07 de abril de 2018

#terremoto83

“Nos quedó Terremotico”

El jueves 31 de marzo de 1983, a las 8:15 de la mañana, un sismo de magnitud 5.5 en la escala de Richter sacudió a la ciudad de Popayán. El terremoto causó innumerables daños y muertes, pero también le dio la bienvenida a muchas vidas. Crónica de un nacimiento, de una vida, de un dolor, de una alegría.

Por: Angélica M. Guzmán M.

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Dicen que ese día una nube negra cobijó a la ciudad y la sumergió en una pequeña pesadilla de tan solo 18 segundos. También dicen que al despertar, la ciudad ya no era la misma y que solo queda el recuerdo de la villa que alguna vez fue. Cuando escribo sobre Popayán siempre pienso en mi bisabuela: ella es mi centro y el de toda mi familia. Crecí con sus historias y la mayoría giran alrededor de mi pequeña ciudad.

El día en que la tierra se abrió dice con nostalgia.

El día en que se agrietó mi casa y me quedé sin ella repite constantemente.

El día en que le dimos la bienvenida a una nueva Popayán habla con un tono satírico.

El día en que hubo muertes, muchas muertes, pero también vidas se le iluminan los ojos.

Cuando ella habla sobre una de las tragedias más grandes de Popayán, lo primero que menciona es a su padre, ya muerto para ese entonces, quien se había salido de la tumba del Cementerio Central por el impacto del terremoto. Pero también habla de lo que muchos hablan, la caída de la cúpula de la Catedral Basílica Nuestra Señora de la Asunción, el desplome de los Bloques Pubenza, los daños en las iglesias y el centro histórico de la ciudad. Y hablar del desespero de la gente por ir a ver la Cruz del Santuario de Belén porque se cree que hay una maldición sobre ella y que si llega a caer, Popayán desaparece completamente. La gente creía, ese Jueves Santo, que la Cruz se había caído y que por eso había sucedido el terremoto. También mi bisabuela ha mencionado la situación de los días posteriores: la falta de agua, de energía, de comida y la invasión de gentes externas a la ciudad.

Mi bisabuela siempre ha dicho que de lo malo algo bueno viene y ahora, a sus 88 años, presume que ha vivido dos terremotos en carne propia, pero que nada se compara con el terremoto del 83, porque entre sus borrosos recuerdos de nada servía correr si era la tierra quien se estaba moviendo. Después de muchos años, después de la tragedia, de la nube de polvo, de las réplicas, de la escasez, en la familia quedó el triste recuerdo del Jueves Santo, de las pérdidas, de la angustia, del dolor, pero también, dice entre risas, nos quedó Terremotico.

***

Popayán, miércoles 30 de marzo de 1983

Hospital Universitario San José

8:00 a.m. Nancy Villa, tez blanca, ojos verdes, veintitantos años: contracciones.

10:00 a.m. Contracciones…

2:00 p.m. Óscar Guzmán, alto, flaco, esposo de Nancy: ¿ya va a nacer?

6:00 p.m. Doctor Policarpo: “el parto es para mañana en la tarde”.

9:00 p.m. Óscar Guzmán: “mamá, Nancy no dilata”.

 

Popayán, jueves 31 de marzo de 1983

Hospital Universitario San José

2:00 a.m. Óscar, sentado en una silla de plástico, Nancy en una camilla, adolorida, quejándose. Pasan algunas enfermeras, pero aún no está para nacer el bebé. No se sabe qué es, niño o niña. Quieren una niña.

3:00 a.m. Nancy se sigue quejando. Óscar no puede hacer nada, se desespera. Intenta dormir, no puede. Hace calor.

4:00 a.m. Óscar: “¿enfermera, a qué hora dilata?”

4:30 a.m. Nancy se queja, se retuerce en la camilla, respira profundo, toma aire por la nariz, lo bota por la boca. Se calma.

4: 35 a.m. Suenan las sirenas incesantemente. Se escucha por los pasillos que murieron varias personas en un accidente.

