17 de octubre de 2020

Un siglo, una familia

Una mujer del Sur del Cauca cumple cien años en un mundo vuelto del revés. En un país de tantas violencias llegar a viejo y vivir para contarlo es un privilegio. Tiempo, territorio, ejemplo, voces para escuchar con atención, eso y más son las abuelas, los abuelos. Una celebración de la vida.

Por: Juan Carlos Pino Correa

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La fecha ha estado marcada en el calendario desde hace años. Como con fuego. Octubre 17 de 2020. Y hablábamos de ella cada vez con más frecuencia y mucha ilusión. “Justo es día sábado, para que todos puedan venir”. En la familia la habíamos imaginado de formas distintas, pero esencialmente en el marco de dos escenarios: un aire tranquilo de eucaristía y plegaria, por supuesto, y otro más dionisíaco, de fiesta y licor, traje formal, un lugar especial, un gigantesco árbol genealógico. ¿Dónde? ¿Cuántos invitados? 

Ahora la fecha está aquí y nadie podía prever que llegaría en un entorno de pandemia, de confinamiento, de distanciamiento, el miedo y las inquietudes aleteando a cada instante entre nosotros, la muerte rondando por allí y la enfermedad cerrando el cerco. Y con todo, la abuela Georgina sigue firme. Cien años. Sí, cien años. Se dice pronto y sin embargo hay demasiada historia, demasiadas historias, detrás de los territorios afectivos que ella ha contribuido a forjar: los hijos, los nietos, los bisnietos, los tataranietos. ¿Cúantos? No lo sé, o lo sabía hasta hace poco pero he olvidado la cifra porque un número, cualquiera que sea, no le hace justicia a lo que la abuela ha sembrado, desde sus tiempos campesinos en Almaguer hasta la vida apacible de hoy en la ciudad, siempre una oración a flor de labios, la memoria intacta, la sonrisa presta, el apunte gracioso cuando le llega de repente la picardía surcaucana. “¿Le cambiaron la máscara?”, le preguntó ayer apenas a una de sus hijas por un repentino cambio de look.   

Si bien es un privilegio cumplir un siglo de vida en el contexto de un país condenado a múltiples violencias y en este momento tan particular donde el mundo se ha puesto del revés, también es innegable que se es testigo de muchas cosas que dejan huellas indelebles. ¿Cuánto cambia una sociedad en este tiempo? ¿Cuánto cambian el campo, los pueblos y las ciudades? ¿Cuánto cambian las personas? Podemos ser más o menos pesimistas, creer con sobradas razones que todo va a peor y no hay remedio posible, pero si acudimos donde la abuela Georgina renace el brillo que creíamos perdido y un hálito nuevo parece envolvernos. Ese es el legado de esta mujer valiente que ha salido airosa de los duros trabajos de sol a sol, de enfermedades que enfrentó de forma silenciosa en el campo, de los muchos partos “a la buena de Dios”, del dolor que deja la muerte cuando toca a alguien amado. Sabemos, porque lo vimos en la infancia lejana o alguien nos lo contó, de su trabajo de hormiguita hacendosa en la cocina de ollas tiznadas, en el cafetal, en las jornadas de ordeño, en las madrugadas para hacer panela bajo la luz de una lámpara coleman, en el mercado pueblerino de sábado después de una larga caminata cuesta arriba, en el regreso a veces solitario porque el abuelo se quedaba a tomar algunas copas. Sabemos de su paciencia infinita, de su fe inquebrantable. Sabemos de su tristeza de ahora porque no puede tener la compañía y las visitas a las que está acostumbrada. “¿Qué hay de los Pinitos, por qué no han venido?”, pregunta en ocasiones, de la misma manera como pregunta por todos los suyos si extraña su presencia. 

La fecha estaba marcada como con fuego y ya ha llegado, pero nada es como imaginamos. No hay celebración dionisiaca. Por responsabilidad. Por autocuidado. Por respeto con quienes no han sobrevivido a la pandemia que nos agobia. Sí hay eucaristía. Virtual. Allí estarán sus ocho hijas, su hijo. Y sus nietos. Y sus bisnietos. Y sus tataranietos. Y estarán también su esposo, y su hija, y su hijo, aunque ya no estén. Porque hoy, 17 de octubre de 2020, celebramos la vida. La de la abuela Georgina Mayorga. La de la familia que lleva su sangre. Y la de las personas de bien que, como ella, llegan a viejas en este país pese a una infinidad de vicisitudes y viven para decir que aún podemos tener esperanza.