13 de octubre de 2019

Perfil

Campesino de ciudad

El amor a la tierra y a la producción agroecológica es uno de esos vínculos que se pretenden afianzar no solo desde el campo, sino desde la vida urbana. Kevin Palta es un estudiante de Ingeniería Agropecuaria, que acompaña procesos de aprendizaje con comunidades y con estudiantes de la Universidad del Cauca en Popayán.

Por: Angie Ramírez Meneses y Yensy Muñoz

Fotografías: Angie Ramírez

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Aun cuando ha vivido toda su vida en el sector urbano de Popayán, Kevin Alexander Palta es un joven de campo, de esos que cuidan de la tierra, valoran sus frutos y aman sus procesos. La vida distante de las zonas rurales se ha limitado a ser solo una distancia corporal porque su espíritu ha estado siempre tras las siembras. Hoy, con 24 años de edad, a través de su proceso formativo en la carrera de ingeniería agropecuaria, vive a diario la ilusión que de niño tuvo, la de ver cómo una semilla se transformaría en cilantro, o la emoción de ver cómo se elevaban las matas de lenteja en el patio de su tío. Sus manos forjaron, en la infancia, dos eras para siembra: ese fue el primer encuentro con la tierra y con lo que ahora es su proceso de vida más importante.

Siempre va de ropa deportiva, con mochila al hombro y con la disposición de sentir la tierra en sus manos, cargado de la fuerza que se necesita para surcar y la delicadeza necesaria para proteger. Estando en alguna huerta, no se cansa de halagar los atributos de la tierra y se sorprende fácilmente con cualquier bicho nuevo que se pase por ahí entre la cosecha.

Seguir la tierra ha resultado ser su principal propósito de vida desde hace más de tres años cuando decidió, después de mucho pensarlo, que debía abandonar la carrera que cursaba en el momento. Hizo a un lado la biología y asumió irse a ingeniería agropecuaria, la carrera que lo llevaría a vivir el campo. Una nueva admisión a la Universidad del Cauca, resultó ser ese inicio de una relación más cercana con las prácticas del agro.

Esfuerzo y motivación

Cuando se trata del agro, se torna serio, habla fácilmente con tecnicismos explicando en profundidad las etapas de las plantas, desde sus nombres científicos, pasando por su desarrollo y su diversidad. Y puede terminar de repente halagando cómo la vida puede retornar a un espacio con la constancia de los cuidados.

Y así, replicando los hábitos de campo, Kevin también madruga los fines de semana y visita los huertos de las residencias universitarias.  Va a ver cómo van esas maticas que se han sembrado entre estudiantes de las residencias “11 de noviembre” y “4 de marzo”. Su primer acompañamiento fue a la huerta “chagra universitaria” de las residencias femeninas en el primer semestre de 2018. De allí y de todo el esfuerzo que con las residentes pusieron en el proceso, surgió la motivación para que, en el segundo semestre del mismo año, los estudiantes de las residencias masculinas crearan el huerto “Perennea”.

En las residencias viene y va por los huertos, mostrando con alegría hasta los detalles más pequeños sobre la cosecha de frijol y de arveja: “¡Mira este fríjol! Yo nunca había visto uno con estas pintas. ¿Y puedes creer que vienen todos de una misma semilla?”. Lo dice, tal vez sin la noción de que a su mirada la naturaleza es tan perfecta como para nunca dejar de sorprenderlo, aun cuando desde la academia pueda conocer conceptualmente todos esos brotes de vida que ofrece la tierra.

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Ahora se encuentra en el quinto semestre de la carrera y participa del Grupo de Investigación para el Desarrollo Rural, TULL, en unión con el Centro de Innovación y Apropiación Social de la Caficultura, Cicaficultura. Allí es colaborador de un proyecto que ha gestado una red de seis huertos urbanos agroecológicos, donde le apuestan a generar la siembra de alimentos orgánicos. Es todo un proceso que se encarga de transformar espacios que han sido abandonados o convertidos en basureros, para hacer de ellos territorios de vida, donde se pueda ser consciente de cada una de las etapas de producción de un alimento, donde estos sean producidos de forma sana y amigable con el medio ambiente. Allí hace acompañamiento con la alegría de orientar y de compartir conocimientos agropecuarios: enseña como un experto y se sorprende como un niño.

Valorar al campesino

Kevin dice que se sumó a este trabajo cuando conoció al profesor Gustavo Alegría Fernández, director del componente de agroecología, quien guía la enseñanza de procedimientos económicos, prácticos y no contaminantes para el agro. Una idea que nació con la intención de replicar estos conocimientos en otras comunidades, para el beneficio de los campesinos. “Ser parte de estos procesos ha sido satisfactorio para mí, porque más allá de enseñar cómo se produce un alimento, lo que más gusta es visibilizar el trabajo del campo, porque así es como se valora más a los campesinos y especialmente a los pequeños productores, a los que les cuesta trabajo, tiempo y sudor cada uno de los alimentos que nos dan a los de la ciudad”, cuenta Kevin.

A este joven universitario le gusta sembrar, y por eso ahora siembra experiencias entre estudiantes de las residencias universitarias y los habitantes de los barrios La Paz, Loma de la Virgen y Los Naranjos. Entre todos estos espacios, destaca que no tiene uno preferido: “Cada huerto es diferente, cada uno tiene su propia belleza, eso es lo bonito”.

Con los vínculos que se crean en torno al trabajo de los huertos, tiene aliados como Sergio Beltrán, un estudiante de lenguas modernas encargado del huerto de residencias masculinas. “En estos huertos no sólo se cosechan alimentos, se cosechan amistades, espacios para compartir y cuidar”, afirma Sergio, mientras sigue desgranando la cosecha del día.

Kevin vive una relación de constancia y cuidados especiales con sus plantas, valores que ha involucrado a la vez con las comunidades con las que interactúa en la red de huertos urbanos. Él gesta experiencias colectivas a través de su orientación y de la práctica de participación sencilla de hacer del cultivo de los alimentos algo cercano, con cualquier persona interesada en aprender de la tierra.  

Es probable que después de compartir su amor y dedicación, la cosecha para su vida pueda ser la de ver hecho realidad su sueño anhelado, el de hacer cada vez más posible que se valore el campo, entendiendo el trabajo y el respeto que se le debe. “Lo más bonito es enseñarle a la gente el amor hacia el campo y hacia la vida, eso es en lo que yo me enfoco aquí: más que en sacar alimentos, es que ellos vean que se puede producir y que aprendan el valor de los alimentos que son sagrados”.