28 de abril de 2019

Crónica

Pa’ lo que hay que ver

La barbarie del conflicto armado en el país ha dejado miles de víctimas, pero hay quienes aún ponen objeciones a la paz. Esta crónica recuerda una de las tantas tomas a Toribío, Cauca, y las secuelas que dejó en sus habitantes. Como bien dijera José Saramago: “Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que viendo, no ven”.

Por: Daniel Esteban Egas Cerón

Pa’ lo que hay que ver 1.jpg

Se duele por la ausencia de un ojo que ya no está donde debería estar. Se lo sacaron a las malas. Se retuerce en el piso cual animal en su lecho de muerte, adolorido, arrepentido, jadeante, empolvado de tanta tierra que se había alzado y que había vuelto a caer encima de él como si le estuvieran anticipando las honras fúnebres. Y qué hacer, si lo irremediable de la oscuridad en la que ahora se debatía le ponía en duda si seguía vivo o si ya la muerte le había pelado los dientes.

Si estuviera muerto no habría dolor, eso pensó. Si estuviera muerto no habría angustia, no habría nada. Lo único que le hizo caer en cuenta de que seguía en este mundo fue eso, el dolor que sentía y que le recorría cada hebra de carne del cuerpo. Pero en el único lugar en que no había nada era en el agujero del cráneo donde antes le quedaba el ojo.

–Vente para acá, Romelio*, vente para acá porque yo no siento nada. Me hace falta un ojo y si te hablo es porque no me quiero quedar dormido. ¿Qué te falta a ti, Romelio, qué te falta?

Pero Romelio solo se quejaba de un dolor que pareciera ser el mismísimo fuego. Se le regaba por entre las venas y le subía de arriba a abajo y le volvía a subir y a bajar de nuevo mientras le quemaba de a pocos cada pedazo de sus carnes. No se movía, se estaba muriendo.

–Quédate tranquilo que ya van a venir por nosotros, Romelio, tú no te preocupes. Aguanta no más que seguro ya están llegando.

Era mentira, pero de esa mentira se valieron para aguantar, para vivir un poco más, al menos hasta que alguien llegara y les ayudara a seguir viviendo. Empuñaron esa ilusión con la poca fuerza que les quedaba en las manos todas desdichadas y creyeron en esa mentira con fe devota. Fue tanto, que para ellos se había convertido en una verdad irrebatible. Eso les sirvió, aunque sea, para no dejarse caer en el sueño eterno, que les pesaba, les pesaba.

Pero afuera ningún alma tenía ni la más mínima intención de ir por los hombres que yacían enterrados entre costales de café desparramados. Cada quien corre preocupado por salvarse a sí mismo y no había tiempo para pensar en las vidas de los otros; a duras penas se puede amparar la propia vida. Las balas que habían empezado a lloverle al pueblo hacían que a nadie se le cruzara por la cabeza ir por los desahuciados, cada quien es dueño de su miedo.

–Dime, Romelio, dime tan si quiera si estás completo o dime qué te falta… Yo ya te dije que me falta un ojo.

El silencio ya no es silencio, se oye el llanto. No se sabe de quién. A lo mejor, las almas del purgatorio se compadecieron de la suerte de esos hombres y se desaforaron en un lamento que se alcanzó a escuchar hasta en este mundo. Ya no hay silencio, ahora se escuchan los gritos despavoridos que se alejan de ellos en vez de acercarse para que al menos los acompañen a morir. Pero de algo sirven los alaridos esos. Los espanta y de paso les espanta el sueño, les hacen creer que siguen vivos aunque hasta en eso ya sea difícil creer.

–Me meto el dedo y no hay nada, Romelio, nada. Lo único es este líquido tibio que creo debe ser sangre, pero del resto no hay nada, al menos no está mi ojo, eso es seguro.

Sus carnes se aferran al tierrero donde antes habían estado, unos de pie y otros sentados, donde antes habían estado tomándose unos aguardientes, hablando sobre el ir y venir de esta vida jodida que les ha tocado. Pero ahora están tirados boca abajo, atragantándose de tierra en cada bocanada que busca un sorbo de vida. Se aferran, con los dientes bien enterrados en la tierra, a una ilusión, a la ilusión de vivir, aunque sea, en esta vida jodida que les ha tocado.

Pero tampoco quieren hacerse uno con la tierra. Sus cuerpos reposan moribundos y un líquido rojo que se les sale del cuerpo empieza a bañar ese pedazo de suelo. No lo quieren porque morirse significa estar tres metros bajo tierra y sienten que con cada bocado de tierra que se tragan, con cada segundo que pasan botados en ese suelo, se hunden más. Saben que si la cosa sigue así van a terminar ahí mismo enterrados y muertos en el mismo lugar donde antes habían estado vivos.

–Solo te escucho llorar a ti, Anastasio, los otros ni se han quejao pa’l menos saber que están vivos.

–No te duermas, Romelio, no te duermas. No querrás que digan que hasta en tu lecho de muerte te ganó la pereza. Anda, abre bien los ojos que tú los tienes bien.

–Mi crío, Anastasio, dime que lo tienes ahí…

–Conmigo no está, lo tenías entre tus piernas cargado, lanzando los dados.

–Por qué lloras, Anastasio, ¿es porque te falta un ojo? A mí me falta mi hijo.

El peso de sus cuerpos empieza a sentirse atraído por el llamado a la putrefacción de esa sustancia primitiva en la que están acostados. Ya no es un pedazo de tierra fría y dura, ahora empieza a parecer una blanda capa que les calienta el pecho para que puedan dormir mejor, se les cierran los ojos, el ojo. Balbucean algunas palabras que ni ellos mismos se entienden. Ya no hay nada.

