09 de diciembre de 2020

Crónica de viaje

Encontrar una cascada

El desierto de La Tatacoa, ubicado cerca del municipio de Villavieja, Huila, es un bosque seco tropical que, con el paso de los años, se ha convertido en uno de los destinos turísticos naturales más visitados en Colombia. Este es el relato de dos viajes realizados en el 2018.

Por: Daniel Daza Cuéllar

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Mientras me dispongo a escribir esta crónica, se me ocurre que para un buen inicio podría robarle un par de ideas a Rulfo y decir: volví al desierto porque me dijeron que aquí encontraría una cascada. Pero me detengo a pensar en esa frase; la verdad es que cuando volví a La Tatacoa, hace casi dos años, no lo hice con esa intención. Puede ser que la música tan alta que colocaba el conductor del bus, acompañada además por las risas y gritos de un grupo de casi treinta recién graduados del colegio, me distrajeran un poco cuando intentaba aclarar esas cuestiones de camino al desierto.

Hacía el mismo calor de la otra vez; el sudor se nos escurría por los vellos de las piernas descubiertas, picadas por los mosquitos que se habían subido al bus con nosotros. Íbamos tomándonos un vino que acabábamos de comprar con un par de amigos en la casa del totumo de Villavieja. A medida que nos acercábamos a nuestra parada, empecé a rememorar aquella tarde no tan lejana en la que llegué a La Tatacoa durante las vacaciones de mitad de año en 2018, unos meses atrás.

*

Me resisto a usar las mismas palabras con las que el colono Gonzalo Jiménez de Quesada describió a La Tatacoa cuando pasó por aquí antes de fundar Bogotá, aunque sean de las primeras que se me cruzan en la cabeza cuando me propongo recordar cómo era estar de pie en ese lugar. Especialmente cuando se hace de noche. En una parte de 2666, Bolaño escribe que “los atardeceres en el desierto parece que no vayan a acabar nunca, hasta que de pronto todo acaba, sin ningún aviso”. Pero este no es precisamente un desierto: se lo cataloga como un bosque seco tropical, uno de los ecosistemas que corre más peligro de desaparecer a nivel mundial.

La primera vez fuimos mis padres, mi hermana y yo. Antes de dirigirnos al desierto, hicimos una parada en la casa de un señor que al parecer era amigo de una tía materna. Nos dio un recorrido de una hora por las paredes de su casa, sobre las que colgaba orgullosamente una cantidad enorme de fotos que se había tomado con el senador Álvaro Uribe y otros políticos. Salí con dolor de cabeza de ese encuentro. Entonces supe que estaba haciendo calor.

Atravesamos una larga carretera destapada. Al mirar hacia la izquierda, recuerdo ver cómo las montañas y colinas más cercanas iban haciéndose progresivamente más pequeñas hasta que casi no quedaba mucho más que un terreno amplísimo, tras el cual se encontraban las montañas rocosas, que por su propia lejanía se veían más azules que marrones. Durante el viaje, yo llevaba una libreta en la que solamente anoté esto: “De camino al desierto, árboles pequeños acostumbrados a estar cubiertos de polvo, son quienes guían al viajero”. Cuando empezaron a aparecer carros estacionados a un costado de la carretera y familias enteras sacándose fotos al borde del barranco, supe que habíamos llegado.

Buscamos una sombra al bajar de la camioneta. Tanteé la tierra con mis botas y pensé que estaba caminando sobre un lugar que ya conocía. El sonido que emitían mis pasos se asemejaba a un crujir de hojas secas.

Mi hermana y yo nos sentamos cerca de un soporte de la tolda que estaba instalada justo en la entrada del recorrido. Mis padres, mientras tanto, buscaban agua y guías.

Un niño se le acercó a mi madre preguntándole si necesitaba un guía, a lo que ella le respondió que sí. El niño le contó sobre su hermano, quien al parecer ya había partido con un grupo de turistas; le decía que él sí daba el recorrido de verdad: uno de 24 horas que, además, atravesaba una cascada.

 

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Medía cerca de un metro cuarenta y tenía las manos regordetas. Olvidé muchas cosas, como su rostro, su cabello y su forma de hablar, pero aún tengo muy presente su caminar y sus manos. Aunque a primera vista parecía caminar con cierta pereza, cada paso lo daba firme y calculado. Pasaba lo mismo con sus palabras: siempre tenía una respuesta. Por ejemplo, mientras mi madre le pedía que le explicara sobre el recorrido de 24 horas, él describía lugares a los que los guías normales no llevarían a los turistas, pero su hermano sí. Se acercó a un mapa y, posando su dedo índice sobre la superficie, señaló un pedazo del camino, indicándonos que lo viéramos. Mientras recorría las líneas del mapa, dijo “una hora”, sin agregar nada más. Y luego, tras levantar su dedo y regresarlo al punto de inicio para esta vez tomar una dirección diferente, volvió a dirigirse a nosotros diciendo “24 horas”. Mi madre le preguntó si por ese camino podíamos llegar a la cascada de la que nos había hablado, y él dijo que sí. Una lástima que no estuviera su hermano.

Entonces clavó su mirada en la nuestra y, en un tono picaresco, se ofreció a darnos el recorrido. Creíamos que no lo decía en serio, pero él insistió por varios minutos. Se nos iba a hacer tarde si no empezábamos pronto, así que, finalmente, mi madre aceptó su propuesta y nos dirigimos a unas gradas por las que se llegaba al sitio.

