23 de septiembre de 2019

Testimonio

“¿Quién podría reparar los daños del espíritu?”

Las enfermedades del alma llegan misteriosas, como la tempestad. En ocasiones se calman, pero siempre están ahí. La depresión es transparente, intangible, homicida. Según la Organización Mundial de la Salud, el 4,7 por ciento de la población colombiana sufre de depresión. Testimonio de un joven que lucha cada día contra ella.

Por: Alejandra Salazar Muñoz

www.comarcadigital.com - Universidad del Cauca

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Hay cosas que omito claro, que si no veo necesario compartir no lo haré para esta ocasión, quizás después, porque siento que ya es suficiente.

Yo tengo 21 años con la apariencia de un adolescente, aunque el corazón ya está desgastado. Afuera sigo escuchando los gritos de mi papá, a veces los golpes que le da a mi madre. Yo quisiera salir a golpearlo, quizás matarlo, pero soy tan frágil que ni siquiera salgo a abrir la puerta de mi habitación.

Por estos días he tomado las riendas de la casa, doblo mis turnos en el trabajo de obrero y en las noches, luego de salir de la universidad, voy al bar a trabajar como mesero: no pagan mucho, pero al menos nos sirve para comer. Esta ha sido mi tercera batalla, pero ya estoy muy cansado. Nadie puede imaginar lo que se siente limpiarle el culo al hombre, mi padre, que tantas veces me ha herido.

Mis problemas empiezan desde muy niño con mi familia; mi mamá es policía y mi papá vendedor de pueblo en pueblo hasta el accidente aquel. Como mi mamá era miembro de la policía entré a ese colegio, así nos salía más barato. Siempre hemos tenido problemas económicos.

En el colegio me solían molestar bastante por no ser participativo, la verdad era muy tímido y los niños pensaban que siempre me guardaba algo entre las manos, pero en realidad no se me facilitaba hablar con las personas.

Ellos me tiraban las cosas, me escondían mis útiles, me solían meter en el baño hasta que alguien me ayudara. Una vez me quedé una hora encerrado y creo que por eso soy claustrofóbico.  Cuando fui creciendo los problemas se volvieron más pesados. Como yo no tenía amigos me guardaba cada uno de sus insultos, hasta que un día exploté, el último día que me llegaron a golpear porque uno de ellos, Julián, quiso meterse con lo más sagrado: mi madre. Aquella vez estuve cerca de ser expulsado del colegio. Aun así, decidí aprender a defenderme boxeando.

 

Las úlceras del alma

Sabes los psicólogos te dan mil formas de estar mejor, terapias y más terapias, pero ¿quién podría reparar los daños del espíritu? En general las personas también te dan consejos: haz esto, haz lo otro, te cuentan chistes, te dan un abrazo poco sincero. La gente en general piensa que se trata de un simple capricho, de un juego de expresiones donde la sonrisa pareciera solucionarlo todo y es ahí precisamente cuando comienza la obra de teatro, sonreír para cubrir las úlceras del alma.

Siempre me costó relacionarme con las mujeres, les he tenido miedo, así que tengo cuidado con ellas y por supuesto eso ha impedido el contacto con el sexo opuesto.  En el bachillerato las cosas empeoraron. Empecé a tener dificultades de salud porque a pesar de ser buen estudiante tenía problemas de identidad; cuando hablo de problemas de identidad son problemas corrientes, las típicas preguntas comunes de quién soy, qué hago aquí, por qué estoy haciendo entristecer a mi mamá.

En 11 tuve un colapso. Ya tenía algunos amigos, pero ahora no me sentía bien físicamente, no me gustaba a mí mismo por mi apariencia y sentía que por eso todos me juzgaban. Falté a clase por más de tres meses, permanecía encerrado en mi casa y en mi cuarto, tenía mucho miedo de salir de casa. Los problemas siempre eran en relación a mi físico y me encerraba en mí mismo y no quería volver a salir más. Me apodaron gato basurero.

No sabes en cuantas ocasiones he intentado acercarme a las personas, salgo con distintos grupos, me meto a diferentes actividades, pero nadie pareciera querer hacerse conmigo. Estoy solo y, aunque sigo intentando, siempre me siento solo.

