21 de junio de 2020

Una crónica de Amapola

El maltrato psicológico es una forma de agresión donde una persona ejerce un poder sobre otra, con comportamientos físicos o verbales de forma reiterada y que atentan contra la estabilidad emocional. La víctima sufre intimidación, culpa y baja autoestima, sin lograr salir de la situación. Aquí, crónica de un acercamiento a esta realidad. 

Por: Keka Guzmán 

Ilustraciones: Pinterest

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Me encanta tu nombre Amapola. 

Quisiera llamarme como tú.

Amapola era explosión. Amapola era fuego. Amapola era vida.

Pocos entendimos qué pasó con ella, pero todos la vimos apagarse. 

Te extraño Amapola.

Regresa

(...)

 

***

Tenía 18 años cuando lo conoció. A los 19 ya eran novios y en un abril, de los abriles de Sabina, de esos que deseaba que se los hubieran robado, comenzó la realidad. Un par de empujones, un par de salidas de tono y una que otra lágrima. 

—¿Qué está pasando? —dijo. Lo dijo muchas veces en su cabeza, pero nunca tuvo respuesta. 

Desde ahí, todo se salió de control. Quizás control era la palabra. Perdió su control para entregárselo a un desconocido, a un hombre que ni siquiera tenía poder sobre su vida y que justo ese día, se lo había robado, le robó todo.

—¿Por qué?

Cómo saberlo, hay preguntas que hoy, después de cinco años son difíciles de responder y que quizás aún no tengan una respuesta. 

Estaba sola. Sola con él. A veces eso bastaba, pero después se convertía en un infierno que nunca supo por qué decidió vivir. 

 

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***

Amapola pasaba sus días entre las cobijas, con un tarro de dulces y con canciones de Jarabe de Palo y de Extremoduro que después de varios años se convirtieron en el soundtrack de su vida. No hablaba con nadie, solo con él, porque así él lo había dispuesto, porque así debía ser, porque él le había hecho creer que era lo correcto. Pero luego, la hacía sentir culpable, culpable de su sonrisa, culpable de su mirada, culpable de su pelo, culpable de sus manos, culpable de sus caderas, culpable de su cuerpo, culpable del labial de su boca, culpable del lunar de su boca, culpable de sus pensamientos, culpable de sus libros, culpable de la música que escuchaba, culpable de su ropa, culpable de sus padres, culpable de su vida, culpable de su miseria. Ella, era culpable de todo, hasta de los desaciertos que él mismo se buscaba entre el alcohol, las drogas y el sexo.

Pero ahí estaba ella, en medio de lágrimas, de arrepentimientos, de desesperos, de ganas de correr y no hacerlo sin saber por qué. De ganas de demostrarle que no era lo que él decía. ¿Para qué? No lo sabía, no sabía muchas cosas. 

Y un día, pasó lo que ella sabía que pasaría. De nuevo los empujones, los manoteos, las palabras, las lágrimas y en medio de eso, el silencio que hoy sigue siendo profundo...el chasquido.

Silencio.

—¿Qué decir? ¿Qué hacer? ¿Qué pensar?

Nada.

Angustia. Dolor. Lágrimas. Angustia. Dolor. Lágrimas. 

Angustia. Dolor. Lágrimas. Angustia. Dolor. Lágrimas. 

Angustia. Dolor. Lágrimas. Angustia. Dolor. Lágrimas. 

A los segundos, lo vio arrodillado a sus pies, de nuevo llorando, agarrando duro, como si ella fuera a salir corriendo a gritarle al mundo lo que había hecho, pero no, no decía nada, solo lloraba. Después se escuchó un “lo siento”, como si fuera suficiente, como si con eso bastara, como si esa maldita palabra lo arreglara todo. Y después agregó que no era su culpa, que no era culpa de ninguno de los dos.

Le creyó. 

Puntos suspensivos.

Silencio.

—¿Después que se hace?

Nada.

Seguir. Continuar. Reír delante todos. Llorar sola. Llorar en la cocina. Llorar en el baño. Llorar en la ducha. Y creer. Creer que la vida mejora, creer que el karma es justo con ella y que lo merece, lo merece todo porque él se lo decía y se lo hizo creer día y noche. Sentirse mal. Mirarse al espejo y no aceptarse, no gustarse, no quererse. 

 

*** 

Amapola no entendía y quizás aún no entiende qué pasó.

Amapola dejó de cantar.

Amapola olvidó las letras y las melodías de las canciones.

Amapola se olvidó de la vida. Pero la vida no se olvidó de Amapola. 

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***

Antes de todo. Antes de todo el caos. Antes del infierno. Amapola cantaba “se le nota la voz por dentro es de colores” y era feliz. Era libre. Libre en la adversidad de su vida, libre en medio de las palabras y de las notas de la ley innata, de ese álbum conceptual compuesto de una sola canción de 45 minutos, 45 minutos que traducen esos días. Días de manos invisibles y visibles que golpean fuerte. Días de dolor, de aprendizajes y de perdón. 

—¿Cómo salir de ahí? —se preguntaba, y aunque salió, aún no sabe el cómo ni el cuándo.

—¿Cómo empezar? ¿Cómo creer? ¿Cómo regresar?

¡Qué dilema!

Siempre han sido más preguntas que respuestas.

Y luego vino la confrontación, las ganas de matarse a ella misma por permitirlo, por permitírselo. Las ganas de odiarlo y no poder hacerlo. Las ganas de regresar en el tiempo y detenerse en ese primer signo que la llevó al infierno, en esa primera mala palabra que aún retumba en su cabeza y que le hizo creer que era eso y más. Que era mala, muy mala. Pésima. Que ella no podía ser feliz sin él, que ella no era nada sin él. 

—Y es que cómo, ¿cómo alguien viene y te deconstruye? ¡¿Cómo?!—se preguntaba.

Y Amapola se perdió, se perdió en su silencio, se perdió en su soledad, se perdió en el vacío de unos días negros que sólo dejaron dolor, pero se encontró en las letras y quizás de ahí no ha salido y no ha querido salir. 

Y por eso es Amapola, porque la música y las letras nunca la dejaron y ella nunca lo supo. Amapola nunca supo que no estaba sola, que todos estaban con ella, que todos siempre estuvieron con ella así nunca los hubiera visto. Que nadie juzga, solo él. Y que ella, como muchas, como miles, están con las mismas preguntas sin respuestas. Pero están. Y quizás ahora eso sea lo importante, el estar aquí.

—La cosa habría podido terminar mal. 

¿Y ahora qué queda?

—El recuerdo. El perdón. Y la vida. 

 

***

Amapola regresó.

Y aunque no es Amapola, ojalá que se llame Amapola.