08 de abril de 2018

La dureza de las calles

Ser de nadie

Históricamente, en el sector del Idema se ha ejercido la prostitución. Marta, Sandra y Chava, son tres trabajadoras sexuales marcadas por el dolor, los sueños, los recuerdos y el olvido. Esta crónica indaga en sus experiencias y en la manera como ellas asumen una vida colmada de desesperanza.

Por: Fernando Cortez

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Debí haberlas visto antes y no recordarlas y ahora toman tinto en la cafetería del Idema y se carcajean de chistes que yo no entiendo.

Son tres, ya no tan jóvenes ni tan esbeltas. Al menos eso les dijo el vestido que Sandra y Marta se midieron al mediodía.

Marta es quien primero se anima a hablar. Tiene 40 años y lleva poco menos de 20 trabajando en estas esquinas, esperando clientes que pagarán diez pesos por acostarse con ella en una habitación que alquila por cinco mil el rato. Me sonríe mientras camina por los vívidos senderos de sus recuerdos y bebe un sorbo de café en leche. Poco a poco retrocede en el tiempo; es como si lo hiciera de espaldas hasta tropezar con las imágenes de su niñez, de su madre muerta cuando apenas tenía cuatro años, de las cuatro puñaladas que tiene –todas en sus brazos o cerca del pecho– y de los sitios por donde anduvo siendo de nadie.

La magnitud de los sueños

–Yo de eso no quiero hablar porque me pone muy triste –dice.

Un recuerdo espeso y amargo se le atasca en la garganta, pero halla salida en sus parpados abiertos y en las lágrimas que caen y mojan el maquillaje. Inició en el trabajo estando en embarazo. Hoy tiene tres hijos –una mujer y dos hombres– y un nieto.

–¿Qué cosas bonitas ha tenido en la vida, Martica? –le pregunto.

Ella sonríe tímida y un poco aturdida.

–Pues hay veces pues sí, he tenido. A ver… Es que pues así... ¿Cómo le comento? Cuando una compañera consigue su casita o algo. Pero personalmente no, no he tenido. Por el momento alegrías, no.

Sueña Marta con un carro donde vender dulces frente al Éxito, dar vuelta a la página y no volver a escuchar los “eche pa´cá, mamita, que sé que estás buena”, u olvidar cuando le proponen “dame la piedrita y te pago unos pesos más”. No pide otra cosa, no sueña más que dejar de enfrentarse día a día al rigor bendito e inmaculado de Popayán. Así, de esa magnitud son los sueños que abriga.

–Hay veces en que hemos tenido conflictos con las compañeras. También hay gente mal hablada que lo humilla a uno, que piensa que uno hace lo que hace por gusto y no ven que así como a ellos les da hambre, así como pagan arriendo, así como tienen hijos y tienen necesidades, así también las tiene uno. Pero, como dijo el dicho, el payaso ríe por no llorar.

Aprieta sus labios.

Hacerle ronda a la muerte

Al lado de Marta está Chava, mirando de reojo a todos lados. Toma su tinto, a diferencia de nosotros, en un vaso desechable. Es una mujer enjuta y desgarbada de 59 años, nacida en San Pablo, Nariño, pero llegada a Popayán siendo aún muy joven.

–Yo trabajo de todo un poquito –me dice–. Reciclo, voy a la pieza, hago mandados, saco órdenes de apoyo.

Tiene tres hijos. Hace cuatro años su hija Merly está desaparecida. Desde el mismo día en que murió su esposo.

–Yo duermo en la calle casi todos los días, y aquí en el Idema dejé mi juventud. Vea, aún sigo aquí, pero los años no llegan solos. Antes sí era bueno.

La mirada de Chava es la de quien ha visto la muerte: profunda, fría, como una piedra que golpea en el rostro. Ha estado dos veces en la cárcel. En ambas ocasiones por querer entrar marihuana, bazuco y perico al penal de Popayán, a modo de encomienda, dentro de su vagina. Le pagaban 300 por esto, dependiendo del tamaño del paquete.

–A mí me cogieron dos veces –cuenta Chava–. La primera vez salí y a los dos meses me agarraron de nuevo.

