13 de abril de 2018

#terremoto83

El olor de la tristeza

Juan Pablo Ramírez tenía cuatro años en el momento del terremoto y vivía con su familia en la calle 4 con carrera 5, en la casa esquinera donde hoy funciona La Fundación Politécnico Latinoamericano del Norte. Este testimonio da cuenta de una mirada infantil y sin aspavientos sobre lo que se vivió en Popayán en marzo de 1983.

Por: Daniel Egas

Fotografía: José M. Arboleda

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I

¿Por qué se está cayendo el techo? Fue lo primero que le pregunté a papá que aún estaba queriendo domar la borrachera del día anterior. Había llegado justo a las ocho de la mañana. Apenas me saludó. Se quitó el pantalón y se metió entre las cobijas. Yo madrugo siempre que hay días festivos para ver Plaza Sésamo en el televisorcito de mis papás. Ese es el único aparato de la casa que me dejan manejar, aunque no tiene mucha ciencia, solo hay que saber encenderlo y apagarlo. Solo funciona un canal.

Ayer en la noche estuvimos viendo la procesión desde el balcón de mi casa. Siempre hay mucha gente que quiere venir a este balcón porque según dicen es el más bajito de toda la cuadra y se ven mejor los pasos. Es más, hace un año vino una tal Gloria Valencia de Castaño a la que todos miraban con admiración. A mí no me cayó tan bien porque me quemó con un cigarrillo.

Cuando papá se dio cuenta de que efectivamente el techo se estaba cayendo, me agarró del brazo, me aventó al corredor de la casa y le pegó un grito a mi mamá: “¡Gladys, la niña!”. Todo se movía, sonaba como si debajo del piso hubiera un monstruo hambriento queriendo absorbernos.

Yo quería reírme porque mi papá salió a la calle en calzoncillos, pero estaban muy preocupados porque nadie más salía de la casa. Ahí vive casi toda la familia y las Marías, así le llama mi bisabuela a las sirvientas. Había muchas Marías en la casa. Una vez uno de mis tíos armó una pelotera grandísima con mi abuelo, le decía que no le gustaba como trataban a las muchachas del servicio y que por lo menos deberían darles las gracias cuando les pasaban el tinto.

Ahí, en esa casa que se estaba cayendo, crecí, bajo el mandato incuestionable del abuelo, un viejito cojo, bajito y que se la pasa repitiendo que fue el primer trasplante de cadera por allá en el ‘sesenta y ni sé qué’. Él siempre tenía algo chistoso para decir, aunque según comentan, fue mal marido, borrachín y mujeriego. Los años lo han ido doblegando, pero eso sí, en la casa no se pone un clavo sin su aprobación.    

Mamá había salido de la casa con mi hermana entre los brazos, le pegó una patada a la puerta y apenas salimos había una nube de polvo café que no dejaba ver nada. Sentí que los ojos se me secaban. A los minutos de estar en la calle comenzaron a caer las primeras gotas de agua, la tierra dejo de moverse y parecía que el hambre del monstruo que quería absorbernos se había calmado.

En ese momento se empezaron a hacer más fuertes los gritos. Yo no supe de dónde venían porque toda la gente que pasaba por ahí caminaba pasmada, con la mirada perdida y cubierta de polvo. Eran como fantasmas. Así, igualitos, iban saliendo de nuestra casa los tíos, los primos, mi bisabuela y las Marías. A uno de mis tíos le había caído una teja encima y le había roto la nariz. En ese momento me di cuenta de que mi abuelo había estado todo el tiempo afuera de la casa, viéndolo todo porque apenas llegaba de viaje.

Mi papá siempre ha sido un tipo raro, más allá de que haya salido a la calle en calzoncillos. En la casa tenía su propio cuarto de revelado de fotografía y una colección de insectos disecados. Algunos de esos insectos eran resultado de la cacería minuciosa que noche tras noche debíamos hacer. Antes de dormir había que revisar, debajo de las almohadas, que no hubiera ningún alacrán acurrucado por ahí.