4: 45 a.m. Suenan las sirenas. La gente corre por los pasillos.

5:00 a.m. Óscar se duerme 15 minutos.

5:30 a.m. En el accidente murieron los Urrutia, cayeron por el puente que queda atrás del estadio Ciro López.

5:45 a.m. ¡No dejan de sonar las sirenas de emergencia!

6:00 a.m. Nancy: “…Óscar…”

6:10 a.m. Nancy: ¡Óscar!

6:20 a.m. Óscar se va a descansar a casa. Llegan los padres de Nancy y de Óscar.

7:00 a.m. Nancy: ¡Ya a nacer, ya va a nacer!

7:15 a.m. Enfermera: Es para por la tarde…

7:40 a.m. Nancy: ¡Me puedo tocar la cabecita del bebé! ¡Va a nacer!, grita desconsolada en el baño del hospital.

7:50 a.m. Enfermera Jefe: Monita, queridita: ¡es para ya!

7:55 a.m. Le ponen una bata blanca a Nancy, la sacan del baño. Grita, está sudando, tiene sangre en sus manos.

7:57 a.m. Llaman a Óscar, el bebé va a nacer.

8:00 a.m. Entra Nancy a la sala de partos. Las enfermeras están asustadas, aunque algunas siguen pensando que es para la tarde. Policarpo, el doctor, no está. Óscar en casa. Nancy no puede del dolor. La ponen en la camilla. Hace calor.

8:00 a.m. Llega la enfermera, se pone una bata blanca, no alcanza a ponerse los guantes. Se siente la respiración fuerte de Nancy. Está roja, exhausta. Se escucha un llanto. Es un niño.

8:10 a.m. Nancy está agotaba, le da un beso a su hijo.

8:14 a.m. Llega Óscar y coge a su hijo en los brazos.

8:14 a.m. Estella –madre de Óscar-: “Lo que quiere la patria son hombres”, dice mientras mira a su nieto recién nacido.

8:15 a.m. Escuchan el sonido muy fuerte de un tractor, al parecer lo acababan de encender. Nancy sigue acostada en la camilla. El niño llora, lo abraza su abuela. Pero, ¿qué hace un tractor? – se preguntan.

8:15 a.m. Se caen unas cuantas materas del pasillo del cuarto piso donde se encuentran. Piensan que está temblando.

8:15 a.m. Caen pedacitos de pared en la cara del niño. Su abuela lo limpia y mira por la ventana. No saben qué pasa.

8:16 a.m. Óscar recoge las materas del pasillo con una monja.

8:17 a.m. Óscar empezó a ver por la ventana del hospital a mucha gente corriendo. Baja a urgencias a preguntar lo que pasa y le dicen: “Es un terremoto”.

8:20 a.m. Sonido incesante de la alarma de emergencia.

***

Ese día, cuando Óscar sobrino de mi bisabuela se enteró de que el sonido del tractor no era un tractor ni un motor, como pensaba, salió corriendo por las escaleras del hospital San José en busca de su esposa, sus padres, sus suegros y su hijo recién nacido. En ese momento el mundo se vino abajo y sentía el peligro en cada paso que daba. Eran cuatro pisos, muchos escalones y la tierra seguía temblando. Nancy continuaba acostada en la camilla, adolorida, con la insípida bata blanca, un poco pálida, desganada y desconcertada. Los demás, sus padres y sus suegros, se asomaban por la ventana que daba a la salida principal del hospital, esperando a que Óscar llegara con alguna noticia de qué era lo que le pasaba a la gente, por qué la prisa, por qué el afán, por qué los gritos.

Empezaron a evacuar a las personas, la emergencia se había encendido y el hospital entró en un caos total. No había energía, las personas se empezaron a quitar desenfrenadamente los cables que los conectaban a algunos aparatos y salían corriendo sin saber para dónde ir. Pacientes graves, unos no tan graves, otros regulares empezaron a salir del hospital. Policarpo, el médico que debía atender a Nancy en su parto, se perdió en medio de la noticia del terremoto que había azotado a la ciudad y no regresó a la sala.

