02 de marzo de 2021

Kintsugi, tierra y fuego: la belleza de las cicatrices de la vida

Bajo el nombre de una técnica centenaria japonesa que consiste en reparar piezas de cerámica rotas, Laura Piedrahita creó Kintsugi, tierra y fuego en la ciudad de Popayán. La idea de esta tienda de macetas personalizadas es mezclar sus más íntimas vivencias con la creación artística a través de la pintura para sanar y crecer. A continuación, un pequeño acercamiento a este emprendimiento.

Por: Angélica Guzmán

Fotos: @kintsugi_tierrayfuego

 

“Kintsugi nace en un momento difícil de mi vida. Cuando se creó la marca como tal, había pasado por cosas que me habían dolido mucho, por eso seguí esta filosofía japonesa en la que dice que lo roto no se desecha, lo roto se debe reparar y que a partir de esta reparación se hace más fuerte”, dice Laura Piedrahita, creadora de Kintsugi, tierra y fuego, tienda de macetas personalizadas.

Y también cuenta que la filosofía Kintsugi nace como una técnica en la que las vasijas son reparadas y son pegadas con oro, donde más adelante esas mismas vasijas tienen mayor valor por todo el proceso. Comenta Laura que al igual que la vasija, eso pasa con la vida de las personas y que, por eso, Kintsugi pasa de ser una técnica a ser una filosofía porque habla de una sociedad que tiene heridas, donde las personas son lo que son por lo que han vivido y no solamente se refiere a las cicatrices físicas sino a las que se llevan por dentro.

“Gracias a todas las cosas que nos han ocurrido, gracias a nuestras historias, somos lo que somos hoy en día. Entonces a mí me parecía muy bonito lo que significaba la palabra y teniendo en cuenta que yo manejaba toda la parte de cerámica, de arcilla, me pareció interesante unirlo a lo que sentía, a partir de ahí nace el nombre”, comenta.  

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Según la leyenda, hace cinco siglos surgió en el lejano Oriente el Kintsugi, una apreciada técnica artesanal con el fin de reparar un cuenco de cerámica roto. Su propietario, el sogún Ashikaga Yoshimasa, muy apegado a ese objeto indispensable para la ceremonia del té, lo mandó a arreglar a China, donde se limitaron a asegurarlo con unas burdas grapas. No contento con el resultado, el señor feudal recurrió a los artesanos de su país, que dieron finalmente con una solución atractiva y duradera. Mediante el encaje y la unión de los fragmentos con un barniz espolvoreado de oro, la cerámica recuperó su forma original, si bien las cicatrices doradas y visibles transformaron su esencia estética, evocando el desgaste que el tiempo obra sobre las cosas físicas, la mutabilidad de la identidad y el valor de la imperfección. Así que, en lugar de disimular las líneas de rotura, las piezas tratadas con este método exhiben las heridas de su pasado, con lo que adquieren una nueva vida. Se vuelven únicas y, por lo tanto, ganan en belleza y hondura. Se da el caso de que algunos objetos tratados con el método tradicional del Kintsugi, también conocido como “carpintería de oro”, han llegado a ser más preciados que antes de romperse. Así que esta técnica se ha convertido en una potente metáfora de la importancia de la resistencia y del amor propio frente a las adversidades. 

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Esta filosofía plantea que no tiene sentido ignorar las heridas del alma, lavarlas o disimularlas. Por el contrario, revaloriza la belleza de las cicatrices porque da a entender que las roturas forman parte de la historia, la hacen única y definen su identidad.

Kintsugi, tierra y fuego nace hace cuatro años, o quizás desde antes, porque Laura siempre ha cultivado plantas en su casa y a partir de allí, se dio cuenta de que algo más se podía hacer. Además, su madre ha trabajo con cerámica y ella ha tenido mucha cercanía con este tipo de materiales. “Mi mamá hace cerámica, ese era un espacio que compartíamos, yo iba a la casa de ella y nos poníamos a hacer materas en cerámica y nos dimos cuenta de que empezaron a salir cosas muy bonitas y dijimos que sería chévere, sería interesante empezar a venderlas, a ver qué sucedía”, cuenta Piedrahita.

Para Laura es muy importante el hecho de regalar vida, por eso considera que darle una planta a alguien le parece muchísimo más significativo, muchísimo más simbólico que regalar unas flores, así lo considere valioso también. Pero, para ella, el dar una planta es decirle a la persona que la recibe: “yo te doy esto, quiero que lo conserves y lo cuides”, no es un regalo que se queda ahí, sino que hay que cuidarlo. 