Lo primero que hizo mi papá después del alboroto fue entrar a la casa. Sacó su cámara fotográfica, las llaves del carro y por supuesto unos pantalones. Corrió hacia el Parque Caldas, porque de allá se escuchaban más fuerte los gritos. Cuando regresó estaba hecho un mar de lágrimas, lagrimas que se resaltaban porque bajaban como un hilito delgado limpiándole el polvo de las mejillas.

De una de las viviendas vecinas se escuchó una voz de mujer: “Don Alfredo, métase a la casa que de pronto le caen encima esos cables”. Le hablaban a mi papá las dos señoras solteronas que vivían a un par de casas más abajo. “Uy, si mi señora”, respondió mi papá y antes de poder quitarles la mirada de encima se les vino abajo la fachada de la casa. No las volvimos a ver.

De repente escuchamos un estruendo fuertísimo. Mi mamá dijo que se había caído el Hotel de la esquina contigua a nuestra casa. “Se cayó el Lindbergh, se cayó el hotel”, decían los vecinos que no terminaban de lamentarse por la gente que estaba ahí cuando se vino abajo parte de la iglesia de Santo Domingo.

En esa iglesia el padre Gregorio nos había echado agua bendita en la lengua a mí y a un primo para que no volviéramos a decir palabrotas. Mi tía nos llevó porque nos había encontrado diciendo groserías. Intenté defenderme diciendo que mi primo me pegaba para que repitiera las malas palabras. No funcionó. “Me los voy a llevar del pescuezo para que les echen agua bendita en esas lenguas”, nos dijo. Y así fue.

II

Hay un olor muy raro, como a tierra, a humedad, a viejo. Huele a tristeza. Ya no estoy tan tranquilo. “Mami el sapito, el sapito se quedó adentro”, le dije con tanta insistencia que hasta le halé la falda, pero ella no me hizo caso. El sapito que me regaló mi papa se me quedó adentro en la pileta junto con los peces. Quiero entrar a la casa a ver cómo está pero no me dejan. La que si entró fue mi mamá. Lo hizo para sacar la remesa que compró hace unos momentos y encontró mi casete de Menudo, el mismo que ella me regaló hace un tiempo. Lo había dejado en la cocina olvidado. Pero no trajo noticias de mi sapito ¿Será que se escapó o se murió?

Un amigo de mi mamá está llorando desconsolado en el andén. Venía gritando y pidiendo auxilio con un niño entre sus brazos. Mi mamá lo vio y lo llamó: “Vení, Santiago, ¿qué pasó?, sentate”. Resultó que eran compañeros de trabajo, allá en el Hospital San José. El señor Santiago solo repetía exaltado: “El niño, el niño”. Mi mamá le puso las manos en el cuello, se quedó en silencio y solo atinó a decirle: “No creo que haya mucho por hacer”. Nos fuimos y él se quedó llorando.

Salimos como pudimos de entre los escombros con el carro a ver a mi otro abuelo. Parecía que por esos lados el monstruo no los quiso absorber. No había tantos hombres fantasmas, ni gente llorando, creo que por eso es que nos vamos a quedar allá, al menos “hasta que se calmen las cosas”, dijo mi papá.    

Volvimos a nuestra casa a ver cómo estaban las cosas y por ahí andaba una multitud rodeando a un hombre que llamaban presidente. Mi papá dijo que se llama Belisario y me empujó hasta que logró acercarme al señor. Él me tocó la cabeza. Papá me dijo que le diera la mano. Lo hice. Él me devolvió una sonrisa de dientes enormes. Por alguna razón ese fue un momento de alegría, aunque no entendí porqué.

Ahora estamos durmiendo en el suelo, debajo de unas carpas improvisadas, dicen que los muertos se salieron de las tumbas y que es peligroso para nosotros los más pequeños. No entiendo cómo es que ha pasado eso, ¿cómo es que han revivido los muertos? Lo único que sé es que nos quieren mandar donde unos familiares de otra ciudad. Yo solo quiero volver a mi casa.

—Mami, ¿por qué no podemos volver a la casa?

—Porque no hay casa, Juan Pablo.