En medio del desespero todo el hospital se había enterado que el ruido extraño había sido un terremoto y mucha gente agradecía a Dios por no permitir que la estructura se cayera y por no dejar que miles de pacientes sintieran el brusco movimiento de la tierra.

¡Fue muy duro!, ¡fue muy duro! gritaba una monja en el pasillo.

¡Se cayó la Catedral! lloraba desconsoladamente un viejito mientras corría hacia la salida principal.

¡Mi mamá, mi mamá! se lamentaba un joven alto y flaco.

¡Fue un terremoto!, ¡un terremoto! eran los gritos desesperados que invadieron los pasillos del Hospital Universitario San José.

Cuando Óscar llegó a la habitación, lo único que cubría a Nancy era la insípida bata blanca. Estaba exhausta, asustada, adolorida. Hacía quince minutos había dado a luz a su segundo hijo y se tenía que preparar para emprender un camino no tan largo, pero tal vez el más intranquilo de su vida. Pedía que le pasaran los interiores porque no había tiempo para más: el terremoto ya había pasado, pero las réplicas eran incesantes. Tal vez era el susto, pero mientras bajaban las escaleras sentían los movimientos de la tierra.

Óscar quería cargar a Nancy, él sabía que no estaba del todo bien, pero aun así ella prefirió caminar, correr, el dolor no existió en ese momento. Mientras bajaba los escalones podía ver cómo algunos inválidos se arrastraban por el piso aterrorizados y con ganas de levantarse pero no podían hacerlo. Gritaban. Eran gritos de angustia, de impotencia. Todos estaban frenéticamente alterados. Nancy estaba asustada, pero también un poco adormecida. El camino a la salida fue eterno, empezó a salir agua por entre las paredes y la gente no paraba de gritar. Óscar tomó la delantera para buscar un carro, algo que los llevara a casa, mientras Nancy, sus padres, los padres de Óscar y el bebé bajaban atemorizados cada uno de los escalones. El niño lloraba, suspiraba, sentía el peligro y su abuela lo abrazaba más fuerte.

Sin permiso de nadie salieron del hospital, no sólo ellos, sino muchos pacientes y también médicos que empezaron a correr por sus vidas. A la salida, un taxi llegó con heridos y lograron montarse en él. El camino a casa fue encontrarse con la realidad: ese fue el primer contacto con el mundo que tuvo el recién nacido. A la ciudad la había cobijado una nube negra y el ambiente era desconsolador. El recorrido fue ver edificios caídos, gente atrapada entre los escombros y la desesperanza de muchos en sus ojos por perderlo todo y, más que eso, por perder a quienes amaban.

Eran sentimientos encontrados: el niño había nacido, estaba sano, salvo, pero a la ciudad la había atrapado una tragedia que se llevó a muchos. Llegar a la casa con el corazón en la mano, con el alma rota, pero ver a un pequeño lleno de vida era la satisfacción más grande para Nancy, su madre. Pero no estaba del todo feliz, ese día marcó sus vidas para siempre. Aunque su casa no sufrió mayores daños, se sentían desprotegidos. Como las réplicas continuaban temían que en algún momento volviera a repetirse el terremoto y esta vez no corrieran con la misma suerte que cuando estaban en el hospital. Por eso, Nancy puso una colchoneta junto a la puerta y cada que temblaba salía a la mitad de la calle con su pequeño en los brazos. Aunque a ella no la dejaban salir, varias veces tuvieron que encerrarla porque acababa de parir, debía cuidarse y llevar la cuarentena, además, el ambiente en la ciudad estaba muy mal y ella y el bebé podían adquirir alguna enfermedad.

