20 de junio de 2017

Jóvenes, comunicación y educación

La ciudad y sus fantasmas

A propósito de la publicación del libro Narrar y habitar la ciudad, del profesor Alexander Buendía, Co.marca publica las palabras del autor donde bosqueja sus reflexiones sobre Popayán y sobre el papel que cumplen en ella las prácticas culturales de los jóvenes

Por: Alexander Buendía Astudillo

Libro Alex B opt

Mi interés por la ciudad surgió justo cuando caminaba por una calle, cuando me di cuenta de que todo lo que transita por la calle se conecta de maneras inverosímiles con múltiples dimensiones sociales y culturales de la vida. No es gratuito, como dirían García Canclini o Delgado, que la ciudad nos construye en la medida en que nosotros la habitamos.

Y me gusta el verbo construir porque implica pensar en el proceso, en el día a día, en el paso a paso. Así como ladrillo a ladrillo se arma una casa, así, de a poco, se fue construyendo la investigación que dio pie al libro Narrar y habitar la ciudad: jóvenes, comunicación y educación en las narrativas urbanas.

El primer interés por lo urbano se da justamente porque soy un ser urbano. Vivo en la ciudad, me gusta la ciudad y me gusta esta ciudad. Y este trabajo precisamente se dedica a pensar y a exponer los intersticios de esta ciudad que habitamos. Pero también fija su atención en los sujetos que más recorren la ciudad y quienes la heredarán más temprano que tarde: los jóvenes.

Pese a la fuerte y marcada vocación al pasado que tiene Popayán, esta ciudad, dentro de poco, estará en manos de las nuevas generaciones que hoy la recorren y la habitan. Por esta razón, los recorridos y las formas de habitar la ciudad por parte de las personas jóvenes fue clave para este trabajo. Entender de qué maneras se habita hoy a Popayán fue uno de los ejes centrales de la investigación.

Así encontramos, por ejemplo, que esta es una ciudad tradicional y lo seguirá siendo gracias a los mismos jóvenes, que se encargan de mantener viva la tradición y trasmitirla a sus pares. Pero también encontramos que junto a la ciudad tradicional vive y palpita otra ciudad, que es multicolor y diversa, solo que menos visible y por tanto menos promocionada oficialmente.

La investigación que dio origen al libro nos mostró que la Popayán que hoy en día conocemos es, sobre todo, una construcción social e histórica, y que dicha construcción —lejos de lo que podríamos pensar— es más bien reciente, del siglo XX. Es decir, hace apenas un siglo que la forma como hoy se narra a Popayán empezaba a construirse.

Esto nos muestra, entonces, que Popayán es pasado, sí, pero pasado reciente en la extendida edad de esta ciudad colonial. Por tanto, la ciudad se ha batido entre dos tensiones que han ido y venido como lo hacen los fantasmas en los sueños recurrentes.

De una parte está el fantasma del pasado, que se cierne sobre el presente y el futuro, como una amenaza de lo que esta ciudad fue y que quizá no vuelva a ser. Una amenaza que, según los jóvenes que hicieron parte de la investigación, “no deja que la ciudad progrese”, o “se quede anclada para siempre en las glorias del ayer”. Esta amenaza es palpable en los discursos que abogan por una tradición inmaculada e imperturbable, y que pugnan porque Popayán siga siendo la de siempre, la ciudad hidalga y patricia que todos mantienen intacta en su mente.

Pero a la par —no mejor ni peor — está la otra ciudad, la que se habita en los nuevos barrios y en las nuevas prácticas culturales de los jóvenes. Esta otra ciudad encarna el fantasma del futuro. Y digo fantasma porque aún no termina de materializarse del todo. Va y viene, etéreo y sin concreción, pero siempre presente y siempre vital. Este otro fantasma amenaza al pasado, amenaza con borrar lo que se fue y lo que se construyó con el sacrificio y el tesón de muchos.

Este fantasma, el que no se concreta ni se materializa, pero que ya está aquí, es el que asusta a los guardianes de la tradición. Jóvenes también que se lamentan porque Popayán está cambiando y está perdiendo lo que ellos aprendieron de los mayores. “Es una lástima que en Popayán se haya perdido el respeto y se esté perdiendo la tradición”, decía uno. Y “qué pesar que las cosas ya no sean como antes”, afirmaba otro.

Esta es nuestra ciudad, compleja y diversa; paradójica, sobre todo. Vive del pasado, con añoranzas y glorias de ayer, con sueños no concretados y proyecciones no cumplidas. Vive entre fantasmas, del pasado y del futuro. Un tanto incierta, pero morada al fin y al cabo. Esta es la ciudad que recorremos y la ciudad que narramos día a día, en lo que escribimos y en lo que relatamos en la cotidianidad. Y quienes nos han permitido conocerla mejor son los jóvenes. Sujetos que andan de aquí para allá, que van y vuelven, que sienten, sufren y aman en estas calles centenarias que, por más que intentemos comprenderlas, seguirán siendo las mismas al tiempo que van siendo otras.

Esta es la ciudad que nos tocó en suerte histórica, la ciudad que queremos entender mejor para intentar construir mejor, la ciudad que habitamos y amamos, así sea paradójica, como resulta ser Popayán. Esta es la ciudad que, como la mujer de Lot, al volver la vista atrás quedó convertida en estatua de sal, petrificada para la posteridad.

Nuestro reto, hoy en día, es poder romper el hechizo, pero no para que se desconozca del pasado, sino para que a partir de él se pueda narrar y habitar una ciudad más justa e incluyente. Una ciudad no solo blanca sino multicolor, una ciudad amplia y diversa en la que todos quepamos.