La abuela de la trece

 

 

Abuela3Por: Alejandra Zúñiga

Olguita Sánchez no sabe dónde nació, los años le han arrebatado las últimas imágenes de su infancia. Otros recuerdos ahora se apoderan de su memoria, que a veces le juega malas pasadas.

Trata de hacer cuentas mientras arma y desarma montoncitos de monedas, producto de su trabajo del día. Tiene la voz gastada y una piel de abuelita, sus años se entrevén en cada arruga, cada cana, cada cicatriz de sus manos.

Cuenta que fue la última de los 7 hijos de don Plácido Sánchez y doña María Teresa Rojas. La criaron a punta de maíz, arracacha y mexicano, alimentos que ellos mismos producían para el consumo propio, porque: “Todo era para la casa; eso de salir a vender no existía. Cuando teníamos cosecha de maíz cambiábamos con los vecinos, que de pronto tenían ullucos o yuca”, recuerda con nostalgia. Y así se fue criando Olguita y sus hermanos, con lo que la tierra les daba a cambio de su trabajo de pala y machete, “cuando nos íbamos poniendo guapitos, todos teníamos que trabajar por igual y nadie se quejaba”.

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Recuerda que no tenía más de 15 años cuando conoció a Reinaldo Urrute. Éste no esperó ni una semana para ir a hablar con don Plácido Sánchez y doña María Teresa Rojas sobre sus intenciones. Quería casarse con Olguita.

Los papás no le vieron problema, ya que averiguaron que era un muchacho trabajador, del mismo corregimiento el Hatico. Ella no recuerda qué día se casó, lo que sí recuerda es que fue en una iglesia, y que no entendió nada, porque tras de que debía estar de espaldas al sacerdote, éste hablaba una lengua extraña para ella. Lo cierto es que desde ese día, Reinaldo Urrute y Olguita Sánchez se convirtieron en marido y mujer. Al otro día separaron una pieza y una cocina en la misma casa de Olguita, y se dedicaron a formar su familia.

Después de un tiempo se fueron a trabajar como mayordomos de una finca en Inzá donde vivieron 22 años. Hasta que un día la muerte se les topó  de frente. Olguita y su marido debían convivir constantemente con las visitas de la guerrilla y el ejército que abundaba por esas tierras. En silencio los visitantes iban entrando con confianza a la cocina, donde por lo general se encontraban a Olguita, y se sentaban al frente de la mesa sin decir nada, esperando que “doña Olga” les pusiera algo al frente. Angustiada y con el corazón a mil, ella buscaba algo para darles que casi siempre era leche o agua-panela. Y ellos después de saciar la sed, agradecían y se iban sin decir nada más.casi 

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Olguita y Reinaldo ya habían escuchado de las amenazas que la guerrilla le había hecho a su patrón Pedro, pero nunca pensaron que el problema era también con ellos. Un día con sus 5 hijos, pequeños todavía, Olguita estaba en la cama a causa de un dengue que no la dejaba pararse. Mientras que Reinaldo ordeñaba las vacas como de costumbre. Pero un tiro interrumpió la tranquilidad de la finca, era el anuncio de que la guerrilla estaba allí. Como no encontraron al patrón, se dirigieron donde Reinaldo, lo amarraron y se lo llevaron monte adentro. Allá lo garrotearon hasta más no poder, y lo amenazaron que si no se iba de ahí al otro día, lo iban a matar.

La amenaza fue contundente. Reinaldo debió salir al otro día de Inzá y al patrón Pedro le tocó vender la finca, casi regalada.  En una semana Olguita vendió lo último que les quedaba y se montó con sus hijos en una chiva, sin un futuro seguro. Cuando llegó a Popayán, se encontró con una gran decepción, Reinaldo no había encontrado trabajo, y por el contrario se había puesto a tomar los últimos pesos que le quedaban a la familia.

Por suerte, pudo hacer contacto con una prima, quien le dejó vender en su puesto de la galería de la Esmeralda. Y fue así como el campo le volvió a dar de comer. Duró casi dos años en la galería de la Esmeralda. Pero como la mayor parte de las ganancias se las debía dar a su prima, decidió embarcarse en un negocio propio en la galería de la trece. Cuenta que cuando llegó, todo era un barrizal y existía mucha inseguridad. No existía una coordinación y los vendedores se peleaban entre sí, por los desperdicios o la desaparición de algunos productos.

Abuela2Las cosas en su familia no mejoraban, al pasar los años sus hijos mayores empezaron a salir, y el gusto que Reinaldo había adquirido por el alcohol era cada vez más fuerte. Reinaldo empezó a golpearla y a amenazarla de muerte cuando llegaba de noche casi siempre borracho. Olga que ya era una señora, a la cual la vida la había endurecido a punta de golpes, no tuvo otro remedio que denunciar a Reinaldo, su esposo. Con él se había casado cuando apenas era una niña, y le había jurado amor eterno (mucho después lo vino a saber,  cuando las misas se empezaron a celebrar en español).

Hace 10 que Reinaldo se regresó al Hatico, un corregimiento que queda en Totoró, de donde hace muchos años salieron casados, y ella logró con terquedad, ganarse un puesto dentro de la galería de la trece. La galería ahora es mucho más organizada y limpia. La venta de hierbas aromáticas, le ha dado de comer desde que llegó a Popayán, huyendo de la guerra. Y reconoce que le gusta su trabajo. En la galería todos la aprecian, y por su gran ternura se ha ganado el nombre de “la abuela”.

“La abuela” se levanta todos los días a las 3 de la mañana y antes de que el gallo cante, llega al lugar que la ha visto vender y envejecer los últimos 20 años. Antes de que el sol empiece a rayar el día, ya está sentada en su negocio rodeada de cilantro, romero, orégano, espinaca, acelga, tomillo, cimarrón, etc. Y empieza a armar ataditos de $500 esperando que empiece a llegar la gente. Hace dos días que no va Rosario, una vieja amiga que vende en el puesto de al lado, y se pregunta si le habría pasado algo, pues ha sido con quien ha compartido charlas los últimos años.

Hierbas“A ver abuela, ¿si me guardó el frijol plancho?”, le pregunta con confianza una señora, mientras ella cuenta y recuenta los montoncitos de monedas. El aprecio que le tienen en la galería los vendedores y clientes, es evidente. Tiene un puesto pequeño y humilde, pero se ha ganado sus clientes fieles. Cuando el día está bueno, logra vender todo al medio día, si no debe quedarse hasta más tarde o llevarse a casa lo que le sobre.

Entre ocho mil y diez mil es lo que se gana apenas en cada día de trabajo, pero no se queja, pues por suerte la han dejado vivir al lado de la escuela de alto Puelenje, una vereda al sur de Popayán, sin pagar nada a cambio.  Cuando sonríe todo se ilumina, y no es porque tenga dos dientes de oro, lo que pasa es que tiene un carisma que estalla de vez en cuando y contagia a quien tenga cerca.