18 de Noviembre 2017

Un personaje cotidianamente loco

En muchos lugares hay una persona que transgrede, desde el divertimento, normas sociales y convenciones y se gana el cariño de las personas que le rodean. Aquí, se presenta el perfil de un hombre lleno de vitalidad y alegría y que conserva el don de la solidaridad.

 Por: Angie Lorena Ramírez Meneses

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Como todas las personas que me gustan y me llaman la atención por extravagantes y ricos en personalidad, este no podía ser la excepción. Su más conocido apodo lo dice. Sí, es loco y si para eso hay que profundizar en la dimensión de la palabra y sus sinónimos, los que él acoge son: imprudente, exagerado, ordinario, entusiasmado, entre otros.  Lo conocí toda la vida como Luis Enrique pero hace unos días me enteré de que ese no era su nombre verdadero. Él es el esposo de una de las matronas de mi familia, una de mis tías. Todos en algún momento de la vida nos hemos tenido que encontrar con alguien así, pero yo me atrevería a decir que este hombre supera las expectativas de alguien considerado como un verdadero loco.

Hoy tiene 67 años, pero conserva su vitalidad y jovialidad de siempre. Los últimos días, dando vueltas en mi cabeza y pensando en cómo poder definirlo, la palabra que más me rondaba era: silvestre. Así lo veo, como una persona natural en toda su expresión. Necesitaba narrarlo sin que pareciera un demente sino más bien como un transgresor de todo tipo de comportamientos impuestos socialmente, por eso la palabra encaja perfectamente. De joven su contextura era más atlética y de hecho me parece que era más alto. Quise comprobar si era un vago recuerdo de mi infancia o si en verdad era así y le pregunté, a lo que me respondió que por la edad iba creciendo hacia abajo y que pronto alcanzaría mis 1.56 de estatura. Lo que aún no cambia es el brillo de sus ojos claros, esos que han visto y vivenciado tanto.

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‘El Loco’ llega y desaparece como si nada, a veces está y a veces no, cuando menos lo esperas está bajo el agua pellizcándote un pie o está atrás de ti y metiéndote un bocado de comida que tiene en sus velludas y toscas manos. Atenciones como esas, tan raras y tiernas a la vez son las que lo caracterizan. Es un caballero siempre, está pendiente si hay alguien de pie, si aún no ha comido, si necesita un aventón en la calle o si tiene una larga historia por contar. De joven llevaba serenatas por la ventana de mi tía y huía de mi abuelo que no lo aceptaba, hasta que algún día por fin lo convirtió en uno de sus amigos. También fue un emprendedor y arduo trabajador junto a mi tía: hicieron capital, compraron algunas casas para arrendar, vivir tranquilamente y retirarse de la vida laboral. Pudo seguir haciendo dinero, pero su interés estaba en la pesca, la caza y la callejeadera: sus intereses son muy distintos a las de mentalidades modernamente citaditas.

Además, es un narrador por excelencia, tiene la jocosidad y el ingenio necesarios. Y su hábitat natural está cerca al agua, en las riberas de los ríos. Por eso en Garzón Huila nadie conoce el territorio tan bien como él: lo ha caminado casi todo, buscando guacas o en una de sus actividades del monte. Es un personaje popular: en la calle habla por igual con el médico, el abogado, el alcalde, el vendedor de lotería o el indigente. Una salida de él puede tardar tantas horas que ya es común perderlo de vista y no preocuparse, porque anda sobre su moto "princesa" sin ningún afán, solo observando su entorno.

