28 de Diciembre 2017

Crónica

Una vida sin distracciones

Hace algunos meses volvió a Popayán un artista callejero en busca de ser escuchado. Ahora dedica sus notas a la libertad y los sueños a través del jazz y piensa que un músico es aquel que solo vive de y para su música.

Por: Andersson Cipagauta

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Carlos Cárdenas recorre las calles de Popayán buscando el lugar más propicio para ser escuchado. Un lugar donde con cada nota prolongada o crescendo se sienta en la libertad de expresar emociones que solo un artista puede disfrutar al dar forma a una melodía. No necesita de una gran tarima para tocar con pasión y aunque su deseo es formar una banda de jazz, por sí solo se siente completo.

Lleva consigo siempre una maleta donde tiene un computador, en el cual estudia y selecciona las partituras. En un estuche negro sencillo pero en buen estado lleva un saxofón dorado con pequeñas marcas de percusión, algo opaco pero cuyo sonido es impecable. La precisión y técnica de sus dedos toman un carácter elegante, diferenciándolo de la primera impresión que deja con su apariencia descomplicada.

Su instrumento es el saxofón, su estilo es el jazz, su preparación es empírica y su conocimiento es amplio. Mientras habla de las decisiones que ha tomado para la vida que desea, se puede escuchar un acento costero con fuertes inclinaciones hacia el inglés, parece más un turista tratando de hablar español que un hombre nacido en Buenaventura.  

–Decidí vivir mi vida sin distracciones, cada momento es para buscar el sentido del mundo, un mundo natural, la vida es lo natural y la música es todo en mi vida.

 

El saxofón y las calles

 

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Así es como Carlos Cárdenas expresa su ideología, una en la cual decidió suprimir al máximo cualquier factor que considere una distracción u obstáculo para el swing que define su jazz. Eso le permite tocar como solista y en una libre improvisación donde él se rige y mueve bajo sus propias reglas, en busca de la consolidación como un artista empírico. Si bien su apariencia no pareciese demostrar el inmenso conocimiento que posee y la sensibilidad hacia los detalles, el hablar con él da pie a replantear las prioridades de la vida.  

Cuenta que a la edad de tres años llegó a vivir a Texas, Estados Unidos, donde creció y se mantuvo la mayor parte de su vida. Estando cerca de Luisiana aprovechó cada oportunidad en lo que califica como “el lugar más maravilloso de todos”, la ciudad de New Orleans, el hogar del jazz. “En ese lugar las calles tienen vida propia, todos son artistas o amantes de la música, ver esa forma de vida definió mi ser, mi espíritu y me hizo libre”, agrega.

Adquirió desde muy joven su saxofón, el mismo que usa hoy en las calles de Popayán y con el cual alternó con los músicos de New Orleans. “No sería solamente un interés o pasatiempo, sería mi vida. Cuando caminaba en aquellas calles todos tocaban, cantaban o bailaban. Así se vive allá, la gente se alegraba de oírnos y nos miraban con respeto”, recuerda mientras pasa las páginas del pentagrama.

 

Evadir la violencia

Si bien en Popayán hay gente que aprecia el arte y talento como el que posee Carlos Cárdenas, aún se percibe una hostilidad infundada hacia los artistas de las calles, incluso por parte de habitantes de las mismas. Este talentoso músico que siempre se ha visto calmado y lleno de paz estalla en ira ante las amenazas e insultos de un vagabundo de avanzada edad que con palabras racistas y una peinilla en su mano pretende sacar “al negro que toca en su territorio”. Ante esta situación Carlos Cárdenas guarda su saxofón. Esa es su reacción inmediata. Lo pone en su estuche y pide en uno de los locales del sector que lo cuiden por él, mientras hace frente a la amenaza

–¡No, no, mestizo, Colombia ya no es un país así, Colombia es un país de paz! –grita con total indignación, tristeza y decepción por el comportamiento que se da en su país natal.

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Aquí regreso después de toda una vida lejos. Decidió volver a pesar de que para ello tuviera que dejar una ciudad que le enseñó a ser libre y a la mujer que era su pareja. No busca iniciar ni terminar una pelea o llevarla a una situación peor, sus palabras exigen respeto. “Dos cosas me decepcionan de esta situación: una es que aún haya gente que se incline hacia la violencia en vez de buscar alguna solución, y la otra es la poca importancia que les dan las personas que presencian estas agresiones.

Mientras el ofensor se esconde en otro local, Carlos Cárdenas recoge sus cosas y se aleja del lugar para poder calmar su ira, una ira muy humana pero a la cual no le permite que llegue a contaminar su juicio. Luego expresa su indignación con aquel hombre, se disculpa con todos los que presenciaron el incidente: se muestra apenado y se aleja. Nunca ha interrumpido sus temas por nada y en esta ocasión no siguió tocando debido a que no podía dedicar toda su mente y espíritu en el momento. El lugar estaba contaminado.

Libre para la música

Después de despejar su mente y comer algo vuelve a su actitud positiva y relajada, saca su saxofón para seguir tocando mientras su estuche recibe algunas monedas. “Yo no vivo de nada más, todo lo que hago es tocar, para poder ser bueno en algo tienes que concentrarte todo momento en eso. Si tienes otro trabajo, las responsabilidades no permitirán que toques. Tampoco busco pareja, no es mi propósito: cuando tomé la decisión de volver a Colombia mi esposa no compartía mi interés y no puedo tomar decisiones por otra persona y tampoco obligarla a ella así que todo terminó ahí”. Aunque podría parecer algo melancólico, él lo expresa con total tranquilidad. Es libre y nadie se interpone en su música.

Cuando llega el momento de irse guarda todo y recoge el dinero que recibió. “Una persona que toca gratis no es un verdadero músico, un músico es aquel que vive de su música, si tiene algún otro sustento esta no es su verdadera vocación”,  es la más fuerte declaración que lanza Carlos Cárdenas. Luego, a paso ligero se va alejando y las melodiosas calles que por unas horas acompañan la marcha de los transeúntes se apagan. En el lugar solo quedan los ruidos del tráfico que con la llegada de la noche se van convirtiendo en un silencio, como los marcados en los compases de un pentagrama a la espera de la próxima nota.