07 de diciembre de 2020

Democracia sitiada

A pesar de su fracaso en temas sensibles para el país, el gobierno actual prepara un escenario favorable para ganar las elecciones en el 2022. La aprobación del código electoral es una jugada maestra para favorecer a los grandes clanes políticos de las regiones. Una ciudadanía inconforme, que ya ha mostrado en las calles su descontento por las inequidades de siempre, sabe que tiene que hacerle frente a la política tradicional.

Por: Guillermo Pérez La Rotta

 

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Las elecciones presidenciales han estado financiadas por dinero mafioso, como ocurrió con Samper, por grupos paramilitares, en los dos gobiernos de Uribe, por la corruptela liderada desde Odebrecht, en beneficio de Oscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos, del grupo Aval, y de su defensor, Néstor Humberto Martínez, de quien ahora conocemos su infame trampa contra la paz; y por Aída Merlano, Marquitos Figueroa y el Ñeñe, en la elección de Duque, quien también recibió apoyo de un empresario venezolano. Recordemos las contradictorias informaciones de la directora del partido CD ante la prensa. Sobre todas esas ilegalidades, el gobierno tiene asegurada su impunidad, gracias a su fiscal de bolsillo. 

Con pesimismo vemos el panorama que se proyecta sobre las elecciones presidenciales de 2022. El gobierno se prepara para crear un escenario favorable y ganar nuevamente la presidencia. Recordemos la máxima de su máximo guía: “Ojo con el 2022”. Sus súbditos trabajan hoy hacia esa meta, y el caudillo, a pesar de su imputación por varios delitos, tiene ventaja desde un autoritarismo que define candidatos a su amaño, para superar a las opciones alternativas, que aún no se organizan frente a los grandes desafíos del futuro. Y ello a pesar del fracaso del gobierno actual en temas como la seguridad, la política de drogas, la economía, la paz, y las relaciones internacionales, lo que resulta paradójico. Pero como siempre, el clientelismo, las mentiras en las redes, el favor de ciertos medios, el poder empresarial, los grandes terratenientes, el dinero sucio y el fraude, serán aliados óptimos para asegurar la hegemonía del uribismo. 

Es muy grave para Colombia la reciente aprobación del código electoral en el congreso de la república; es un adefesio que respalda los movimientos políticos que el registrador Alexander Vega ha realizado nombrando y removiendo registradores departamentales para garantizar un manejo corrupto de las elecciones del año 2022, desde posibles negocios clientelistas que darán poder a diversos clanes políticos en las regiones, como los Char y los Gnecco. El único funcionario que criticó el código electoral fue el procurador Carrillo, y no vemos una luz para desbaratar la cínica confabulación ya consumada en el congreso, máxime cuando pronto asumirá su cargo la señora Cabello, con lo cual se fortalecerá la impunidad. El mamarracho de código fue respaldado por Duque, el mismo que en Bolivia respondió ante un hombre que le gritó vivas a Maduro: “¡Viva la democracia!”. Señor Duque ¿cuál democracia? La de gobernar en favor del poder económico tradicional y de sus amigos. La democracia de entregarles generosamente diez billones de pesos en la reforma tributaria. La democracia de comprar tardíamente unas vacunas que no cubrirán a toda la población. La democracia de despilfarrar dinero a través de decenas de decretos en medio de la pandemia, incluso de usar plata de la paz para campañas de imagen. Las promesas de campaña sobre el combate a la corrupción, hace mucho que fueron desmentidas por la corrupción de este gobierno. 

Frente a los avances del uribismo y sus aliados, resulta también preocupante que no se avizoren esfuerzos por unir programas y personajes progresistas. La izquierda luce fragmentada y no aprende de la historia. Los verdes pelean con Petro, y los personajes que impulsaron el acuerdo de paz, hoy parcialmente socavado por el CD, no aparecen con propuestas para unirse hacia el 2022. Fajardo ha decidido que no participará en una consulta, y desea nuevamente ir solo a las elecciones, aunque tendrá dificultades frente a la imputación que recibió por la catástrofe de Hidroituango. 

Las protestas de noviembre de 2019 demuestran que Colombia ha cambiado, y la ciudadanía de clase media, los estudiantes, las mujeres y los artistas, los indios y campesinos desplazados por la violencia reciente, no se conforman con las inequidades de antaño. Los movimientos sociales y el periodismo independiente saben que la política tradicional es un fracaso, y en las grandes ciudades se dará el voto independiente, pero todas esas expresiones, en su justo valor, pueden ser derrotadas en 2022 si no se alían los partidos del centro con la izquierda. El poder corrupto del establecimiento tiene muchos recursos para quedarse otra vez con la presidencia. Ojalá me equivoque.