14 de mayo de 2017

Perfil de una mamá de antaño

El día de la madre se celebra siempre el segundo domingo de mayo. Por tal motivo, Co.marca quiere hacer un homenaje a las mujeres incansables que nunca dejan de ser sabiduría y ejemplo y se convierten en el centro de la familia.

Por: Angie López Cabrera

cronica foto

Corría el año 1927. Popayán era muy rural todavía y la galería estaba en el Parque Caldas. El gran acontecimiento dominguero era salir al mercado. El 31 de enero de ese año, en Santa Bárbara, una vereda cercana, nació Petronila Noriega. La recuerdo como una mujer de esas típicas campesinas que no se pueden estar quietas y que dicen que siempre hay algo para hacer. Se despertaba uno y ella estaba con un rosario en la mano y tres avemarías en la boca. Alta, 1.84 metros medía en sus años mozos, cabello largo y casi siempre trenzado.

Se casó a los 20 años con un hombre que le doblaba en edad. Con este hombre, que sería mi abuelo, tuvieron seis hijos que luego le tocó levantar a ella sola. Sola, una mujer que vivía de lo que daba el campo y de lo que vendía en la galería, seis hijos tenía. Por esto mis tíos y tías la describen como luchadora, berraca y valiente y un montón de atributos más.

Petronila, era una mujer muy poco dada a la algarabía. Le gustaba demasiado la lectura y lo prefería más que un buen jolgorio. Leía lo que se le cruzara, pasaba horas en la montaña hasta que el sol se ponía y ya era difícil seguir su lectura. Con los años se convirtió en la partera de la vereda, la sobadera y hasta en naturista: conocía el remedio casero para cada dolor.

Con mis primos siempre corríamos por los pasillos de su casa y ella corría tras de nosotros para cuidar que no tiráramos al suelo sus preciadas matas. Uno que otro regaño nos ganábamos de la abuela. Con un tono algo disgustado nos pasmaba los juegos y nos impulsaba a jugar en la parcela lejos de sus corredores.

Como toda buena mamá de antaño era la mejor chef que jamás vi: arepas, sancochos, mazamorras, masitas… Parecía que todo le quedaba bien y nosotros nos deleitábamos comiendo sus delicias. Nunca entendí por qué nos daba tanta comida a la vez: quizá ante sus ojos éramos unos niños citadinos que necesitaban alimentarse con comida de verdad. No lo sé.

De los años de infancia no recuerdo a una abuela en extremo cariñosa, como en las películas o dibujos animados. Dudo en mis recuerdos que ella me cargara, me apretara las mejillas o me diera un tierno beso en la frente; pero sí recuerdo que se alegraba cuando cada domingo su casa se llenaba de nietos, bisnietos, hijos, yernos y nueras. A su modo lo expresaba y creo que se le notaba que se le llenaba el corazón.

En la casa de la abuela y sus alrededores, primos de distintas generaciones y yo pasamos buenos momentos. Quizás ellos disfrutaron mucho más a la abuela quedándose en su casa, recibiendo sus cuidados, llorando en su regazo, comiendo de sus manos. Yo, como la cola de ese reguero de primos (al menos hasta aquel entonces), supongo que no me tocó tan buena parte.

Pero con los años la ‘abue’ cambió. Cuando era adolescente conocí su dulzura: un domingo cualquiera se le antojó sentarme en sus piernas y “apapacharme”. Aquel momento duró segundos, pero disfrute en sus brazos como nunca. Los años hicieron a mi vieja más cariñosa, mas chocha y más notable se hizo su ternura. O no sé si fui yo quien cambió la forma de verla, pero entonces recuerdo más sus risas, su alegría, sus dichos, sus historias…

Mi padre contaba mil y un anécdotas sobre ella, de cómo le enseñó con su ejemplo, de su tenacidad y su empuje, de su bondad y generosidad, de su inmensa sabiduría e integridad.

Hoy nuestra abuela Pepa, como le decimos de cariño, es presa de su mente de 90 años: no recuerda bien su pasado y muy poco el presente. Sus recuerdos los va borrando el tiempo. Quizá luzca como una flor marchita, pero a todos nosotros nos dio vida con su esencia y seguirá dejando una marca imborrable dentro del corazón. Porque eso es lo que las buenas madres saben hacer mejor.