26 de mayo de 2021

La juventud

Idealistas, rebeldes por naturaleza y fuente de esperanza, los jóvenes pretenden cambiar el statu quo aunque en ese objetivo pongan en riesgo su vida. Son ellos quienes salen a reclamar a la calle por otro mundo posible, pero los poderosos, que suelen simplificar la realidad de manera insólita, solo los ve como vándalos. 

Por: Guillermo Pérez La Rotta

Foto: Andrés Dorado

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En estos días admiré su energía. Cuando somos jóvenes, esa fuerza se despliega sin darnos cuenta, y se orienta a mil actividades que reclama o soporta el cuerpo: la fiesta, el sexo, el estudio o la protesta. Mientras tanto, la conciencia observa o controla, y a veces se olvida del camino que la puede llevar muy lejos, incluso a la muerte. 

En ese despliegue, la libertad se juega como un contraste entre lo que puede el cuerpo y lo que reclama la conciencia, entonces la vida es un fulgor que no parece afirmar sino su propia energía en movimiento. 

El joven enjuicia el mundo de los adultos, pues muchas veces no le deja ser, soporta la injusticia, la vive en la pobreza y el abandono, y entonces grita con ira, como en “Rodrigo D no futuro”, entonces toca la batería y lanza su inconforme rabia hasta morir. Es posible que toda la fuerza de la juventud se concentre en la desesperanza que la carcome. Y eso es triste. 

Vale coger un fierro para robar y matar con delirio, para realizar su mal, piensa el joven delincuente, quien recibió ese mal de la sociedad, y ahora lo ejecuta nuevamente con violencia, como en “Los Olvidados” de Buñuel.

Pero en otras condiciones, ese joven sabe algo más, puede algo más, se defiende lúcidamente de la muerte, no la quiere brindar ni recibir, y entonces se arriesga a pensar. Desde su precaria existencia, sabe que él puede hacer algo distinto: moraliza y se ríe con su desgracia que es finalmente solidaria, como en los “Tiempos Modernos” de Chaplin, en una callejuela melodramática de amistad, o en el arte. 

Ese muchacho tiene derecho a comer y estudiar, a progresar y soñar, y tiene también un derecho a enfrentar las fuerzas desbordadas del gobierno, que representan sin verdadera legitimidad al Estado de Derecho. 

Y entonces la rabia y la acción se unen con una libertad que afirma la acción. Los jóvenes organizan la barriada para protestar y exigir, como en el Portal de Las Américas, no creen en los políticos que lamen la mano del podrido poder que lo cobija, los desprecian. Buscan que los oigan, pero el poder no se inmuta. Sólo dispara nuevamente.

En la Loma de la Dignidad, en Cali, hacen arte y solidarios convites para resistir y borrar las fronteras de la opresión con sus cuerpos unidos, y se toman la calle para organizar la rebeldía, pero puede que algún asesino les dispare, un policía o un espontáneo paramilitar que exhala también su odio. 

Desde la fatal infamia, un muchacho que protesta con una piedra en la mano, recibe la embestida de la tanqueta que lo lanza contra un muro. Y un artefacto aturdidor del Esmad le estalla a otro en la cara y lo asesina; o un torpedo comprado recientemente por el gobierno le revienta el ojo a uno más, o una jovencita se suicida luego de su vil apresamiento y posible violación sexual, y por el capricho de la maldad de un oficial, éste le dispara a un joven, trescientos metros antes de llegar a su casa. 

Los jóvenes son rebeldes por naturaleza, su rebeldía se confunde con su energía y discernimiento, pretenden cambiar algo del mundo heredado, y a veces lo logran, forman nuevos ritmos musicales, se visten de forma novedosa, aman de manera que avergonzaría a sus abuelos, hablan con nuevas palabras que enriquecen el idioma, reclaman a lo heredado su pobreza o mezquindad, aprenden de su arrojo, o sucumben a él. 

Uno de ellos explicaba en Popayán, con cierta calma, cómo estuvo a punto de perder un ojo. Otro murió en Cali porque le dio una patada a un policía y éste en venganza le disparó, otro bailaba en Pereira y hacía reír a sus congéneres, pero recibió ocho disparos; y todos ellos, con otros miles que salieron a la calle a reclamar por otro mundo posible, aparecen a ojos del poder sólo como vándalos, pues este poder es capaz de simplificar la realidad de insólita manera. Y luego, por boca del titiritero, sale ese poder a echar la culpa a otros, hablando turbado en inglés para dar explicaciones a los extranjeros que lo señalan como violador de los Derechos Humanos.

Los estudiantes son una fuente de esperanza, pues desde su idealismo buscan nuevamente la justicia, y es preciso que nosotros, los viejos, recojamos a su vez ese legado. Ya en sus días, habían convertido el luto por la masacre de las bananeras, en días de lucha, y la policía asesinó en 1929 a Gonzalo Bravo Pérez. Luego, en 1954 murió Uriel Gutiérrez junto con trece estudiantes, en la Universidad Nacional, bajo las balas de un batallón del ejército que representaba a la patria. Eso creen en su miseria los fascistas que aún gobiernan a Colombia.