 

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Un mundo gris

Me pude graduar bien a mis 16 años. En esa época tuve el primer encuentro con el suicidio: el suicidio de mi prima Sonia Isabel. Ella era la mejor prima que he tenido: me cuidó de niño, me instruyó, gracias a ella le cogí gran amor al dibujo porque ella me enseñó paso a paso cómo coger el lápiz y hacer las figuras. Me enseñó muchas cosas. Sonia no dejó nota cuando pasó, simplemente se fue. Mi tía dice que ella no era sociable, era muy apartada y le costaba tener amigos. Quién sabe por qué habrá hecho eso. Ella se ahorcó de la ventana de su habitación y nos dejó, me dejó.

Esto que sucedió me marcó profundamente, ya no veía las cosas de la misma manera y volvieron los problemas de niño y adolescente. Fue mi gran primer golpe.  Yo no hablaba del tema con mis amigos y nadie me preguntaba si estaba bien o mal, solo nos preocupaba pasar el rato.  Cuando uno mira todos los días el reloj, se da cuenta de que las esperanzas son pocas, siento que el mundo fuera toda una masa gris que no tiene nada para mí en el futuro. Y cuando uno cree que lo mejor que le podría pasar es la muerte, aunque uno le siga teniendo miedo, lo mejor que uno encuentra mientras se está aquí son esos pequeños viajes que las drogas dan.

Las drogas me han quitado varios a amigos, me han quitado vida. Todos ellos se fueron por sobredosis. Yo he estado cerca, cerca. Cuando ya el alma pareciera toda estar expirada, se me cruzan a mí algunos recuerdos, los menos malos, y no es que yo quiera decir que tengo una vida demasiado angustiosa, por el contrario tengo a mi mamá y las oportunidades no han sido despreciables. Pero no es el mundo, ni siquiera soy yo, es el alma, el alma que no despierta, que está siempre toda gris y que en muchas noches se carga de demonios que vienen a ponerme el mundo de concreto.

Luego cuando llegaba a casa de regreso, volvían los problemas. En esa época había caído bastante mi relación con papá, en realidad nunca fue buena, sinceramente él nunca me ha tenido cariño ni amor, nunca me dio atención. Mi relación siempre fue mala, siempre. Mi papá a menudo usaba la violencia. Cuando mi mamá no estaba él me pegaba bastante y mi madre decía que él tenía razón y si mamá dice eso, debe ser verdad porque ella es mi autoridad. Me castigaba de manera muy radical y lo hacía sacándome de la casa: yo dormía donde fuera, a veces había camas, otros días en la calle. Era un vagabundo. Fue entonces cuando no pude estar más abajo.

 

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Sueños y fe

Por la música y el dibujo intenté recuperarme, ha sido el gran escape. Me siento libre por ratos, incluso feliz, pero ella vuelve y no se va, y no se va.

La última vez vino acompañada de la historia de Carlitos, él fue un amigo de la infancia desde muy niño, del barrio, un parcero.  Lastimosamente muchos amigos de mi comuna se han ido por drogas, muchos otros han tenido hijos, a otros los han matado, les han dado un tiro por andar en cosas que no deben estar. Pero la despedida de Carlitos fue muy especial y triste, a él lastimosamente le dio una sobredosis. Me ha tomado tanto tiempo comprender lo que pasó con él. Si yo podía salir, él también podía hacerlo. Carlos era el doble de fuerte que yo, pero no dio más. Consumió muchas drogas, no sé si fue heroína o fue otra cosa la que se inyectó, al final esto le ocasionó un paro cardiaco y murió. Era mi parcero. Carlitos me dejó a Sindi, una perrita que para mí es como verlo ahí representado.

La depresión lo arrastra a uno. Hay veces en las que uno se ahoga tanto y se encierra tanto porque uno ya no quiere hacerle más daño a nadie ni quiere ver cómo se lo hacen a uno. Yo sigo vivo por mi madre, ella es tan buena, es lo único que tengo y que me queda. Cuando le dan sus crisis de la presión y siento que a veces se va, me gustaría que así fuera para detrás de ella irme yo también.

A pesar de todo también hay sueños que uno tiene, mucha fe en ellos. Yo quiero ayudar a las personas, por eso estudio. Yo no quiero que le pase nada a la gente que más quiero, deseo seguir luchando y sé que va a ser difícil y uno a veces no comprende las situaciones que están pasando, pero el caso es que hay que luchar contra este virus invisible que llega como pesadilla.

Hay cosas que omito claro, que si no veo necesario compartir no lo haré para esta ocasión, quizás después, porque siento que ya es suficiente. Mi nombre es Juan Camilo. Soy músico y estudiante de ingeniería civil y a veces me pregunto si algún día la depresión me dejará.