Mientras bajábamos, mi padre se dirigió al niño para saber cuántos años tenía. Ahora le pregunto a mi padre si recuerda cuántos años nos había dicho que tenía. Dice que parecía de ocho. Mi madre, por su parte, dice que probablemente eran más: diez u once. Yo pienso que tenía doce, pero la verdad es que no tengo ninguna certeza. Sin embargo, a pesar de la mala memoria, sí recuerdo un fragmento de su respuesta: nos había dicho que él “tenía” tantos años, y luego nos preguntó si sabíamos por qué había dicho que “tenía” en pasado. Nosotros, visiblemente confundidos, le respondimos con un no. Entonces, subiéndose a unas pequeñas formaciones de tierra, confesó que lo había dicho de esa forma porque ese día era su cumpleaños. Luego se adelantó un poco y nos esperó abajo.

*

Desde arriba uno podía ver que el paisaje estaba compuesto por una serie de pequeñas colinas que se bifurcaban como venas o ramas sobre la tierra rojiza. Desde cierto ángulo, incluso daba la impresión de que, al bajar, uno corría el riesgo de perderse si se desviaba un poco del camino. Yo pienso que ese es un riesgo constante en cualquier lugar, pero es en estos sitios en los que la cotidianidad entra en crisis donde uno se da cuenta de que, tal vez, siempre estamos habitando un laberinto de puertas abiertas. Por eso, al ir de viaje, una de las preocupaciones principales es encontrar personas que nos ayuden a orientarnos en ese lugar desconocido: guías. Y nuestro guía, a pocos minutos de empezar el recorrido, se echó de espaldas sobre la tierra. Sencillamente se inclinó sobre el suelo y se acostó boca arriba. Mi madre fue quien se apresuró en preguntarle hacia dónde debíamos ir, aunque el camino ya era visible por los mojones de madera que lo marcaban. Como el niño no respondía y parecía desanimado de la decisión que había tomado, mi madre sugirió que siguiéramos las marcas.

Avanzamos un trecho y de repente el niño apareció de nuevo ante nosotros. Mi madre se notaba enojada, así que ella, mi padre y mi hermana siguieron caminando, mientras yo me quedé atrás tratando de conversar con el niño.

Me imagino que era un buen jugador de fútbol y que, a lo mejor, mientras nos daba el recorrido, recordaba algunas escenas específicas de los juegos que había tenido con sus amigos, como nos suele pasar a todos cuando nos topamos frente al tedio y no sabemos cómo sortearlo. Traté de preguntarle por su vida, por sus amigos y por sus aficiones, pero no obtuve respuestas a esas preguntas. En su lugar, él prefería contarme de lugares que podía fotografiar: pequeños valles llenos de cactus, rocas y demás. 

“¿Y la cascada?”, le pregunté. Él, siempre adelante, dijo que ya era muy tarde, que no podríamos ir y venir en lo que nos quedaba de día. Así que seguimos andando, casi en silencio si no fuera por el sonido de nuestros pasos.

Cerca del final del recorrido, nos encontramos con una torre de tierra que se alzaba a diez metros sobre nuestras cabezas. En lo más alto, había un árbol seco. Volteé a mirar al niño y le pregunté si sabía qué era eso. Él respondió que sí, y yo, entusiasmado, le pedí que me contara. “Esto está así desde el terremoto”. 

¿Un terremoto? 

No sé por qué en ese instante pensé en la cascada que tanto nos había prometido. Y si aún guardaba esperanzas de encontrar ese lugar al que él se refería, se habían perdido por completo. Recordé que nos hablaba de un recorrido de 24 horas que habíamos hecho en menos de treinta minutos. Recordé también que nos acababa de decir que estaba cumpliendo años. 

Se estaba poniendo el sol, ya iban a ser las cinco. No tuve tiempo para detenerme a pensar en terremotos de hace un millón de años o de hace algunas décadas. Tampoco tuve tiempo para tomarle fotos a todas las cosas que él me señalaba. Pero si acaso tuve tiempo para algo, lo tuve para hablar con él y averiguar si realmente estaba cumpliendo años y si había algún lugar cerca en el que pudiéramos comer algo para celebrarlo. Podría haberle insistido con el tema de la cascada. Podría haberle preguntado qué cosas le gustaba hacer y qué otras no. Por el entusiasmo que veía que le generaba la fotografía, podríamos haber hablado de fotos, cómo tomarlas, dónde tomarlas, por qué tomarlas. Podría haberle contado parte de mi historia también; de cuando tenía su edad y de las cosas que hacía entonces. Pero no lo hice.

Llegamos al final del recorrido, subimos unas gradas y luego de dar unos pasos hacia adelante el niño ya no estaba.

Volvimos a la camioneta y nos alejamos de La Tatacoa. 

Unos meses después, al volver al desierto, descubrí que instintivamente miraba alrededor para encontrar al niño. Y si lo veía, pensaba saludarlo, pedirle disculpas, preguntar su nombre. Pero no sucedió tampoco.

Se me hizo un nudo en la garganta que perduró por varios días. Ahora, que me dispongo a terminar esta crónica, tengo la ligera impresión de que, dos años después, ese nudo aún sigue atado.

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