La ciudad estaba completamente oscura, no había agua y Nancy continuaba con malestar. Todos se encontraban preocupados porque lo más usual cuando una mujer da a luz es quedarse en observación, estar en reposo absoluto y llevar una dieta de 40 días. Nancy ya se había saltado muchas cosas, además, durante varios días no pudo dormir bien, ni comer bien y salió de la habitación varias veces, recibiendo la contaminación que produjo el terremoto. Dicen que cuando no cumplen con estas cosas, las mujeres pueden tener secuelas a largo plazo, como dolor al cuerpo, jaquecas de por vida, entre otros. Por suerte, después de esta tragedia, lo único que Nancy conserva de ese día, además de un amor infinito hacia su hijo, es el temor por los temblores y porque vuelva a suceder un terremoto.

Con los días, Carlos Andrés, nombre que le  pusieron en honor al presidente venezolano de la época Carlos Andrés Pérez, se estaba poniendo amarillo porque no tenía la vacuna contra la fiebre amarilla. Además no le había dado sol y tampoco se podía sacar a la calle. La ciudad estaba bajo un manto gris y empezaron las epidemias, evento que escandalizó aún más por el hecho de que muchos cadáveres se habían salido de su tumba y el aire estaba contaminado. Por eso, restringieron a Nancy y a Carlos Andrés salir de la casa por el temor de que algo los picara. El niño se empezó a complicar y su madre también: ninguno había sido visto por un doctor.

Nancy empezó a presentar muchas hemorragias porque nunca expulsó la placenta y llevaba tres días con más dolor y sin servicio de salud. Doña Eugenia, una médica amiga de la familia, se dispuso a ayudarle con el proceso de expulsión. Todo salió bien, el olor no era nada agradable y al no tener un lugar donde poder botarla, optaron por ir a tirarla a un río.

Y así fueron pasando los días, recogían agua de un carro que pasaba por las calles, dormían sin tranquilidad y lograron que a Carlos Andrés le aplicaran la vacuna. El primer año fue el más duro pues era difícil que la ciudad volviera a la normalidad. Es más, se demoró bastante en el proceso de reconstrucción y las condiciones eran precarias. Carlos Andrés fue creciendo, era un niño travieso, juguetón y el mayor recuerdo de uno de los días más tristes para la ciudad. “Lo que cogía lo desbarataba”, repite entre risas su madre y añade: “Y además nació y desbarató a la ciudad”. Por eso de pequeño perdió su identidad, ya no era Carlos Andrés, era ‘Terremotico’, en el amplio sentido de la palabra, por lo ‘verraco’, ‘jodido’ y ‘candela’.

Con el tiempo le decían a ‘Terremotico’ que había causado el terremoto, pero a él no le afectaba en nada esa apreciación, se sentía poderoso. Pero cuando creció, el diminutivo desapareció junto con su nombre para convertirse en ‘Terremoto’ y cambiar su perspectiva de vida. Detrás de él se esconde un pasado doloroso y cada 31 de marzo recuerda las muertes, el dolor y la angustia que vivieron muchas personas ese día. Su edad no la puede esconder, va caminando por la calle y algunas personas le dicen: “Hola, Terremoto”, “¿qué más, Terremoto?”, “saludos, Terremoto”. Su más grande sombra es la del 31 de marzo y la de un Jueves Santo.  

Ahora, con los años, Terremoto celebra sus cumpleaños sin dejar atrás el hecho histórico, pero si cae un jueves o un viernes lo respeta, no es un día para celebrar. Para la familia Guzmán Villa, el terremoto es tristeza y alegría, tristeza por las consecuencias que dejó el sismo y alegría porque les dejó un hijo. Por eso mi bisabuela siempre dice que de lo malo algo bueno viene y prefiere recordar este hecho con el nacimiento de su sobrino nieto Carlos Andrés.

Han pasado 35 años y ‘Terremoto’ o ‘Terremotico’ es todo un ícono, es una especie de leyenda que mi bisabuela rememora con nostalgia pero también cuenta jocosamente. Entonces se le iluminan un poco los ojos porque dice que Carlos Andrés sigue siendo todo un terremoto:  donde llega se siente y no deja de ser ese niño explosivo y dañino que creció como un recuerdo de lo que solía ser la ciudad antes del 31 de marzo de 1983.