14 de junio de 2017

Hoy comienza la final del fútbol colombiano

De la primera tristeza a la mayor alegría

El reconocido periodista payanés José Navia rememora los orígenes de su pasión por el Deportivo Cali. El fútbol ha cambiado radicalmente desde la época del radio de los sesenta hasta los amplios cubrimientos televisivos y el vandalismo de hoy.

 Por: José Navia Lame

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Si mal no recuerdo era un transistor Sanyo tipo panela, de los que se terciaban los recolectores de café en el Cauca. Ese radio andaba por todos los rincones de la casa del barrio el Cadillal. A veces desaparecía y lo hallábamos luego en la cocina, en el armario o debajo de alguna cama. Pero el 15 de diciembre de 1968, el Sanyo estaba en mis manos desde muy temprano y hubiera peleado si alguien intenta quitármelo.

En aquella época, las noticias llegaban por la radio y los periódicos. No había televisión. Al menos en mi casa no la había y en Popayán no creo que pasaran de cincuenta los aparatos. En el Cadillal había dos. El de los Ordóñez y el de una señora que nos cobraba veinte centavos por pasar toda la tarde del domingo sentados en el piso de su sala, viendo Viaje a las estrellas y otras series que se me fueron de la memoria.

Ese domingo, 15 de diciembre, jugaba el Deportivo Cali contra el Unión Magdalena por el campeonato. Los de Santa Marta tenían el mejor equipo de su historia. Lo llamaban el ‘Ciclón bananero’. Tres días antes, el ‘Ciclón’ había derrotado 1 a 0 al Cali en el Pascual Guerrero. Era una tromba y no había esperanzas de que aflojara.

De modo que el gol de Iroldo en Santa Marta, a los pocos segundos de sonar el pito, desató una alegría sorpresiva. Igualamos la serie. Yo apretaba el radiecito como si lo fuera a exprimir. Veinte minutos después Ramírez Gallego la volvió a meter. ¡El Cali era el campeón!

Pero faltaba el segundo tiempo. Había histeria en el Eduardo Santos. Diez minutos a muerte y gol del Unión Magdalena. El forro sintético del Sanyo estaba empapado. El Cali aguantaba las embestidas del ‘Ciclón’. Minuto 86. Miles de gargantas caleñas listas para celebrar. Entonces llegó el desastre. Gol del Unión Magdalena. Al parecer, ilícito, pero ni Leonidas se hubiera atrevido a anularlo en un estadio frenético, abarrotado, rayando en la locura. Los hinchas invadieron la cancha y el árbitro pitó el final del partido.

Ese día, a los 9 años, supe, por las lágrimas, que estaba enamorado del Deportivo Cali. No sé cuándo comenzó, pero sé que ese sentimiento me acompañará hasta la tumba. Se cambia de pareja, de religión, de partido político y hasta de sexo, pero nunca de equipo.

¿Por qué me enamoré del Cali? No tengo ni idea. Quizá por los narradores caleños que celebraban las atajadas de José Rosendo Toledo y los goles de Iroldo y Gallego. Esas imágenes orales las reforzaba con las fotografías del periódico dominical. Allí aparecían Toledo y, luego, el caucano Pedro Antonio Zape Jordán volando vestidos de negro. Para los niños de entonces eran héroes. Como Blue Demon o El Santo. Y el Cali tenía muchos héroes: ´Tranvía’ Desiderio, ‘Moño’ Muñoz, Óscar López, Miguel Escobar, Juan Carlos Lallana… La ‘Amenaza verde’.

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El recuerdo de aquel domingo del 68 se fue diluyendo con los años, pero no desapareció del todo. Lo volví a recordar hace dos años, en mi última gran alegría con el verdecito. El Deportivo Cali llegó a la final, e igual que en el 68, arrancamos de local. Esta vez frente al Medellín.

Muchas cosas han cambiado desde la derrota frente al ‘Ciclón bananero’: vivo en Bogotá y tengo dos hijas que le hacen fuerza al Cali pero más a Millonarios (sospecho que en realidad son de Millos). Ahora el Deportivo Cali tiene estadio propio, transmiten todos los partidos por televisión, los hinchas insultan y opinan (pero sobre todo, insultan) por redes sociales, las barras bravas animan los 90 minutos, pero antes y después del partido (y a veces durante) pelean a trompadas y cuchillo. Un hincha caleño se reporta por twitter desde Miami, otro desde Buenos Aires. Muchos más siguen a los equipos por todo el país, en bus o colgados de cualquier carro. Se tatúan el cuerpo con el escudo del equipo. Sí, muchas cosas han cambiado.

A diferencia del 68, en el 2015 el Cali ganó 1 a 0 en el Coloso de Palmaseca con gol de Preciado. El Cali había llegado a la final con un equipo de imberbes y talentosos muchachos forjados en la cantera verdiblanca. El ‘Pecoso’ Castro los había convencido de que la juventud no es impedimento para adquirir la gloria.

Así llegaron luego al Atanasio Girardot. Estadio a reventar. Minuto 38. A uno de los canteranos, Roa, lo dejan sin marca. Arranca de atrás y la mete de frentazo.  Los hinchas celebramos. Cada jugada está aquí, en directo, a color, en alta definición, con repetición. ¿Qué habrá pasado con el radio transistor Sanyo?

Minuto 68. El partido es de ida y vuelta. Vladimir Marín ha botado un penal. Uno de los rojos se descuelga por la izquierda, centra rasante y gol del ‘Poderoso’. Faltan 22 minutos. Ve-in-ti-dos minutos de angustia. El Medellín empuja, el Cali se defiende. Minuto 90. Dan cuatro de adición. 240 segundos de desespero. Me sudan las manos, me agarro la cabeza, me muerdo los nudillos, no aguanto el último minuto y me salgo de la habitación. Mis hijas se ríen. Se miran y no entienden. “Pá, solo es un partido de fútbol” ¡Se ríen!

cali 3En la sala hago fuerza para no escuchar un grito de gol. ¡Ya, que termine así! Tomo aire. Regreso y faltan unos veinte segundos… ¡Diez…!  Última jugada. Parece que hay una falta en favor del Medellín. El árbitro pide el balón en territorio verde. No es falta. Es el final.

Entonces comienzo a saltar y lo sigo haciendo durante unos cinco minutos. Empiezo frente al televisor, ante la mirada estupefacta de mis hijas de… ¿y a este man qué le pasó? y me tomo luego la sala y el comedor. ¡Campeón, Cali, campeón! “Pues sí, papá, ganó pero no es para tanto, cuidado te da algo”. Creo que, definitivamente, son de Millos. Habíamos pasado juntos todo el día. Ese era también el día de mi cumpleaños (había olvidado decirlo) y me lo habían celebrado con un almuerzo y mucha música salsa.

Después de saltar, como si estuviera en la tribuna, intento calmarme, pero no es fácil después de diez años de no ganar el título de la Liga.

–Hoy no puedo acostarme así –les digo muy convencido–. Así no puedo dormir.

Necesitaba digerir la alegría del título, así que me fui a oír salsa por un par de horas al Restrepo, donde siempre hay algo afroantillano abierto, incluso en una noche lluviosa de domingo. Además, Hernando Zabaleta, el dueño de Rumbón Melón, pone Pachito e’che. Allá espero celebrar la victoria dentro de cinco días. Que se repita la historia del 2015 y no la del 68.