Nadie se resiste tampoco a su personalidad: hasta la más encopetada ha recibido un bocado de la mano de ‘El Loco’, se ha subido a su motocicleta trochera o ha recibido uno de sus fuertes abrazos incluso si viene mojado del río. Pareciera también que no cumpliera años, percibe la muerte como un proceso común y despide a quienes se van con toda la naturalidad del caso. Es lo lógico: alguien que vive en el monte y en el agua, en medio de animales y de actividades extremas tiene que acostumbrarse a ello. Esas cosas no las cuenta, le resultan tan comunes que no les da importancia. Empezando siglo, en una caminata con dos amigos fue atacado por abejas africanas, intentó salvar a los inexpertos del monte hasta donde más pudo, hasta sentir la agonizante sensación que le producían las picaduras y la de ver a uno de ellos morir frente a él. Tres días después estábamos todos los niños de la familia, reunidos sacándoles las ponzoñas que tenía clavadas en su cabeza calva. En alguna oportunidad lo vimos resbalar y golpearse con las piedras de una cascada: pensamos que moriría, pero después se levantó en un ataque de risa.

Cree en espantos, cocina sopa para perros callejeros en gigantescas ollas y quiere que todos aprendan a nadar y a andar como él. A sus nietas las lleva al monte para que disfruten de su loco abuelo, pero  a ellas les tocaron otros tiempos. Hace muchos años, ‘El Loco’ llevaba a mi papá y a mi tío al monte, les decía que lo esperaran y después no regresaba para que los niños volvieran por sus mismos medios a casa. Lo que aún no cambia, es que cuando lleva a alguien a pasear, lo puede llevar al caserío o barrio más alejado o desconocido y en lugares así se puede evidenciar que por su don de gente y carisma siempre es recibido con muestras de afecto.

Lo ha perseguido el duende, le ha aparecido el diablo, ha estado a punto de encontrar guacas, pero seguramente nada de eso es tomado en serio, porque a la hora de hablar con él sólo quien realmente lo conoce sabe qué tanto de lo que dice es cierto o una exageración. Ama las maravillas de la naturaleza, viaja constantemente en busca de espacios nuevos y sobre todo siente profundo cariño por su tierra. Es paradójico que un cazador tenga del otro lado una sensibilidad como la de él, porque en su casa finca alimenta y cuida todo lo que tenga vida. En unas vacaciones regresé a mi pueblo y cuando me lo encontré me llevó enseguida a ver como construían una nueva hidroeléctrica en la zona. Habían talado todos los árboles y nos encontramos con un gran cementerio de vegetación y el río monstruosamente crecido y desbordado. Yo estaba con las lágrimas a medio caer y ‘El Loco’ guardó un largo silencio. Al rato solo dijo: "El río está triste, él sabe qué le está pasando".

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En realidad Luis Enrique se llama Luis Carlos Facundo. Dice que el otro nombre es un apodo, uno más en la lista. Vio crecer a mis tíos, tías, primos, primas y ahora a sus nietas, vio morir a mi abuelo y envejecer a mi abuela, "la vieja Lola" como la ha llamado siempre y a quien molesta e irrita por pura diversión. Aunque nunca se dijeron una palabra cariñosa, siempre se entendió esa forma de ser como manifestaciones de afecto mutuo, al punto de extrañarse significativamente en la ausencia. Esa es la forma de querer de ‘El Loco’, con sus movimientos toscos y con sus atenciones constantes. Al intentar definirlo sé que lo más probable es que me quede corta, pero en la observación que hice de él previa al texto, admiré cada uno de sus movimientos y palabras con detenimiento. ‘El Loco’ por fuera es un foco de brusquedad y por dentro lleva el alma tranquila.

Su aspecto hace que fácilmente sea el blanco de uno que otro chiste cruel callejero, por supuesto de quienes no lo conocen. Hace unos años, en mi época de colegio, llegó de visita, entró a la cancha en la que me encontraba con mis compañeros y enseguida alguien me dijo en tono burlesco: "Llegó tu novio", sin saber de mi vínculo familiar con él. Yo respondí con alegría: “¡Sí, voy a saludarlo!". Me recibió con un fuerte abrazo y tras el momento de vergüenza del chico del comentario, terminaron todos haciendo ronda al ‘Loco’ para escuchar uno de sus cuentos.

La cotidianidad debería estar llena de locos así, que te roban la atención y que te sacan de la rutina, de esos que te enseñan sin formalidades que el cariño se puede expresar en infinidad de actos sencillos.