09 de abril de 2020

#EspecialComarca 

‘Guachimaniar’ para proteger el asentamiento

Las banderas puestas sobre algunos lotes en el oriente de la ciudad, fueron la señal de que pronto serían invadidos. Así llegó Raquel y cientos de personas a los antiguos ejidos municipales, en busca de un espacio para levantar su futuro hogar. Quinta entrega de Desde las grietas del 83.   

Por: Andrés Alejandro Córdoba Calvo

Guachimaniar_para_proteger_el_asentamiento.jpgAlgunas mujeres en los asentamientos iniciando labores matutinas posterremoto. Fuente: CRC

 

Raquel. Por esa época vivíamos allá en la María Occidente con un cuñado. Todos juntos. Mi esposo y mis dos hijos, y mi cuñado que tenía a su esposa y como cinco niños. Eso vivíamos en un ranchito todos apretados, ahí, todo mal y eso. 

Yo trabajaba en la galería de La Esmeralda, tenía un puestico de fruta. Así, porque yo nunca he sido una mujer estudiada ni nada de eso, para qué voy a decirle mentiras. Pero trabajaba, siempre me ha gustado el trabajo. Todos los días me madrugaba. A veces me iba a las cuatro o cuatro y media de la madrugada para llegar a las dos o tres de la tarde a la casa. A mis hijos los dejaba con la mujer de mi cuñado. Así nos manteníamos. 

¿Cuándo pasó lo del terremoto? Mejor dicho, eso fue horrible. Yo estaba en la galería y eso se derrumbaban los techos, las paredes. Eso no era sino un solo polvero. Eso en el momento prácticamente ni se siente. Solo veía que caían cosas al suelo. Uno en el momento no piensa sino en la familia. Eso fue muy feo.  

Moisés, hijo de Raquel. En el momento del terremoto yo estaba sentado en un cajón y recuerdo que eso comenzó a moverse, me caí y mi mamá me cogió fue en el aire. 

Raquel. Me acuerdo que lo tenía en un filo de ese cajón (risas). 

Moisés. Al frente del negocio de mi mamá había uno de comidas. Eso quedó el reguero. Cuando salimos de la galería, me llevaba de la mano por la calle y solo veía casas caídas, gente sacando gente y de todo.      

Raquel. Ese día yo dejé el puesto y salí a ver a mis otros hijos. Eso la gente gritaba, la gente corría. Era una cosa desesperante pues. Esa gente que decía que se habían muerto, que las iglesias se habían caído que no sé qué. En ese tiempo como que se cayó la iglesia de ahí ¿del parque?

Andrés. La Catedral...

Raquel. La Catedral como que fue que sufrió más. Eso fue para Semana Santa, un Viernes Santo. 

Andrés. Jueves Santo...

Raquel. ¿Viernes o Jueves Santo? Yo no me acuerdo, pero eso fue feo. Al día siguiente fui a tapar mi puesto. Teníamos que cubrirlo porque la gente se había espavorido y ya nadie se encontraba en las galerías. A los tres días volví a trabajar, para ver si vendía algo.

Después del terremoto nos dimos cuenta de que comenzaron a poner banderas en algunos terrenos. Nosotros dijimos: "Allí van a invadir" y nos vinimos para acá, para El Lago (risas). Uh, eso la gente cuando ve alguna cosa es que... y como había mucha gente que vivía así, como nosotros, sin adonde y todo eso. Muchos que vivían de a dos o tres familias en una casa. Entonces ya la gente comenzó a invadir y así comenzamos nosotros. Llegamos con mi esposo, los tres niños y yo.

Moisés. Las primeras que llegaron aquí fueron usted y mi abuela ¿se acuerda, madre? Lo que recuerdo de niño es que apenas llegaron tendieron una tolda grande de plástico y en la mitad un palo. Uno lo que hacía como niño era ponerse a jugar. Así nos la pasamos bastante tiempo. 

Raquel: Yo no recuerdo cuánto tiempo estuvimos así. Ellos eran felices jugando en el potrero, en ese tierrero. Qué iban a saber. 