“No vendo las materas solas, sino con alguna planta que a la persona le guste y siempre diciendo que fueron cultivadas y cuidadas con mucho amor en mi jardín y que las entrego para que las sigan cuidando con mucho amor, es algo muy especial. Entonces esa plantita que te estoy dando tiene una casita bonita que es la matera y que esa casita bonita de alguna forma está representando lo que yo hago, mi arte, pero también lo que a la persona le gusta. Por eso son personalizadas, que la persona la sienta propia, que no sienta que es un diseño genérico, sino que realmente es un diseño que le llega”, afirma. 

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La filosofía vinculada al Kintsugi se puede extrapolar a nuestra vida actual, colmada de ansias de perfección. A lo largo del tiempo conocemos fracasos, desengaños y pérdidas. Con todo, aspiramos a esconder nuestra naturaleza frágil, esa que nos hace más humanos y auténticos: se ocultan los defectos, aunque desde que nacemos nos recorre una grieta. Adam Soboczynski apunta en El arte de no decir la verdad (Anagrama) que hemos aprendido a camuflar “con gran esfuerzo, y manteniendo la compostura, incluso la más terrible de las conmociones que nos golpean”.

Somos vulnerables no solo física, sino también psíquicamente. Cuando las adversidades nos superan, nos sentimos rotos. A veces, es el azar el que nos lleva al punto de ruptura; otras, somos nosotros mismos, con nuestras elevadas expectativas no cumplidas y la avidez de novedad, los que nos metemos en el hoyo. El filósofo Josep María Esquirol defiende que “la memoria y la imaginación son las mejores armas del resistente”. Como animales dotados de creatividad, tenemos una poderosa herramienta en la capacidad de concebir alternativas a la realidad. Pero cuando soplan malos vientos, ¿qué más nos ayuda a resistir la embestida? La respuesta es, según la escritora Joan Didion, el verdadero amor propio. La gente con esta cualidad “es dura, tiene algo así como agallas morales; hace gala de eso que antes se llamaba carácter”.

En el kintsugi, el proceso de secado es un factor determinante. La resina tarda semanas, a veces meses, en endurecerse. Es lo que garantiza su cohesión y durabilidad. Entre los cultivadores de la paciencia, Kafka ocupa un lugar privilegiado. Para él, la capacidad de saber sufrir y de tolerar infortunios era la clave para afrontar cualquier situación. Un día, mientras paseaba con un amigo, le dio este consejo: “Hay que dejarse llevar por todo, entregarse a todo, pero al mismo tiempo conservar la calma y tener paciencia. Solo hay una forma de superación que empieza con superarse a sí mismo”. La receta para vivir del autor de El proceso es sencilla, pero no por ello menos difícil: “Tenemos que absorberlo todo pacientemente en nuestro interior y crecer”.

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Laura Piedrahita considera que lo más importante va más allá de lo financiero y lo económico, el pintar y crear la saca un poco de la rutina de su trabajo, de su parte laboral y académica y también se convierte en un hobby. “Haber logrado eso es muy significativo para mí y es como si cada vez lograra otras cosas que no conocía, nuevas técnicas y nuevas formas que se van poniendo ese toque a la marca”, dice. A ella le encanta ver la reacción de las personas y le llena el corazón darse cuenta que les gusta su trabajo, lo aprecian y quedan felices.

Cuenta también que ha tenido muchos conflictos con la parte económica porque casi nunca sabe cuánto cobrar por su trabajo y además porque no quiere cobrar tanto, solo se enfoca en que las personas queden contentas, que no sientan que es un precio excesivo, sino que es algo que pueden adquirir y queden satisfechos.

Para un futuro, le gustaría poderse organizar más y tener diseños listos, porque ha perdido muchas ventas al no tener macetas personalizadas listas para ofrecer en ocasiones que sus clientes las necesitan inmediatamente. Además, tiene la certeza de que, con más trabajo, Kintsugi le podrá dar para vivir. 

“Al pintar, al crear, a veces siento un poco de temor, creo que lo más fácil siempre es hacer algo que ya se ha hecho antes, pero no es tan satisfactorio, es muchísimo más satisfactorio pasar por ese temor, por eso me gusta arriesgarme.  Pintando me desconecto del resto de mi vida y me concentro solamente en eso, es mi espacio y es demasiado gratificante”, concluye. 

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Saber valorar lo que se rompe en nosotros nos aporta una serenidad objetiva. Apreciémonos como somos: rotos y nuevos, únicos, irreemplazables, en permanente cambio.