23 de septiembre de 2017

En el Parque Caldas con una caja y un cepillo

El arte de un lustrador

Breve crónica sobre un hombre de pocas palabras, pero sí mucha experiencia en el oficio de lustrar calzado. En la música, el cine y la televisión se ha hecho referencia a personas que de manera silenciosa le dan brillo al andar de los demás.

Por :Fernando Rojas y Renée Orozco

 

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Quizá para varios de los jóvenes de los tiempos de hoy, pasar por el asiento, banco o sillín de un lustrador de calzado no es algo común o es impensable. El predomino del uso del calzado informal, en su mayoría calzado deportivo, impide que las nuevas generaciones interactúen con personajes que desde hace mucho tiempo se han establecidos en plazas y calles de las distintas ciudades y pueblos. Desde la proliferación del calzado de cuero, la profesión del lustrabotas surgió y se estableció hasta estos momentos, aunque es incierto el futuro que les espera.

Esta profesión, aunque en ocasiones es estigmatizada, ha sido tema para cineastas y músicos. El cantautor de boleros, son cubano y guaracha Miguel Ángel Valdés, dedicó estas palabras en su canción ‘El Limpiabotas’:

“Soy el limpiabotas,

traigo crema blanca, traigo crema negra...

El que quiere que el zapato quede limpio y con su brillo,

hay que darle duro al trapo y meter bien el cepillo.

Hay quien dice que este oficio no requiere condición,

pero en verdad yo le digo que nací con vocación”.

 

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Por su parte, el director italiano Vittorio De Sica, en 1946, estrenó su película llamada “El Limpiabotas”, donde trata sobre dos niños en la Italia de la posguerra que trabajan en este oficio. A nivel latinoamericano, el mexicano Mario Moreno “Cantinflas”, en 1956, interpretó a un ‘bolero’ –como se le dice en México a un lustrabotas–, en la película “El Bolero de Raquel”. Y en Colombia, imposible olvidar a Heriberto de la Calle, personaje representativo del gran Jaime Garzón. Ya en la vida real, la historia colombiana nos cuenta que el asesino de Gaitán, Juan Roa Sierra, fue detenido por un lustrador.

Con todo este bagaje sobre los lustrabotas, un viernes por la mañana nos dirigimos al Parque de Caldas en busca de alguien que nos contara su historia. Abordamos a un primer personaje que nos causó curiosidad pues no tiene un lugar fijo como los demás, pasea el parque con su caja y lo que nos dijo fue: “mire, el viejito del sombreo de allá les puede ayudar con lo que andan buscando”. Con la respuesta, prácticamente nos dijo no; sus razones: que llevaba muy poco tiempo en este trabajo y no sabía mucho del asunto. Le preguntamos cuánto llevaba trabajando y nos dijo que cinco meses.

Llegamos  donde “Chucho”, como él se hace llamar y lo saludamos. Con desconfianza, mientras lustraba los zapatos de un cliente nos preguntó cómo nos llamábamos y qué estábamos buscando. Le contamos lo que queríamos hacer, un fotorreportaje de un embolador de zapatos del centro, y él nos dijo: “las preguntas que quiera se las respondo, eso sí, sin fotos, y no es embolador, es lustrador de calzado”.

Acordamos no sacar fotos de su rostro y que nos diera la entrevista. Accedió, las respuestas a las preguntas no fueron más de un sí o un no, acompañada de una corta frase. Era curiosa tanta desconfianza con nosotros, pues es una persona que lleva 40 años en el trabajo y conversando a diario con los clientes. Tanto escepticismo no era otra cosa que fruto de los estereotipos sociales y la discriminación que ha tenido por trabajar en el centro lustrando zapatos.

Nos contó, que el trabajo que tiene es mal visto por la gente, piensan que no es digno y que trabajar en el centro es de delincuentes. Es patojo raizal, como él mismo se llamó cuando le preguntamos si era de Popayán. Chucho se levanta a las siete de la mañana a trabajar y se va a las seis de la tarde. Aunque este horario varía según el estado de ánimo en que esté, pues como tal él es su jefe y él determina su horario.

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Mientras cobra los tres mil pesos de la lustrada de zapatos a su cliente, nos da a entender con pocas palabras que personas como nosotros nos aprovechamos de su trabajo para burlarnos o generar pesar sobre ellos, por eso el recelo que le tiene a las fotografías que le saquen extraños. Le preguntamos por los turistas, por el terremoto de Popayán, del cual solo dijo que ese día no salió a trabajar porque era muy “sardino”. Reconoce que ha lustrado zapatos de personajes importantes y cómo también ha dejado de hacerlo con clientes que se han portado groseros o han intentado humillarlo. “El que viene aquí con respeto y buena disposición se le atiende también de manera igual, pero aquel que llegue a intentar humillarlo, solo se le indica que puede seguir su camino”, dijo.

Esos cuarenta años de lustrar zapatos, los aprendió solo, nadie le enseñó. “Es un trabajo que no tiene ciencia, nadie le enseña a uno, esto se aprende solo,” nos cuenta mientras le pregunta a su nuevo cliente si le aplica miel o grasa a sus zapatos.

En épocas anteriores, el lugar de trabajo de un lustrador de zapatos como Chucho era paso obligado de aquellos que con sus trajes salían a actos públicos, y el brillo de sus zapatos era digno de admirar pues en reuniones sociales como los bailes, un zapato lustrado era punto importante para ser el atractivo de la fiesta e, incluso, para conquistar a una dama. 

La historia del lustrador de zapatos es amplia, así como es el paso del cepillo y el trapo por un  zapato o el número de clientes en el día. Y en cinco minutos que tarda la atención se puede conocer un sinfín de historias.