18 de enero de 2018

Perfil de una “teacher”

Luz Mary es solo luz

Hay docentes que dejan una huella significativa en sus alumnos. La pasión por la labor de formación de niños de todas las edades suele ser recompensada con un recuerdo que ni siquiera el paso del tiempo puede borrar. Homenaje a aquellos educadores que hacen de su oficio un estilo de vida.

Por: Laura Daniela Manzano Pemberthy

Imágenes: pixabay

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Luz Mary cree en la auténtica felicidad. Cumple años cada primero de noviembre. Le gusta escuchar música, pero le molesta el ruido. Le habla a su horrible perro Tobías como si fuese uno de sus estudiantes de primaria, a ese can le tiene un inmenso aprecio. Luz Mary tiene el poder de hacer que todos los males de la vida parezcan insignificantes ante la grandeza de las pequeñas maravillas. Encuentra lo bonito por más escondido que este esté.

Según su hija, es una mujer tranquila y pasiva. Que no sale de casa más que para visitar a la abuela. Que disfruta del hogar y de las siestas de las tres de la tarde. Y sí, así es ella, acompaña su jovialidad y disposición para la vida, con una serenidad que hace sentir que todo mejorará.

No he conocido a una profesora más encantadora que la teacher Luz Mary. Supongo que no es fácil toparse con una persona tan radiante como ella, dueña de la sonrisa más grande del mundo.

Luz Mary Murillo apareció en mi vida por allá en el 2005, en un momento complejo, en uno de esos periodos de caos que podía experimentar una nena de siete años. No habían pasado aún cuatro meses desde la muerte de mi padre y yo me veía obligada a continuar, a comenzar.

Había escogido ese colegio porque tenía muchas zonas verdes, porque estaba aburrida de estudiar en aquella escuela de monjas hasta las seis de la tarde, porque compartir solo con niñas me agobiaba, porque los salones no tenían puertas ni ventanas, porque quedaba en un barrio bonito y, por supuesto, por la simpática profesora de inglés. Fue una decisión sencilla.

El valor de las palabras

Aún recuerdo con cariño el primer obsequio que me dio: un conejito verde de fomi, hecho a mano, que llevaba mi nombre y un mensaje de bienvenida a su corazón. 

Ella escuchaba todo lo que yo pudiera decir. De hecho, conversar con ella siempre se me ha antojado reconfortante e interesante. Tiene una manera muy particular de hablar: carga las palabras con un tono dulce, sin importar lo que tenga para decir. Su manera de escribir y de dibujar niños gordos y perros flacos, se torna amable por el simple hecho de ser una extensión suya. Así es con todo. Su manera de vivir sabe como a caramelo.

Yo, acostumbrada a las desabridas y rígidas maestras del instituto pasado, me impresionaba con su actitud. La libertad que se dibujaba en Luz Mary me parecía fascinante.  Para mí no era habitual ver a un adulto con el aura pura de un niño. De no ser por mi particular familia, Luz Mary me habría horrorizado. Se le escapaba por los poros la devoción a su labor. No podría encontrar mejor palabra para describirla que apasionada. Ella fue mi profesora favorita de toda la primaria.

Lejos de ser empalagosa, es como un amanecer frente al mar, silencioso y solemne. Al menos así la vi durante toda la niñez, como si no perteneciera a este planeta.  

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Por fortuna atravesé esa percepción. Llegué hasta la vida de una mujer hermosa, que se levanta temprano, que tiene días buenos y otros no tanto, que ama las fresas, prefiere la leche en polvo y se emociona viendo Juego de tronos. Que no duda de lo divino y confía en los milagros.

Entonces Luz Mary dejó de ser mi profesora y se mudó sencillamente a ser Mary. A pesar de eso, nunca abandoné la costumbre de llamarle Teacher.

Está casada con un hombre un tanto menor y un poco imbécil, es madre de una niña llamada Laura Marcela, quien más adelante se convirtió en mi amiga del alma.

Es tan buena, que vive perdonando a su inestable esposo. Tolera la diferencia, hasta el punto en que vive con un hombre con el que está en desacuerdo casi que en todo.

Una vez le pregunté efusivamente cuál sería su súper poder si pudiese escoger uno. Su respuesta hizo que mi estupenda idea de lograr encontrar todo lo que buscase, sonara egoísta, me hizo consciente del enorme amor que vive en ella.

–Quisiera poder sanar a los enfermos y acabar con las enfermedades –dijo, con la expresión envuelta de sinceridad y dolor.

Una fotografía extraviada

A veces creo que Luz Mary piensa demasiado en los demás, que se olvida de sí misma, que debería ser más valiente y atreverse a hacer ese montón de cosas que ha arrumado en algún recóndito lugar.

Ella piensa mucho las cosas, y como a todos, le cuesta tomar decisiones. No se arriesga y se avergüenza de cosas absurdas. Sin embargo, sabe ser divertida. Su hija y yo logramos sonsacarla. El pasado junio, resultado de una magnífica confusión, Mary terminó acompañándonos a un toque en la avenida sexta, en Cali. Deberían haber visto su cara al enterarse de que el evento se acabaría a las cuatro de la mañana y que los buses a Palmira no saldrían sino hasta las 7:30. Su cara al darse cuenta de que no vendían nada más que licor, que no había silletería y que todos a nuestro alrededor estaban de alguna manera ausentes, embriagados de fiesta. Ese día no dejó de lado su espíritu maternal, pero se resignó a disfrutar.

De su pasado no hablamos mucho, siento que es un tema delicado que la inunda de espacios en blanco y ratos difusos. A veces se derrumba y se humedecen sus mejillas. Se desespera y alza su tersa voz para sacar lo que se acumula en su pecho. Sin embargo, Mary vive con la esperanza en los ojos.

Hay una fotografía, extraviada en el rebrujo del tiempo… está ahí, sentada en la hierba, con la mirada seductora de la juventud, vestida de blanco, con la cabeza repleta de flores y la sonrisa callada. Luego, me reencuentro con esa señora amable, incapaz de ser cruel con algo en la vida, sentada en el sofá, desarreglada, con la cara cansada de las vacaciones no pagas, exhibiendo su adorable humanidad, siendo ella de todas las maneras. Allí Mary es sólo Luz, y así todo el tiempo.