08 de febrero de 2020

Rupatrupa: música alternativa y resistencia

Internet y las redes sociales permiten que bandas no vinculadas con grandes sellos musicales puedan ser escuchadas en la aldea global. Rupatrupa es un grupo español que estuvo de gira en enero y febrero en varias ciudades colombianas y cuyas letras tienen un acento en la crítica social y recrean la cotidianidad de la calle y de la gente.

Por: Sofía Pino Muñoz

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En medio del bochorno y del bullicio te encuentras con una voz ronca y fuerte. Y esa voz de color distinto, y esa voz inusual, te está contando algo. Te está cantando. En medio del murmullo de la multitud excitada, se oye una voz familiar. Familiar, aunque venga de lejos, aunque para poder ser escuchada aquí, ahora, haya tenido que cruzar el Atlántico días antes. ¿Qué clase de embrujo milenario supone para el mundo la música y por qué nos une, por qué nos invade, por qué nos conecta? “Mi mundo no duele / mi mundo no entiende de tierras, / ni de balas ni guerras, / del maltrato a mujeres. / Mi mundo no entiende de la gente mala”. Suena la tonada. Suena el saxofón. Suena el acordeón. Suenan los gritos.

En medio del bullicio te encuentras con mensajes nítidos que le hacen resistencia a la guerra, que le rinden tributo a lo natural, que le hacen coro a la esperanza, a la paz, al amor. Puro arte. Y es así, arte combativo, arte rítmico, arte político, todo eso junto: una maravilla. “Aniquilada la inquietud de averiguar qué somos, / hay quien germina en nuestro ser falsas necesidades / que no terminan de saciarnos. / Si no lo quieres ver es fácil que te engañen”.

La voz pertenece a Roberto Ruido (Roberto González Berenguer), vocalista y autor de las canciones de Rupatrupa, un proyecto musical que nació en 2015 de la mano de Nadir Sigolo, en el acordeón, y Mathias Burgos-Villa, en el saxofón. Así lo cuenta Roberto en su blog. La conexión por casualidad de tres desconocidos con igual hambre de música e igual voluntad, que se encuentran en Tenerife, Islas Canarias. Y así lo cuenta la canción “La isla”: “En busca de lo raro, de vivir a mi manera, / cruzaremos en barquito, en avión o en patera”. Ahora, el saxofón lo toca Paulo Delgado, y se han sumado al grupo Germán Cuesto, en la guitarra, Pedro Umpiérrez, en el bajo y timple, y Thiago Braúna, en la batería y la percusión.

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Rupatrupa es un conjunto de emociones latentes. Rupatrupa es música contestataria, es música salvaje, música para despertar del letargo, música con jazz, con tango, con reggae, con blues, acústica. Rupatrupa es una propuesta musical diferente, anfibia, sin disqueras multinacionales y poderosas detrás que le hagan producción y promoción, sin la publicidad de los grandes medios, sin sonar en la radio, sin ser difundida masivamente, pero que tiene la fuerza y tiene el mensaje. Y ese mensaje es, sin duda, transgresor, es un mensaje que no conoce fronteras. Lo siento cuando escucho en mitad de su concierto en Cali, Colombia, el pasado 31 de enero, una voz de mujer gritando “gracias” y, por un momento, parece que el grito proviene, sin temor a equivocarme, de todos los que estamos allí. Y lo siento cuando el público vibra y canta sus canciones con convicción. Pero, sobre todo, lo siento, y lo sentí, cuando coincidí de lleno con su música y ella me absorbió.

Más allá de los nuevos escenarios rítmicos que encuentro cuando escucho a Rupatrupa, me reconforta descubrir mensajes inequívocamente políticos. La universalidad de las desigualdades y las injusticias que parecen ser igual de tiranas aquí y allá permite que canciones como En guerra y Tonada de los campesinos sean un himno de todos, de siempre, de los desarraigados, de los sentenciados, de los hambrientos, de los condenados. “Con el miedo como sayo / y odio por bandera / ya vienen los carniceros por la carretera. / Pero ¡ay, agüita de mayo, / cómo se te espera! / Llegaron los campesinos a salvar la primavera”.

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Me es imposible no pensar en Colombia, en la Colombia campesina, en la Colombia periférica, en la pobreza y en el olvido que no abandonan jamás a este país. Y pienso en Nicolás Estévanez, el poeta que escribió el Monólogo campesino hace más de cien años y a quien Rupatrupa musicaliza y Roberto Ruido recita con vehemencia en medio de la canción, sin antes dejar de mencionar la vigencia de aquellas palabras, su concordancia con la realidad de hoy, su valor actual. “Pero la plebe ha de cansarse un día / de prorrumpir en quejas inocentes./ ¡Para acabar la villanía / no basta con las uñas y los dientes!”.

Y no puedo dejar de pensar, tampoco, en la foto de una manifestante chilena sosteniendo en sus manos una pancarta que retoma un verso de Rupatrupa: “El pasado que dejaron, el futuro con que sueñan, son motivo suficiente para dejarse la piel”. Entonces recuerdo esa canción llamada El exilio, y pienso en los desterrados de todos los lugares del planeta: pienso en Chile, pienso en Colombia, pienso en Venezuela, pienso en el panorama actual de Latinoamérica.

Y pienso en las resistencias. Y pienso en el arte como trinchera. Y pienso en Rupatrupa resistiendo desde la música. Y pienso en El Kanka, en Pedro Pastor, en El niño de la hipoteca, en Muerdo, en Antílopez, en Rozalen, en La Otra, en el camino de descubrimiento de ritmos que me llenan y letras que me hacen reflexionar no solo sobre mí, sino también en el mundo que habito. En la belleza y la audacia de los grupos independientes.

Y de nuevo me pregunto: ¿Qué clase de hechizo es la música para la humanidad? No lo sé, pero algo me dice que la octava maravilla del mundo no es algo distinto a encontrar canciones que amamos.