Tiene 20 pero parece de 30 años

Por: Maria Camila Trujillo V.

Tiene 20 pero pareceTiene 20 años pero parece de 30. Trigueño, cuerpo lánguido pero bien entrenado, rostro perfilado, ojos grandes al igual que sus pestañas y varias cicatrices en el cuerpo debido a la acelerada vida que ha llevado, lo hacen a él un chico promedio del lugar.

Recuerda las causas de sus marcas en la piel, una que tiene en el rostro (casi imperceptible) se la hizo cuando tenía 5 años “Estaba montando bicicleta y me fui contra el piso”, cuenta y conforme habla sobre su vida le cambia la mirada, su rostro que inspira insensibilidad vuelve a tornarse como el de un niño y ríe un poco.

Lo que pasa es que él quería ser “cuando fuera grande” corredor de motos como Fabián, su padre, de quien lo único que heredó al parecer fue el nombre y el apellido. Cuando era niño lo admiraba bastante a pesar de que no viviesen juntos y de que se vieran muy ocasionalmente. Quizá por eso, dice Fabián, idealizó la imagen del padre al no crecer junto a él.

Hasta hace unos años vivió con su abuela Yolanda, quien actualmente tiene 65 años y quien lo cuidó desde su nacimiento. Cuando se le pregunta por la madre vuelve a cambiar la expresión; ahora es como de resentimiento. Cuenta la abuela que cuando él nació, la madre quería llevarlo al bienestar familiar porque no podía hacerse cargo de él.

 

Como Fabián (padre) se estaba dedicando de lleno a las carreras de motocicleta, ella decidió apersonarse de la crianza del niño los primeros años de vida mientras su hijo adquiría estabilidad económica y podía encargarse de él.

En efecto, Fabián (padre) tuvo éxito con las carreras de motos. Pasó de tener que alquilar el instrumento de trabajo a comprarse uno de buena calidad. Empezó a competir en niveles más avanzados, ganar medallas, trofeos, dinero y prestigio en su círculo de amigos. Se enamoró de una de las tantas mujeres con las que estuvo y formó una familia, familia que a pesar de establecerse no le dio cabida al niño que ya existía.

Volvemos a la madre. Magda, de origen Huilense, viajaba por todo el país vendiendo manillas y artesanías. Cuando llegó a Popayán en una semana santa, conoció a Fabián y su relación de 7 días tuvo como resultado un embarazo.

Ella se quedó, estuvo viviendo en la casa de los suegros y con el tiempo se empezaron a generar disputas a raíz del consumo de bazuco; fue un constante conflicto, hasta que ella decidió irse de la casa. En cuanto nació el bebé se fue para La Plata (Huila), era 

allá donde vivía su familia. Son contadas las visitas que a lo largo de la infancia del niño le hizo y pocas las veces en las que realmente tuvieron tiempo para tener alguna conexión significativa, sin embargo él recuerda detalles muy particulares de cada uno de los encuentros.

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Cuenta Fabián que una vez ella le regaló una manilla y le hizo sellar simbólicamente una especie de pacto en el que ambos estarían juntos a pesar de los distanciamientos físicos o geográficos que se pudieran presentar. Quizá ese es el único objeto que para él tiene valor, por eso lo conserva, y lo hace para sentirse cerca de ella, pues aunque durante un tiempo viajó a buscarla, ya no es posible que se vuelvan a ver. Ella murió hace tres años de un paro respiratorio como consecuencia del consumo de bazuco.

El resto de sus posesiones, así como las de la abuela, las vendió progresivamente desde los 17 años y por eso tuvo que irse de la casa. Fue a esa edad cuando también dejó de estudiar. Había perdido ya varios años de la primaria y no quería seguir asistiendo a las clases en Don Bosco; mientras estaba atrasado académicamente con respecto a sus compañeros, él se sentía adelantado en lo que respectaba a cuestiones de la vida misma.

A los 17 ya se había desencantado del amor, fumado bazuco, empuñado su primera navaja, disparado su primera bala y tenido su primer preinfarto.

Se llamaba Lina, tenían la misma edad y habían crecido juntos. Siempre fueron los mejores amigos y ella significaba un gran apoyo para él, a eso de los 14 años, Lina se fue a vivir a la loma de la virgen y ahí las cosas cambiaron.

Como ambos crecían, desarrollaron un gusto mutuo y empezaron una relación de novios, Fabián iba a visitarla y salían de vez en cuando a dar vueltas por el barrio. Sin embargo, ella empezó a conocer chicos mayores que les enseñaron otro tipo de cosas; fumar bazuco, por ejemplo.

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Siguiendo el ejemplo de su madre, Fabián empezó a fumar. Y fumar, no en el sentido recreativo sino con un fin específico, estimular el sistema nervioso para robar una que otra vez. La primera vez que Fabián robó fue a los 15 años, confiesa que antes sentía miedo de que le contaran a la abuela, que se abstenía de hacerlo y que solamente observaba a los demás.

