24 de junio de 2018

Cronica

Si lo encuentra más barato...

Algún billete en el que aparezca Jorge Eliecer Gaitán puede bastar para un buen corrientazo a la hora del almuerzo. Personas de pocos recursos, alcanzadas de tiempo o simplemente con la necesidad de ahorrar, acuden a un puesto callejero donde calman su hambre con lo que tengan a la mano, incluso monedas.
 
Por: Nicolás M. Ulloa
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El reloj marca las tres de la mañana y empieza una jornada de trabajo para Sandra Rodríguez. Normalmente a esa hora la mayoría de personas está descasando, pero no Sandra ni sus padres, Graciela Rodríguez y Carlos Rodríguez, quienes le ayudan a cocinar el arroz con pollo, los fríjoles con garra, los tamales de pipián y el tripazo o mondongo de todos los días. En la cocina de su casa, en el barrio Bello Horizonte, lo primero que pone en el fogón son las ollas que contienen los fríjoles bola roja junto con la pezuña de cerdo, debido a que este plato es el más demorado y el más difícil de cocinar. 
A las seis de la mañana pasadas, ya está todo listo, sólo es cuestión de llamar a un conductor de piagio y subir el carrito, un poco oxidado en las partes inferiores, con los baldes y ollas calientes. Este día le toca el turno de vender a Sandra y lo hará durante los siguientes dos días, después le corresponderá a Graciela por los tres días y por último a su esposo Carlos durante el mismo tiempo. Debido a las largas horas de trabajo es casi imposible que uno de los Rodríguez trabaje alrededor de 13 horas al día los siete días de la semana, por eso acordaron este horario.
 
Un lugar concurrido
 
Después de 30 minutos de trayecto, Sandra llega al lugar en el que ha estado durante ocho años, atrás del colegio Champagnat y contiguo a la Placita Campesina. El lugar parece una “plazoleta” de comida de carritos ambulantes. En el primer tramo hay dos señoras que venden arepas rellenas de carne y chicharrón. Al lado venden jugo de naranja, perfecto para acompañar la arepa, también se puede tomar con cola granulada, huevos de codorniz, miel y hasta vino, todo de diferente tamaño y precio. Un poco más allá hay una venta de minutos y mecato, en lo que parece ser el carrito más pequeño y humilde de la “plazoleta”, un carrito azul cielo como el de este día, y un poco viejo. A diez o doce pasos se encuentra el penúltimo cochecito, el cual tiene su propio nombre haciendo alegoría a lo que vende: crocantes chicharrones con limón, plátanos maduros con queso y gaseosa. 
 
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Subiendo unos diez metros, se encuentra el carro de los Rodríguez, donde venden los que podrían ser los almuerzos más baratos de Colombia, un carrito que no tiene nombre, pero que tiene la suficiente popularidad para que ya sea reconocido por muchas personas. Este día a Sandra le colabora una tía, mientras ella se apura a comprar las gaseosas, cucharas y desechables para los almuerzos. 
A las nueve y treinta de la mañana, el olor a comida recién hecha se toma el lugar, Sandra destapa sus ollas y baldes, y se dispone a vender sus famosos almuerzos. Los taxistas, mototaxistas, conductores del común, comerciantes y empleados de la terminal de trasportes que son los clientes de este negocio, y pueden obtener su comida por lo que tengan. De manera literal. Los Rodríguez venden lo que el cliente pida, con menos de mil pesos basta: si es 500 pesos de frijoles, los venden, si es 500 de tripazo también, y así con todas las comidas, a excepción del tamal que sí tiene un precio fijo. Pero normalmente siempre van por mil de arroz con pollo, que es el plato insignia del negocio.
“Yo fui hace aproximadamente tres años, y lo increíble es que todavía sigan manteniendo los precios. No sé si era el hambre, pero el arroz con pollo de ese día, me lo comí todo, me había parecido rico”, declara un comensal del lugar.
“La comida es muy rica, fresquita y barata, lo bueno es que aquí hay almuerzos o desayunos de todo, de mil pesos, mil quinientos, de dos mil. Todo es rico: el tripazo, el fríjol, el tamal, el arroz con pollo y a buen precio y barato”, declara por su parte un comerciante mientras mezcla con su cuchara plástica el arroz con pollo y los frijoles con garra que le había servido “doña Sandra”. 
 
Trabajo familiar
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Es la una y treinta de la tarde. Un billete doblado y arrugado de mil se encuentra en el suelo. Es de un cliente al cual se le cayó segundos antes. Ha venido a buscar el famoso arroz con pollo, pero Sandra le dice que ya no le quedan almuerzos de mil, únicamente tamales con arroz. El cliente accede a comprar el plato “más caro” del negocio. Sandra, con la amabilidad que la caracteriza, le echa más arroz de lo normal, la ñapa que llaman, ya que el cliente no pudo encontrar su plato preferido. 
El cochecito efectivamente tiene sus ollas vacías, solo están las bolsas de La Placita Campesina, donde siempre compra los platos en que sirve cada día. Aparte de eso, tiene los tamales de pipián en una canasta. Debe ser paciente, le dice a su tía: “hasta que no vendamos todo, no nos vamos”. En ocasiones, al mediodía ya están llamando a un piagio para que las deje en su casa. Pero otras, a las tres de la tarde siguen sentadas, esperando. 
“Este negocio familiar lleva diez años y ha dado para la comida de los hijos, el estudio y los servicios básicos que tenemos”, dice Sandra. En los primeros dos años estuvieron en el Terminal, pero a algunos comerciantes no les agradó esa idea e hicieron lo posible para sacarlos de allí, porque no podían competir con un almuerzo tan barato, “Aquí ya nadie nos molesta, porque es un espacio público, y no molestamos a nadie. Nadie nos puede echar”, concluye Sandra. 
Ella y sus padres sueñan con tener un restaurante grande, que alcance para todos los clientes con los que cuentan, conservando la gastronomía que siempre ha tenido y la ha caracterizado. Ella lo ve como algo difícil pero no imposible, y por eso aspira a que sus hijos en un futuro la ayuden a cumplir este sueño. Es un plan a largo plazo, en el que ella deposita toda su fe.