03 de junio de 2018

Perfil

Un hombre para admirar

Hoy se celebra el Día del Campesino, una fecha que suele pasar inadvertida en un país que le ha dado la espalda a lo rural. Este perfil de un campesino surcaucano es un homenaje al valor y la sabiduría de aquellos que, pese a la importancia de su trabajo cotidiano y silencioso, han sido siempre invisibilizados.

Por Juan Carlos Pino Correa 

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“Mi padre era un gran contador de historias y a mí me hubiera gustado tener también ese don”, afirma José Gabriel Hoyos. “Contaba historias de vivos e historias de muertos, de fantasmas, de guandos y de duendes. Todas las historias que alguien pudiera imaginar”. Luego se lamenta de no haberlo grabado alguna vez para que lo pudieran escuchar sus dos hijos.

Estamos en la plaza, yo sentado en una silla y él de pie al otro lado del pequeño negocio de empanadas y otras comidas que atiende en el mercado de los sábados. Después de muchos años sin vernos nos encontramos aquí mismo hace unos meses, casi por casualidad, cuando yo daba una vuelta entre los toldos rememorando tiempos de antaño. Y aquí también hemos quedado para conversar hoy cuando ya la gente ha empezado a recoger sus cosas y tomar a pie o en chiva el camino de sus veredas.

A José lo conozco desde que entré a primero de primaria en la Escuela Anexa del Colegio San Luis y debo decir que siempre sentí una gran admiración por él. Sabía, porque lo contaba cuando los profesores se lo preguntaban y lo ponían de ejemplo, que tenía que madrugar mucho más que nosotros para llegar a clase, ya que vivía “en el campo”. A mí eso me sonaba lejísimos y no sabía calcular qué tanto, pero el caso es que él siempre estaba a tiempo para el inicio de las actividades escolares y llevaba las tareas hechas y la ropa bien arreglada. Era tímido, callado y muy respetuoso, tal como lo sigue siendo ahora. No recuerdo que en los recreos jugara al fútbol con nosotros y creo que se quedaba por allí leyendo algún libro o paseando. Como a mí también me encantaba la lectura nos hicimos buenos amigos, aunque ahora no recuerdo bien de qué hablábamos en esa época. Me consta que era un buen estudiante y un niño muy inteligente. Además nunca tenía problemas con nadie. Por eso se le hace un nudo en la garganta cuando me cuenta que una vez un alcalde no le quiso dar la certificación de que él había trabajado durante unos años como profesor en una escuela veredal y que era documento indispensable para que le renovaran el nombramiento o lo reubicaran.

Travesía y reflexión

Siempre creí también que José era un buen hijo, pero apenas lo llegué a comprobar ahora, cuando compartimos sin afanes y a cuentagotas nuestras historias, él con la misma timidez y tranquilidad que tenía en la escuela y yo queriendo corresponder a esta confianza cuyas raíces, los dos lo sabemos, se remonta a nuestra infancia.

—¿En qué año se fue usted del pueblo?

—Cuando estábamos a mitad de quinto de primaria.

—Pues ya se había ido entonces cuando mi madre murió y yo no tenía ganas de nada. Estaba en sexto año y me iba a retirar del colegio. Fue mi padre el que habló conmigo y me convenció de que siguiera.

Y sí, siguió pese al dolor, la pobreza y la orfandad. Y con la misma dedicación y disciplina de siempre terminó el bachillerato ocupando el primer lugar, siempre llegando a tiempo desde su casa de la vereda de Ruiz, fuera invierno o verano. Y luego hizo un curso en el Sena sobre riegos y cultivos.

—A mí me hubiera gustado estudiar filosofía —afirma en algún momento de la conversación, casi como si pensara en voz alta, o como si fuera una confesión.

Escuchándolo ahora y habiéndolo conocido de niño, creo que aquello le habría venido perfecto a su capacidad reflexiva y a la sabiduría construida en su entorno campesino. Lo imagino pensativo en las mañanas de camino a la escuela y al colegio, y también pensativo en las tardes de regreso al hogar, deteniéndose a veces a escuchar con atención un pájaro de varios colores o a verlo saltar de rama en rama, o lanzando piedras del camino intentando impactar en el tronco de algún árbol. Pero puedo imaginarlo también de niño, de adolescente y de joven, cogiendo flores en el camino para llevárselas a su hermana Aura, postrada y enferma desde siempre. A ella la cuidó hasta el final de sus días y solo después de que murió se hizo acompañar. Ese término me sorprendió cuando lo dijo por primera vez porque yo no lo había escuchado nunca. No dijo me casé ni me fui a vivir con alguien sino “me hice acompañar”. A mí, además de extraña, me pareció una expresión bonita, simplemente. Y me pareció también de una nobleza enorme que no buscara pareja antes porque no quería que otra persona tuviera que llevar con él la tarea de cuidar a su hermana enferma y a su padre anciano.