Pero hubo un día en que caminando junto con dos amigos apareció de la nada una pareja que subía la loma haciendo deporte y como él era el único que llevaba una navaja (pata de cabra) lo presionaron para que fuera él quien tomara la iniciativa en el robo.

Con angustia Fabián recuerda detalles de ese día, temblaba, la voz no le salía y verse a sí mismo diciendo “pásenme el celular” le parecía inverosímil, sin embargo lo hizo. Tomó a la chica por la fuerza, la encuelló con la navaja y con la amenaza de cortarla su compañero tuvo que despojarse hasta de los zapatos.

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Desde entonces fue perdiendo el miedo, naturalizó su papel de verdugo y le encontró la finalidad al bazuco: quitarle los nervios y la ansiedad. A finales del 2009 llegaron a la zona unos panfletos que informaban la presencia de grupos de limpieza social, sacaban listados semanales que pegaban en los postes y decían quiénes debían salir del barro a menos que quisieran dejarse matar. Apareció entre otros el nombre de Fabián. 

La abuela, sin entender lo que pasaba aseguraba que debía ser un error, que su nieto jamás iba a estar involucrado con pandillas o con grupos delincuenciales. Él en cambio se dio cuenta que corría peligro y mientras conseguía lugar a donde ir, cuenta con orgullo, que tuvo que hacer algo para defenderse.

Alquiló una pistola cerca de la doce con octava y desde ahí afianzó sus habilidades motrices para no dejarse morir. Hubo un día en el que asesinaron a uno de sus amigos cercanos, él iba conduciendo un auto por el barrio Dean y le dispararon en la cabeza, parece que tenía deudas pendientes, dice Fabián. Y por eso consideraba justo ir armado.

Finalmente viajó a la Plata, a buscar a su mamá. Estuvo con ella un par de meses, se dio cuenta del deterioro físico en el que ella se encontraba, conoció los porqués del abandono hacia él y comprendió que al final, como pasa en Colombia, gana el que se aprovecha de los demás.

Supo que cuando él nació fue Fabián (padre) quien, tras usar su nombre para hacer un crédito bancario, la amenazó para que se fuera de la ciudad, le advirtió que no regresara (salvo en ocasionales situaciones) y supuestamente le prometió que se encargaría del niño para que no estuviera involucrado con la vida nómada que ella llevaba. También se enteró que ella, con 14 años y sin saber a dónde, ir creyó en la estabilidad económica que él prometió brindarle y fue por eso que se quedó a vivir en Popayán.

Cristal2 Con menos de 35 años, el deterioro físico de Magda era significativo, había tenido problemas pasionales con otros hombres y quería mantener a su hijo fuera de ello. Cuando Fabián estuvo con ella en La Plata, intentó convencerla de que se fueran a vivir a otro lado, pero ella no podía dejar el consumo de bazuco.

Una vez, la peor de todas las veces, asegura Fabián, vio que un hombre que vivía en la casa de ella intentaba violarla. En su estado de debilidad, ella no podía defenderse y por primera vez en su vida le dio un uso práctico al arma que había alquilado antes de salir de Popayán. Disparó, le hirió una pierna y dice que desde entonces se volvió insensible ante el dolor ajeno.

Después de eso regresó a Popayán con su madre y empezó a robar ya con profesionalismo para mantenerla (mientras él vivía donde la abuela). El bazuco y el bóxer fueron las ayudas químicas que utilizó para mantener la insensibilidad ante el mundo, porque de todas maneras, de vez en cuando le daba pesar al ver a la gente. Esperaba también encontrar a Lina, y sí, la encontró, pero embarazada de alguien más.

Al verse solo, el caparazón que tuvo que crear ante el mundo fue bastante grande, se trataba de él viviendo para él. Fumó más, robó más, vendió los objetos de valor de la casa de la abuela y cuando tuvo un pre infarto lo enviaron a un centro de rehabilitación esperando que se recuperara.

Estuvo internado en Buenaventura casi seis meses y durante ese tiempo su madre murió. No pudo asistir a su entierro porque nadie le avisó lo que pasaba. Cuando salió, aparentemente rehabilitado a renovar las clases, la vida con su madre y la convivencia con su abuela se encontró con otra realidad.Cristal3a

No perdonará que le hayan ocultado tantas cosas y que además lo juzguen sin conocimiento de causa. Por eso decidió irse solo, a pagar por una pieza para llegar a dormir y a trabajar de vez en cuando vendiendo zapatos los jueves de mercado en la galería la 13.

Ahora alterna su vida en estados de lucidez y de deterioro emocional, fuma de vez en cuando y roba cuando “dan papaya”, dice que espera poco del mundo y que las corridas de motos ya fueron cosa del pasado, que aunque de pequeño tenía las habilidades y las ganas de correr, ahora lo que menos quisiera es verse como un reflejo de su padre, porque no lo es.

Y aunque parece de 30, con sus 20 años confiesa que está saliendo con una chica más joven, estudiante de Cristo Rey (quien ignora por completo lo que ha sido de su vida en los últimos años), que sus amigos que huyeron de la limpieza social ya han regresado y que el negocio ahora está en los beats y las fiestas de los fines de semana.