Más que un eco doloroso

Por: Juan Carlos Pino
26 de abril de 2015

Este domingo 26 de abril se cumplen veinticinco años de la muerte de Carlos Pizarro Leongómez, el líder del M19 asesinado por la espalda con tiros de ametralladora en pleno vuelo del avión HK1400 de Avianca. Llevaba cuarenta y nueve días de reinserción luego de la firma del acuerdo de paz entre el gobierno y el M-19.

Un mes antes, en marzo, había caído Bernardo Jaramillo Ossa, candidato presidencial de la Unión Patriótica (acribillado y agonizante sobre el regazo de su esposa en el aeropuerto Eldorado le decía: “abrázame y protégeme porque me voy a morir”). Y antes, en agosto de 1989, la víctima había sido el líder liberal Luis Carlos Galán Sarmiento (el cuerpo se desplomó en una tarima de la plaza de Soacha luego de una ráfaga de ametralladora).

Esos crímenes se sumaban al que se había cometido un par de años atrás contra Jaime Pardo Leal, entonces líder de la Unión Patriótica (su cabeza quedó recostada sobre el hombro de su esposa al interior del jeep Nissan de placas FS1182 que hacía un viaje de regreso entre La Mesa y Bogotá).

El aniversario de la muerte de Pizarro me hace recordar no sólo que aquellos homicidios (o magnicidios, si prefieren ustedes llamarlos así) aún están en la más infame impunidad sino también que el desangre del país ha llegado a niveles insospechados.

En ese contexto de abril de 1990, a los colombianos no nos quedaba ninguna duda de que el horror y la desesperanza eran el pan nuestro de cada día y que por tal razón nada de lo que alguien hiciera tendría sentido porque nos estábamos hundiendo en el fango y la oscuridad desde siempre.

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 Nos hundíamos porque habíamos optado por revalidar día tras día aquella patria boba que patentamos desde principios del siglo XIX.

Sí, patria boba éramos también en esos años de finales de los ochenta y principios de los noventa, del mismo modo en que patria boba habíamos sido antes y seguiríamos siendo después sin que nada pudiera impedirlo: ni la séptima papeleta, ni la disolución del congreso, ni una nueva constitución política, ni la reinserción de unos cuantos alzados en armas, ni las promesas de candidatos de muchos colores, ni el surgimiento de falsos y locuaces mesías, ni ningún otro espejismo.

Al final, con el paso de los años, terminamos por corroborar que sobre nosotros pesan demasiado los males viejos y los males nuevos que, al igual que un cáncer, siguen carcomiendo implacables muchas instituciones y muchos hombres hasta convertirlos en cadáveres insepultos que no se conmueven ante ninguna tragedia.

Aquí no valen ni masacrados, ni desplazados, ni mutilados, ni despojados. No se puede negar que muchas personas cierran los ojos a la realidad y siguen viviendo como si al lado nada ocurriera, embebidas en la televisión que marchita el cerebro con telenovelas y con realities. Y también con partidos de fútbol.

Mas que un eco doloroso

Hay quienes nos ponemos a elucubrar en cómo sería el país si hubiera más tolerancia política y si los cuatros candidatos caídos hubieran tenido la oportunidad de liderar un debate vasto y trascendente desde sus distintas perspectivas e ideologías. Quizás (pensamos con el deseo) se habría podido atajar tantas violencias y evitar otras tantas muertes.

Violencias y muertes que de una y otra manera nos han tocado a todos. Violencias y muertes que estremecen profundamente porque gran parte de las víctimas han sido campesinos que no tenían culpa de nada y que le aportaban al país la humilde valía de su trabajo. Violencias y muertes que han producido desarraigos profundamente dolorosos e incurables. Violencia y muertes que son mucho más que un eco lejano que apenas nos llega hasta las ciudades.

Con todo, al final, en medio de tanta violencia y tanta muerte y tanta patria boba, me quedo con la valentía de los sobrevivientes que terminan por demostrar que son dueños de una entereza sin límites y que son capaces de levantarse y seguir pese a las miserias y desolaciones a las que han sido condenados.

Sí, son ellos quienes en definitiva hacen realidad con sus acciones un verso de Dylan Thomas que quizá nunca habrán de leer, un verso hermoso que reza que “la muerte no tendrá señorío”.