Andrés. ¿Quién les entregó el lote a ustedes?

Raquel. No, eso uno iba cogiendo donde le provocara y le pareciera y se iban enterrando las guaduas. Esto era del municipio, estaba solo. Era un terreno desocupado que no criaban si no ganado no más, no había nada. Todo esto lo que es El Lago, Berlín y Las Ferias, eso no había nada. Lo único que se estaba construyendo era para La María, pero de resto todo eran potreros, eran unas ciénegas. No era así de seco, no. Por eso le dejaron El Lago, porque antes existía uno. Por eso, por allá arriba tuvieron que meterle piedras. Hacían chambas y se iban al río por piedras para rellenarlo, para secarlo. 

Ya eso la gente comenzó a hacer ranchitos, a clavar guaduas. Que esto aquí voy a coger yo, aquí el otro y así. Nosotros cogimos a este lado porque era más seco. Por allá arriba había muchas ciénegas. Mi esposo hizo un ranchito de plástico en ese tiempo. De ese plástico y cartón negro. Pero a veces llegaba el viento y lo levantaba y nos quedábamos solo con las guaduas enterradas.

Y así estuvimos. Luego ya era esperando a ver si nos dejaban o era que nos sacaban de aquí. Empezamos a ‘guachimaniar’, a vigilar todo para que no nos fueran a sacar. Salía bastante gente, en ese tiempo todos éramos unidos. Si a uno le pasaba una cosa, ahí estaban todos. No es como ahora que el uno por acá y el otro para allá.

Andrés. ¿Y por qué dice que 'guachimaniaban'? 

Raquel. Porque la policía nos quería sacar.   

Andrés. ¿Todo el día y toda la noche?

Raquel. Sí, aunque de noche era más. Y de día, pues uno tenía que estar pendiente.  Nosotros pensábamos que en ese tiempo se nos podía meter la policía o la guerrilla y nos hicieran algo. Que de pronto los duros de por allá nos vinieran a sacar, como en Cali o en Bogotá que dice el presidente: “Vea, ese barrio hay que desbaratarlo” y van las máquinas y eso tiran todo al suelo. 

Nosotros hicimos nuestro rancho. Se compraban por ahí guaduas, cualquier pedazo, lo que  fuera y se iba haciendo las cosas. En el barrio se hacían mingas de trabajo, para las calles, para lo del agua. A mi casi no me tocó, al que le tocaba era a mi esposo. Pero a mí, si me ponían a revolver mezcla, yo revolvía. Ya después de que nosotros teníamos los ranchitos organizados, empezó el acueducto a darnos el agua y eso llegaba por mangueras. Pero no había agua adentro, en los ranchos, sino allá afuera. En cada cuadra ponían una llave y ahí teníamos que recoger cuatro, cinco o seis familias.

Ya cuando comenzaron a hacer esos puestos de salud, eran unas carpotas allá arriba y ya empezaron a llegar médicos, enfermeras, que para ver las personas que estuvieran enfermas. Eso llegaban auxilios, que remesa, todo eso y a nosotros nos daban cualquier remesita. Tampoco era mucho, pero recibíamos.

¿Líderes del barrio? Unos se han ido, otros se han muerto. En ese tiempo había buena organización. Había unas juntas buenas. Ellos iban a hablar por allá, hasta se fueron a Bogotá para conversar con el gobierno de Belisario y todo eso. Hacían buenas reuniones y uno se respaldaba con ellos. 

Mi puesto en La Esmeralda lo dejé, ya me vine. Estuve luego trabajando en la galería de la 13, como unos cinco años. Ya a lo último mi esposo faltó, entonces ya me aburrí, y lo dejé. Ahora ya estoy aquí en la casa y no hago nada. Lo de la casa cuando me toca. Ahora en la vejez ya no le ayudan las fuerzas a uno, pero yo cuando estaba joven me le medía a lo que fuera.

 

Raquel Obando Astaiza

El Lago

Agosto  de 2019