10 de julio de 2017

Crisis en Venezuela

“De la escasez a la abundancia”

La situación política y social en Venezuela se torna cada día más compleja. Testimonio de Luis Alfonso Sanclemente, un colombiano que  regresó del vecino país con toda su familia a Popayán en busca de una mejor calidad de vida para los suyos. Vivía allí desde hace 40 años.

Por: Ana Isabel Cerón Pill

Testimonio

Desde que salí del puente sentí que estaba en otra parte. Yo ya no tenía miedo. Sólo nos tocó caminar en Cúcuta. El paso peatonal era la única forma en que la gente de Venezuela pasaba a comprar comida en Colombia. Pero eso estaba abierto sólo de seis de la mañana a seis de la tarde, en la noche no, porque la frontera en ese tiempo estaba cerrada.

El día anterior, un jueves en la noche, estaba con mi familia en el taller donde trabajaba. Ahora nuestra casa. Nosotros vivíamos en Mariches, en un barrio de Caracas, un barrio feo. La empresa donde trabajaba me había dado esa casa porque nos tocó dejar la otra, en donde vivíamos antes, por la inseguridad.

En ese taller vivimos durante bastante tiempo: mi esposa, mis cuatro hijos y yo. Hasta que después de seis meses decidí que nos vendríamos para donde mi mamá, en Popayán. Salimos al otro día, como a las tres de la tarde. Empezamos a viajar. Nos bajamos por el metrocable y llegamos a Palo Verde, ahí en Caracas. Nosotros íbamos con unas cuantas mudas y con la plata exacta para poder llegar a Cúcuta. De ahí agarramos el metro hasta el Terminal de la Bandera, donde están los autobuses que vienen para la frontera. El de nosotros salía a las cinco hacia San Cristóbal.

Salimos sin problemas, legalmente no hubo inconveniente. Por allá en una parte se subió la guardia y bajaron a un tipo, no sé si era indocumentado o qué, pero no nos pidieron papeles ni nada. Llegamos como a las seis de la mañana a San Cristóbal y tomamos una camioneta, una busetita, que nos dejó en San Antonio. 

Cuando cruzamos el puente y llegamos a Cúcuta, no más de ver eso nos quedamos locos. La comida estaba por cerros de espaguetis, de arroz, de leche, de todo. Todo lo que uno se pudiera imaginar lo conseguía acá mientras allá, en Venezuela, nada. Aun cuando la distancia de atravesar de allí aquí, es tan sólo un puente. Como el del río Cauca.

Yo nunca pensé que se venía esto. En ese tiempo había comida, íbamos a los bicentenarios y encontrábamos comida más barata. Siempre rendía la plata, eso cuando estaba Chávez, aunque yo nunca he sido partidario político no puedo negar que vivía bien. Un bicentenario era una infraestructura como decir dos Olímpicas, así de grande. Pero ¿para qué toda la inversión que hizo el país en eso para estar desocupado y que ahora no se consiga nada?

Cuando se empezó a escasear la comida, Maduro inventó unas bolsas, llamadas el clap. Esas son unas bolsas de comida que le dan a la gente para sostenerse durante diez días, pero no son gratis. ¿Para sostenerse diez días? Cuatro días, cinco días y eso que lo dan cada mes y a veces pasan hasta dos meses y no llega.

testimonioo

Nosotros locos, locos por comer caramelos, por comernos un chocolatín. Cuánto tiempo aguantamos las ganas de comernos un pedazo de torta con leche. Pero es que uno no se podía gastar la plata en esas cosas. Todo lo que se pensaba era para comida barata y que rindiera. En mi familia la comida era sardina y yuca, pero no de esa sardina enlatada sino sardina pescada, del mar. Eso y la yuca, eran lo más barato y lo que más rendía.

En los supermercados no se conseguía nada. Entonces uno iba por la calle y estaban los bachaqueros. Pero para todo era una trampa. Al café le echaban aserrín y en las cremas dentales venían zanahorias. Dicen que el colombiano es vivo pero esos si se pulieron más que nosotros. Todo eso lo hacían los bachaqueros. Todo lo cambiaban para ellos sacar platica.

En el terminal de Cúcuta me comunique con mis hermanos y de ahí nos mandaron la plata para almorzar y para el hotel. Para que nos quedáramos ahí durante esa noche mis hijas y yo.  Salimos al otro día, a la una de la tarde. Sabía que ya no iba a volver, decir que uno vuelve es mentira, porque Venezuela no se arregla en dos años. Por donde se le busque la vuelta para regresar, yo no se lo recomiendo a nadie. Ni yo me animo ahorita y menos me voy a animar con esta abundancia que hay aquí en comparación de cómo estábamos allá.

Yo me fui de Popayán cuando tenía 17 años. Colombia estaba muy mal. Era la época de Pablo Escobar. Eso es lo que yo digo, que voy a vivir cinco años en Colombia y luego devolverme para allá, eso no se compone ahorita. Además yo ya tenía pensado regresar a mi país, para vivir mis últimos años en mi tierra.

A las cinco de la tarde tuvimos que robarnos una gaseosa por allá donde paró el bus. Eso estaba todo lleno de gente y nosotros con hambre, pensando qué íbamos a comer esa noche. Luego, compramos unas galletitas, de esas cucas negras, y con eso llegamos como a las diez de la mañana a Cali.

Decidí venirme de Venezuela porque fue, por decir, como cuando el agua le llega a uno al cuello. Yo trabajaba todos los días como mecánico de maquinaria pesada. En la semana, a veces contaba con veinte mil bolívares y me daban cinco. Entonces ya se me empezó a descomponer la cabeza. Sin una moneda en el bolsillo, me tocó empezar a vender la herramienta. Comprábamos un kilo de arroz, lo hacíamos y nos lo comíamos la misma noche, ¡del hambre!

Hubo una vez que pasamos más de 24 horas sin comer, mi hija menor temblaba, se levantaba conmigo a las seis de la mañana y me decía: “¡Papá, quiero chicha!”, acá le dicen tetero. Eso es lo que a uno también lo pone mal, los muchachos. Esa vez estuvimos sin probar un pedazo de pan. Nada. 24 horas pasamos así. Y yo allá solo porque no tengo más familia que me apoyara, a mí ya me daba pena estar a cada rato llamando para acá a mis hermanos, pero eso fue lo único que nos sostuvo más tiempo.

Cuando llegamos a Cali compramos un café y una empanada para cada uno mientras le hacían mantenimiento al autobús. Después de cuatro horas, llegamos a las dos de la tarde a Popayán. Ahí en Torres del Río, en la casa de mi mamá, nos hospedamos durante varios meses. Pasados tres meses, mi esposa y mis otros dos hijos se vinieron para acá.

Lo más duro de esta crisis fue el hambre. Cuando pasamos más de veinticuatro horas sin comer. Ni había la plata ni había la comida. Eso provoca llorar. Hubo una noche en que, del hambre, mi hija mayor y yo nos pusimos a comer cebolla. Allá, en Venezuela, sólo pensábamos: nada de comodidades y lo que se conseguía era únicamente para comer. Ahora, viviendo en Popayán, no fue difícil adaptarnos. Es mejor quedarnos acá, en donde pasamos de la escasez a la abundancia.