10 de noviembre de 2020

Entrevista

“Soy un artista siendo artesano”

John Jairo Vaca es un artesano y viajero colombiano que comparte su arte en las calles payanesas. Allí sonríe, cuenta sus anécdotas por el mundo y se busca la vida haciendo joyería callejera y alambrismo.

Por: Angélica Aley Moncada  

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Es caleño y desde pequeño vivió una infancia inestable. Una madre perdida en las brumas de la memoria. Un colegio de estudiantes indisciplinados pero con muchas ganas de aprender y con quienes se peleó por su apellido y luego, después de los años, abrazó. John Jairo, caminante, rebelde, viajero y soñador, es conocido en su mundo con el apellido que tanto le disgustaba: Vaca. 

Hijo de madre paisa y padre rolo, mimado de sus abuelos maternos, John Jairo aprendió a hacer de sus manos una herramienta útil para sobrevivir. Amante de las chicas. Viajero suramericano. Muchas y variadas historias en su mochila. 

La primera vez que lo abordé, estaba sentado junto a la señora de los tintos trabajando su alambre, con su cabello rubio y lleno de trenzas, esas que, según él, las había tejido el duende. Mientras me acercaba, levantó su cabeza y me dijo sonriendo: “¿Quieres una entrevista, verdad?”.

Aunque se pronosticaba una fuerte lluvia aquella tarde, este hombre particular, alto y sonriente me concedió la oportunidad de sentarme junto a él y realizar mi entrevista, no en un cómodo sofá, sino en donde suele pasar la noche. No era precisamente una cama. Era la  mitad de la calle, junto a la familia que escogió: los artesanos. 

Has dicho que viviste una infancia traumática. ¿Cómo fue? 

Cuando tenía cuatro años mi mamá llegó con la policía acusando a mi padre por secuestro, sacándome de Cali y llevándome a Bogotá a casa de mis abuelos maternos. Ella era una total desconocida para mí, una que iba a llevarme lejos, dejándome en la casa de mis abuelos donde estuve muchos años. Después de un tiempo me escapé y deambulé por las calles de Bogotá. 

¿Qué sucedió con tu madre después de que te llevó donde tus abuelos? 

Ella desapareció nuevamente dejándome con ellos. Después de deambular por Bogotá decidí regresar, creo que tenía más de ocho años. Parece que ella quería irse a Estados Unidos y mis abuelos hablaron con ella y le dijeron que yo había aparecido. Mi madre regresó por mí y me llevó lejos de nuevo. 

¿Cuánto tiempo viviste con tu madre? 

Viví con mi mamá diez años. Después de sacarme de la casa de mis abuelos regresamos a Cali donde acabé mi bachillerato y saqué la libreta militar de primera. Cumpliendo los 18 me fui: estaba cansado de mi mamá pues jamás me sentí cómodo con ella. 

 ¿Qué sucede después de cumplir 18 años? 

Después de que me voy de la casa de mi mamá, y estando en Cali, decido colarme a la universidad. Me metía a las clases y hasta capaba, aprendía a ser primíparo, pero empezó la seguridad privada y se volvió imposible seguir haciéndolo. 

¿En qué clases te colabas? 

Me acuerdo que me colaba en clases de administración de empresas y química. De hecho tuve una tía que estudió matemática pura, así que creo que es algo que se lleva en la sangre, me gustan demasiado estos temas. 

¿Cuándo empieza tu travesía por la artesanía?

Después de que ya no pude seguir colándome en la universidad, decidí viajar y echar dedo. Así, me reencontré con mis viejos compañeros en la sexta en Cali, empecé a parchar con ellos y a terminar lo que ellos hacían: si ellos hacían una flor yo le agregaba el resto. Me gustaba mucho lo que ellos hacían y aprendí viéndolos trabajar. 

¿Recuerdas cuáles fueron tus primeras artesanías? 

Sí claro, el espermatopito. Es decir, topitos en forma de espermatozoides, cosas locas que se me ocurren. 

¿Qué otras artesanías fabricas? 

Hago mandalas, martillo el alambre. Tejo, aunque muy poco, me gusta más el alambre. Soy más alambrista, hago joyería callejera. 

¿Consideras que la artesanía es arte?

Obvio. Es decir, los artesanos se copian las cosas, los artistas no. Yo aprendí a ser un artista haciendo en mi trabajo algunos elementos diferentes. Aun cuando sigo siendo artesano y entre compañeros nos imitamos las piezas, puedo decir que soy un artista siendo artesano. 

Dentro de las artesanías que has hecho, ¿cuáles han sido las que más han llamado la atención?

Aprendí a hacer gafitas en homenaje a John Lennon, a hacer las hojitas de marihuana, a escribir nombres, a hacer corazones, escorpiones, motos, bicicletas, balanzas, esto y otras cosas en 22 años como artesano, en mis 42 años de vida. 

¿Cómo es tu vida ahora?

Pues he decidido seguir viajando, sobre todo en Suramérica, pero también Europa mostrando mi artesanía. 

¿Qué lugares has visitado?

Conocí Panamá, Ecuador. Conozco lógicamente casi toda Colombia, la Guajira: ¡el Cabo de la Vela me encanta! Conocí Copacabana en Bolivia, el lago Titicaca. Estuve en la isla del sol y estuve en Perú, en las islas flotantes en Uros. 

¿Recorres el mundo solo o alguien te acompaña en la travesía?

Me gusta andar solo, no me gusta decirle a otra persona para que se ponga de acuerdo. O si tiene ganas de cargar una mochila que pesa, es posible que alguien me acompañe pronto. En uno de mis viajes conocí una francesa y tengo mis papeles listos para irme con ella. Es de ojos azules, hermosa. Es cocinera, delicada, pero me gustan más las colombianas, son más bellas, tienen más curvitas. 

Dentro de tus historias en la artesanía, ¿cuál es la que más recuerdas? 

Recuerdo una muy especial que me ocurrió en una isla de Ecuador que se llama Portete. Allí pasé una noche y al amanecer vi una tortuga casi ahorcándose con un costal. Fue ahí donde mis herramientas de artesano la pudieron ayudar: tomé una de las pinzas con las que trabajo mi alambre y la liberé. Ha sido una de las cosas más hermosas que he sentido porque, como dicen por ahí, la tortuga es el oro blanco.  

Después de esa y muchas historias, Vaca seguía sonriendo. Se tomó un tinto con dos de azúcar y me despidió con una sonrisa en su mirada mientras el pronóstico del día nos empapaba el alma.