A decir verdad, estar en estas esquinas es hacerle ronda diaria a la muerte. Verla pasar y decirle que ya hay poco miedo, que el miedo se perdió cuando hace 25 años “mi hermano quiso ahorcarme o mi hermana intentó envenenarme”.

Ahora se suman nuevas preocupaciones.

La Alcaldía de Popayán tiene entre sus planes la reubicación de todas las trabajadoras sexuales de la ciudad en el sector de la variante sur. Las tres coinciden en afirmar que, dadas las rivalidades entre sectores, al estar juntas estas se van a agudizar y “la Alcaldía tendrá que correr con más de una ambulancia”. Sumado a esto, Sandra menciona que las mujeres que trabajan en los bares como Casandra y Oro Negro, “las de mayor jerarquía”, han expresado la negativa a esta idea, pues no piensan convivir con “las desechadas, las baratas”. Preocupaciones que “la Alcaldía no tiene en cuenta”.

Uno ya no sabe. De repente la muerte puta se disfraza de un hombre alucinado por las pepas, o el alcohol. O simplemente aparece subiendo por las sábanas sudorosas de alguna residencia con un cuchillo en la mano y el deseo feroz y asesino del coito efímero.

Silencio y huellas

–Uno vive con temor porque de pronto le sale a una un tipo loco o depravado. Una vez un man me estropeo, no me quería dejar salir y decía que me quedara con él el tiempo que él quisiera, entonces cogió y me estaba ahorcando –afirma Marta. Al otro lado de la mesa, Sandra, envuelta en un vestido de flores y con menos carcajadas que al principio, asiente con la cabeza. Ya conoce esta historia–. Yo reaccioné: me levanté, alcé el colchón y lo encendí a tabla; me envolví en la sabana y salí: estaba temblando y le conté a Sandra.

Eso ya hace mucho rato.

Marta debe irse.

“Silencio, que necesito silencio para que escuchen mi historia” –dice Sandra medio en broma, meneando su cabeza de un lado para el otro y haciendo muecas como si quisiera prolongar el encuentro fulminante, acallado todos los días por el pitido de los carros y los “¿usted trabaja, mi amor?”.

Nacida en una familia católica de Popayán. El dos de febrero de este año cumplió 10 de haberse prostituido por primera vez cuando tenía 39 años.

–Cuando tenía 15 años intenté suicidarme tomándome un veneno porque mi papá le pegó muy feo a mi mamá. Esa vez que pelearon, todo el segundo piso quedó lleno de sangre. Estuve en el hospital, salí a los ocho días y pensé que por lo que hice todo cambiaría, pero no fue así. Todo siguió peor. Después conocí un muchacho, era del Inem; yo me separé de él porque a cada hora y momento quería dañarme la cara: esta falta de dientes fue porque me pegaba. Aquí tengo un cicatriz, acá otra. Yo me le escapé. Lo último que supe fue que era policía.

Las tres, y seguramente la gran mayoría de quienes trabajan aquí o en el barrio Bolívar, o en La Esmeralda, o en cualquier otra ciudad, tienen la marca imborrable de la tristeza, la de su niñez marcada por el dolor: violencia intrafamiliar, intentos de asesinato y suicidio, violaciones, embarazos tempranos, enfermedades e infecciones de transmisión sexual, hogares con infraestructura precaria, falta de pan en sus alacenas… Y aunque estos factores no ejerzan en todos los seres las mismas consecuencias, ellas deben vivir con el peso de sus decisiones a cuestas, necesitan batallar con un destino que, al menos yo, no sé quien forja, si ellas o la sociedad en que crecieron, o algún ser divino que se pasea cada tanto por las calles de cualquier ciudad.

Veo sonreír a Sandra y de repente algo se desgarra. Son los recuerdos: la huella caliente en sus labios, la mano áspera en sus senos, la resequedad de los años agrietando todo, la carne cruda compartida tantas veces, el aliento húmedo espeso recorriéndole la espalda.

Se aferra con sus dos brazos a la parte trasera de la silla y calla. Toma un trago de café y vuelve a sonreír.