Entonces sienten cómo unas manos les aprietan los hombros y otras más les aprietan las zancas y los levantan para acostarlos en unos remedos de camilla que no son más que dos estacas largas con un costal amarrado de cada punta que antes había servido para secar café.

–Despiértate –le dicen los dueños de las manos que lo zangolotean de lado a lado–, no te duermas.

Atravesaron el marco donde antes estaba erguida la puerta grande de madera que ahora no era más que un agujero para entrar y salir sin necesidad de estar pidiendo permiso a nadie. Estaba oscuro, pero no era el oscuro habitual de la noche, el cielo estaba cubierto de una mezcolanza de nubes y polvo que se habían rejuntado para convertirse en una masa etérea que cobijaba suavemente al pueblo y que le daba cierto tinte azulado a esas seis de la tarde.

–¿Cuántos más quedan adentro?

–Sólo uno, y bañado en sangre.

–Pero éramos cinco –dice Romelio.

 Pa’ lo que hay que ver 2.jpg

*****

Muchas gotas de lluvia le han caído a Toribío, pero como las de ese día no se han vuelto a ver. Empezó como una llovizna débil, un suave rocío que a la gente le da por llamar ‘espanta-bobos’, una lluvia que ni merece el esfuerzo de señoras preocupadas por la ropa tendida en el patio. Pero si truena es porque va a llover. Y así fue, no serían ni las tres de la tarde cuando el cielo se estremeció en un bramido que desbocó una bandada de gotas pesadas que se desprendían de las nubes de ya no poder más con su propio peso.

Se empapó el suelo.

–Como que va a haber bala.

­–Rumores na’ más. Hay mucha gente en la calle y hasta los niños están pidiendo dulces, hoy no hacen na’.

–Más vale cobarde vivo que valiente muerto. Vamos pa’ otro lado.

El rumor aquel casi los mata. Se habían encontrado, como todos los sábados, en la misma esquina, a hacer lo habitual. Los viejos amigos de siempre tienen el mal vicio de apostar en el billar, tener una cerveza fría en la mano y hablar de la vida, de la perra vida. Pero ese día no.

Se metieron todos a la casa de doña Clementina, una casita pequeña donde funcionaba una venta de empanadas en el patio de afuera que ella misma atendía todos los días y que al parecer hasta buena sazón tenía porque siempre estaba lleno. Los amigos pidieron permiso para entrar y una vez adentro pidieron una botella de aguardiente e hicieron un trato de hombres.

­–Quién pierda, paga la botella.

Todos asentaron con la cabeza, ninguno reprochó. Acomodaron el lugar que no era más que un rústico patio trasero lleno de matas y café secándose en la ramada. Se escampaban de la lluvia debajo de unas láminas de zinc y plásticos que hacían las veces de un techo que era más remiendos que cualquier otra cosa. Apilaron uno a uno los costales de café para simular unas banquetas, hicieron cuatro. 

–Ahorita que escampe, mijo, vamos a pedir dulces.

El niño se sentó en las piernas de su papá, agarró los dados con sus manos pequeñas e inocentes, los sacudió inútilmente entre los dedos apretados y lanzó mientras se reía. No tuvo suerte. Y así siguieron lanzando los dados sobre el tablero envejecido de tantas partidas que ahí se habían jugado y pasaron los minutos y después las horas.

–Me tengo que ir, compadres.

­–No, Anastasio ¿ya te dio miedo perder?

–Es que tengo mi carrito allá afuera y no quiero que empiecen a dar bala y me lo dejen como coladero.

­–Juguemos otra, la última, a ver a quién le toca pagar la botella.

Era la cuarta mano de parqués que se jugaban. Pero no la pudieron acabar. Por el techo bajó rodando el maleficio que les tiraron desde el parque, cruzó la calle por los aires y antes de que se dieran cuenta de algo, una luz brillante les cegó los ojos y los dejó tendidos en el suelo bajo una nube de polvo que llegó junto con la tremebunda y los mantuvo ahí en el imperturbable silencio de la nada que duraría lo mismo que un mal de cien años.

El que lanzó la granada es un niño, los que lo vieron dicen que no tendría más de 13 años. Era guerrillero. Estuvo merodeando el parque mirando disfraces, mirando a los policías que se agolparon en la venta de empanadas de doña Clementina. Serían las seis de la tarde y el aguacero no cesaba, el niño metió la mano a una mochila que traía terciada y pecó de mala puntería. La granada no les cayó a los policías, paso de largo.

Algunos pensaron lo peor: ¿será posible que la llamarada esa que los había abrazado les pulverizó las carnes y los despojó de todo aquello que los hacía sólidos y firmes?; ¿será posible, será que los cuerpos se les marchitaron del quemazón tan tremendo que tuvieron que sentir después de que esa cosa les estallara prácticamente en las narices? No, no era así. Los otros dos habían salido corriendo por sus propios medios, con los ojos empantanados de tierra y lágrimas, con los pies cegados descubriendo el camino a punta de tropezones.

–Pero éramos cinco –dice Romelio.

–Sí, éramos cinco y aquí solo nos llevan a dos –reafirma Anastasio.

–Los otros dos salieron corriendo y botando sangre y al niño lo sacamos de primero. Están todos vivos, de milagro pero vivos.

–Ves, Romelio, te dije que ya venían por nosotros. Ahora ruega pa’ que no se nos meta una bala en el camino.

–Y tú, Anastasio, ya no tienes tu ojo.

–Ya no importa, Romelio. Igual, pa’ lo que hay que ver.

 

*Los nombres de los personajes fueron cambiados por solicitud expresa de los mismos.