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Pero el tiempo pasa y aquí en la tolda, junto a él, está su compañera, Cecilia, una mujer tranquila y trabajadora también. Con ella viene los sábados, con ella cuida a los hijos y con ella trabaja durante la semana en la pequeña finca que heredó de don Gumercindo, su padre, el hombre que le enseñó los valores de la vida y las riquezas del trabajo en el campo, el mismo hombre que un día con sus consejos le impidió dejar el colegio. A él también lo cuidó hasta su final casi centenario y de lo único que se arrepiente es de no haberlo grabado para que sus hijos lo escucharan contando historias.

—Me contó mi hijo que usted había estado en el colegio dándoles una charla.

Yo asentí con cierta timidez, aunque era cierto. Me habían invitado a hablar sobre escribir historias, precisamente, y en el grado doce en la Normal estudiaba su hijo, John Alexander.

—Cuando me lo dijo, yo le pregunté por el nombre del profesor. Entonces le conté que habíamos estudiado juntos en la primaria y él se sorprendió de que nos conociéramos.

—No sabía que estudiaba allí. ¿También es muy bueno para el estudio?

—Sí, saca el primer puesto, pero ahora que acabe el grado trece no sabe qué hacer.

—Estudiar —me apresuro a decirle—. Es la única salida.

Y entonces me cuenta con preocupación que su hijo dice a veces que quisiera irse al ejército y hacer la carrera militar, y otras veces que quiere entrar a la universidad. Él no está de acuerdo con lo del ejército y prefiere que su hijo siga estudiando.

—John Alexander es un muchacho muy sencillo y viene con nosotros los sábados aquí a la tolda. Los profesores lo ponen de ejemplo por eso, porque no le da pena ayudar en estos trabajos.

—No tendría por qué darle pena —digo.

—Pero como la juventud es tan rara. Yo hablo mucho con él y lo aconsejo y le digo que no se vaya para el ejército sino que estudie. Y tampoco quiero que se ponga a trabajar en minería porque me da miedo que consiga unos pesos y luego no quiera estudiar.

Las inquietudes de hoy

Luego José me dice que más abajo de su vereda han empezado a abrir la tierra para explotarla, que están haciendo unos daños ambientales enormes y que el agua ya empieza a escasear. Su congoja tiene que ver no solo con aquello sino además con que muchos muchachos se van a trabajar allí en vacaciones del colegio y en eso se quedan. Y no quiere que una cosa así le pase a su hijo. Tampoco quiere que algún día él pruebe el licor, porque ese es un mal consejero. “Yo nunca me he emborrachado”, dice con orgullo.

La hija menor de José y Cecilia tiene ocho años y todavía está en primaria. Es una niña despierta que ahora se sienta a mi lado y que me sonríe cuando su padre le dice que soy un amigo.

—¿Y quién la viene a dejar al colegio? —indago.

—Yo —dice José, sonriendo—. Nunca he dejado de venir de la finca a los colegios, primero con John Alexander y ahora con María del Carmen. Aún sigo haciendo en las mañanas y en las tardes la misma ruta que hacía cuando era niño.

Como yo recuerdo que de niño a mí me parecía que él venía de “lejísimos”, decido decírselo y él me responde que no tanto, que son unos quince minutos apenas, pero yo no estoy muy seguro. Entonces le confieso que me gustaría ir un día de estos a su finca para que me enseñe sus pequeños cultivos, sus vacas y el camino que hacía para estudiar y que todavía hace para que sus hijos estudien.

—El día que usted quiera, vamos. Mi casa, dentro de su humildad, está para servirle.

Yo le agradezco sus palabras y su tiempo, y luego me despido de él y de Cecilia. Y les prometo que hablaré con su hijo para aconsejarle que siga estudiando. Luego regreso al hotel pensando en la conversación que José y yo hemos tenido, pensando en los niños tranquilos que éramos en la escuela y pensando en aquello que somos ahora. Y me digo que José no necesita ser un gran contador de historias como su padre. Cuando con palabras sencillas cuenta la suya, humilde, rural, cotidiana, llena de dificultades, sé que él entraña el espíritu de este Sur que se levanta cada día con la frente en alto, de este Sur que sigue soñando con un mejor futuro para sus hijos y de este Sur que pese a tanto abandono sigue trabajando muy duro para hacer realidad sus ilusiones. Y comprendo que si yo admiraba de niño a José Gabriel Hoyos ahora lo admiro mucho más. Él es un hombre íntegro que jamás se derrumbará ante los abismos. ¿Hay una mejor historia que esa?