientes de las casas, entre ellos el rap, ese que es usado no solo como medio de protesta, sino como una alternativa a las drogas y la violencia.

Camino en medio de los puestos de comidas ambulantes, los carritos de dulces y las personas, mientras siento las miradas de cada una de ellas, la mirada que se puede tener frente a una extraña, una turista.

A medida que avanza la fila para ingresar nuevamente a la estación, alcanzo a observar la diversidad del paisaje, de sus murales, de sus colores, de su alegría, de sus habitantes. De repente una mujer que va acompañada de su esposo e hijos dice tranquilamente que le gustaría vivir aquí. Yo, horrorizada, no comprendo cómo puede querer que los niños crezcan en un entorno aún marcado por la violencia.

Entonces entiendo que el temor a lo desconocido, a aquello que no se ha experimentado, y específicamente el miedo a transitar algunos sectores de las ciudades, están arraigados, pero sobre todo son impuestos y reforzados por los medios de comunicación y la sociedad en general.

Entro en la cabina y tengo la extraña sensación de que al mismo ritmo que descendemos, también va cayendo la noche sobre el Valle de Aburrá. 

Desde el cielo se puede apreciar un atardecer de cualquier postal. Llego a la estación Acevedo y de inmediato tomo el metro que va hasta La Estrella. A medida que el ‘gusano metálico’ avanza, las lomas repletas de casas empiezan a desvanecerse, a quedarse atrás como si fueran ellas las que huyen, casi que en sincronía.

En el paisaje comienzan a aparecer los grandes e imponentes edificios. Y así, con la misma rapidez con que avanza el metro, continúa la vida. Con esa misma rapidez olvidamos la otra cara de la ciudad, esa en la que por miedo, no habitamos ni queremos habitar.